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Drogas: esa miseria que sabe a maravilla

Nos guste o no, busquemos eliminarlas o armonizar con ellas, lo cierto es que las drogas han estado siempre, ciertamente desde antes de nosotros. Y seguirán estando.

Lo de siempre: indolencias mediante, las tragedias -como los dioses- siempre terminan volviéndose temas de conversación. Suele ocurrirnos que, cuando conversamos demasiado sobre algo, dejamos de vivir aquello que transformamos en discurso. Sabemos que las anestesias no curan, pero no nos importa. 

Drogas

Ahora mismito, el tema son las drogas, luego de la verdadera matanza concretada en una fiesta electrónica en la exclusiva fiesta de Costa Salguero, en Buenos Aires. Basta con abrir los diarios y echarse un vuelo por las redes sociales para experimentar un atracón de sentencias respecto de las sustancias. 

En general, desbordan de desconocimiento y, por lo mismo, de miedo. Y todo lo que destila miedo, busca trasmitir miedo como forma de respuesta: el pavor pretende pavor. No obstante, con las drogas el tema no funciona así; de hecho, si buscamos infundir temor en un adolescente, más temprano que tarde, lo transformarán en desafío. Por eso, fracasaron las campañas de prevención que buscaban sostenerse en el temor. 

Las drogas, decíamos entonces, para los adultos, son un tema de conversación y una fuente de desconocimiento y de terror. Para los jóvenes, la cosa no es tan así. 

Por supuesto que está bien que se hable del tema, es imprescindible hacerlo, sobre todo con nuestros hijos. Lo que no está bien es que -por ignorancia prepotente- reparemos en parte del asunto, que no es un problema. 

Así es, aunque nos duela: las drogas no son un problema, pues -dice el proverbio chino- un problema que no tiene solución ya no es un problema. Y las drogas en el mundo son una existencia sin disolución a la vista. 

Cuando hablamos de drogas, no podemos descuidar que están vinculadas también a nociones de placer, de experimentación, de búsqueda espiritual y de forma de acceso al conocimiento. 

Máscaras teatro

Nos guste o no, busquemos eliminarlas o armonizar con ellas, lo cierto es que las drogas han estado siempre, ciertamente desde antes de nosotros y no hay cultura planetaria que no haya sabido de ellas, que no las haya consumido, que no se hayan servido -con distintos fines- de su doble naturaleza constitutiva: vida y muerte, maravilla y miseria, gozo y dolor, cura y sentencia.

Debemos aceptarlo para condescender -o al menos entender- conductas y prácticas ajenas a nuestros modos culturales: cuando hablamos de drogas, no podemos descuidar que están vinculadas también a experiencias de placer, de inspiración, de búsqueda espiritual y de forma de acceso al conocimiento.

No hacerlo, sería desconocer varios tramos de las columnas vertebrales de la religión, el arte, la cultura, el poder y las megaindustrias del planeta. Tampoco habremos de desconocer que hay estúpidos que se drogan sin más, pero es claro que estúpidos hay en todas las lides de la vida. 

Es claro que el asunto debe preocuparnos y ocuparnos, sobre todo, a aquellos que tenemos hijos. Sin embargo, asociar livianamente las drogas a la muerte o determinado tipo de música a determinado tipo de drogas, o creer que el asunto se solucionará con meras prohibiciones, nos deja rengos y tuertos, en un asunto que exige celeridad y máxima atención. 

Condenar sin más o remitirlas a multimillonarios circuitos alternativos, en este caso, nos deja afuera de un juego, un juego ancestralmente peligroso repleto de víctimas. 

Drogas y dolares

Las drogas no dejarán de existir nunca, sencillamente, porque es un negocio informal inmenso, en manos de poderosas economías capitalistas cínicas: tal el caso de las drogas químicas, que se fabrican por toneladas en sofisticados laboratorios. 

La coca, por ejemplo, se planta en países subdesarrollados, que son castigados e intervenidos por hacerlo, pero para que haya cocaína deben intervenir precursores químicos que sólo se fabrican en países desarrollados. 

¿Acaso pensamos que las drogas de diseño se fabrican en oscuras villas tercermundistas, en lugar de laboratorios altamente equipados? ¿Acaso desconocemos que los principales consumidores son aquellos países abanderados de la supuesta lucha contra el narcotráfico? ¿Acaso ignoramos que todas las clases sociales consumen drogas y que, a más alto nivel adquisitivo, mejores drogas hay a disposición? ¿Acaso no sabemos que el narcotráfico requiere de una institucionalidad corrupta para su debido funcionamiento? ¿Acaso nunca hemos aceptado que las drogas que más daño producen son las legales, las socialmente aceptadas? 

Hay que repetir que las sustancias no dejarán de existir, porque su cotejo con el consumo es inherente al espíritu humano: algunos buscarán escaparse o ser aceptados; otros, matarse; otros, experimentar; otros, abrir puertas de la percepción; otros, iluminarse; otros, divertirse un rato; otros, olvidar o recordar y otros, aliviar el dolor hasta perderse. 

 ¿Qué podemos hacer por nuestros hijos? 

No por todo esto, sino justamente por todo esto, hay que insistir en la construcción de educación y de cultura en torno al daño que pueden y que, muchísimas veces, provocan. Y cuando hablamos de daño, también hablamos de muerte o de vidas de hermosos chicos y chicas tiradas a la basura, entre otras cosas, por el consumo adictivo de sustancias (yo, que trabajo en las cárceles también, los he visto, por miles y durante décadas). Por cierto, tampoco lograremos negando negando la muerte, ese revés de la vida. 

Ahora bien, ¿qué podemos hacer por nuestros hijos?

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Aconsejo modestamente que trabajemos fervorosamente para que se afinquen en hábitos de vida saludables (deportes, músicas, lectura, solidaridad, amistad, viajes, fiestas, amoríos, religiones, participación social responsable, vivencia de la naturaleza); pues ellos, a partir de nuestras adoradas herencias, se enfrentarán -nos guste o no, los preparemos o no- a la posibilidad concreta del consumo y, con él, la posibilidad de la adicción. O no. "Consumación o consumo", dice una vieja canción, apelando a lo inevitable de la situación... 

Nuestros hijos, por suerte, buscan ser distintos de nosotros; si somos mojigatos y conservadores, ellos buscarán no serlo y esto puede acarrear sus riesgos. Nuestra misión, entonces, es equiparlos del mejor modo para este asunto de vivir, pero no por ello viviremos sus vidas ni tomaremos sus decisiones. 

Esta vez, murió  un puñado de chicos por probar drogas químicas de diseño adulteradas en una fiesta electrónica, pero repitamos que hay también peores en cuanto a daño comprobado. Hablo de las drogas legales: el premiado alcohol, el nefasto tabaco y los sofisticados psicofármacos. 

Sumemos al abanico las drogas ilegales (éxtasis, LSD, cocaína, cannabis y muchos etcéteras) y además sumemos las otras formas de consumo adictivo aprobados y fomentados socialmene: ropa, celulares, discotecas, autos, perfumes, comidas, sexo, trabajo, juegos de azar y hasta adrenalina. 

Cornisas, como vemos, habrá siempre, aunque las prohibamos. Y también habrá escaleras, ascensores y hasta cursos on line de escalada en piedra y hielo. El peligro y el afán de vencer los propios límites nos son inherentes; el miedo no es la respuesta, la buena educación lo es. 

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Es un hecho que muchos de nosotros ya tenemos demasiado años encima y resulta que nos preocupamos más por nuestras descendencias, que por nosotros mismos. 

Después de nuestras relativas -y nutritivas al fin- experiencias del exceso, vivimos para contarlas -o callarlas-, pero luego nos sucedió que, al tener hijos y verlos crecer, creció con ellos nuestro miedo a la muerte de ellos y nuestra sensación de finitud y labilidad. 

¿Cómo es posible que cinco hermosos chicos vayan a una fiesta y terminen muertos? Por eso, está bien que nos desvelemos con asuntos como éste u otro francamente más atroz: la salida de los boliches de chicas y chicos borrachos y los fatales accidentes de tránsito. 

Sin embargo, reitero: si queremos darle verdadera medida al asunto, no podemos contentarnos con ideas ineficaces como la prohibición o la mera vinculación con la muerte, a bordo de la cantinela del miedo. 

Las drogas, y las adicciones en general, son mucho más que eso y nosotros, si miramos con un solo ojo, veremos mucho menos que eso.

Ulises Naranjo

Opiniones (7)
21 de junio de 2018 | 15:53
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21 de junio de 2018 | 15:53
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  1. El alcohol no es una droga, empecemos por culturizar a la gente, desde ahí se puede avanzar.
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  2. la verdad que siempre me parecieron medias ñoñas las notas que hacia Ulises Naranjo y esta no es la excepción. Las drogas vinieron para quedarse, y hay que aprender a convivir con los consumos. Hay que educar a los jovenes que no se vuelen la cabeza y que no se metan veneno. Y en lo posible siempre darle unos pesos para que compren droga de la buena y no cualquier cosa que venga cortada. Ya despues si se quieren quemar la juventud y las posibilidades que le dan los padres de estudiar y realizarse perdiendo el tiempo en la droga, bueno mala suerte. La vida esta llena de oportunidades y el colectivismo lo unico que puede hacer es prevenir. El resto depende de la educación, y los valores que le dieron los padres.
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  3. De acuerdo en que lo importante es la educación pero...ignorar que el narcotráfico creció y entró al calor cómplice delos millones que aportaron a la campaña de Cristina, es demasiado. NO SE PUEDE HACER ABSTRACCIÓN DE LA VERDAD HISTÓRICA. Esa es nuestra tragedia.
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  4. La solución es la vacunacion de las drogas desde la infancia.
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  5. Muy buena nota. Solo disiento de lo siguiente: "¿Acaso nunca hemos aceptado que las drogas que más daño producen son las legales, las socialmente aceptadas? ". Si bien las drogas legales como el alcohol y la nicotina producen estragos en el cuerpo humano, no se compara ni remotamente con lo que hacen otras sustancias como la cocaína (y ni hablar de sus derivados y residuos de su producción). Pero el punto de vista me parece genial: no se trata de prohibir y asustar, de demonizar y convertir en tabú, sino de educar.
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  6. fantástica nota....
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  7. Una solución es la vacacional contra las drogas desde la infancia.
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