opinión

Ni Castro es Gorbachov, ni Cuba es la Unión Soviética

Ni Castro es Gorbachov, ni Cuba es la Unión Soviética

Cuba, penúltimo reducto de la Guerra Fría, va a cambiar. Ya está cambiando, y aún lo hará más. La visita de Barack Obama no es sino un reflejo espectacular de este giro de la historia. La derrota del comunismo tras la caída del Muro de Berlín, la descorazonadora falta de alternativa al capitalismo liberal, la implacable globalización, la pérdida de generoso aliado soviético, los problemas del amigo venezolano, la pavorosa crisis económica y la desestabilizante vecindad de Estados Unidos terminarán, con gran probabilidad, transformando y homologando el régimen de forma radical. Eso lo sabía Fidel Castro, lo sabe su hermano Raúl y lo sabe la nueva generación de dirigentes que se disponen a tomar el relevo a partir de 2018, un año que promete ser decisivo.

Habrá quien se regocije por la victoria de la libertad y la democracia, pero la quiebra del modelo cubano, sobre todo si es rotunda y sin paliativos, será una mala noticia para tantos y tantos pueblos que perderán el referente al que podían mirar ante los embates del capitalismo imperialista. Por eso es tan importante que el cambio sea controlado, que se evite que Cuba sea otra vez cortijo de las multinacionales de EE UU y que La Habana vuelva a ser casino, burdel y paraíso de mafiosos.

Para evitarlo, es necesario que los dirigentes de la isla procedan, no desde el reconocimiento de una derrota, sino desde la férrea decisión de buscar lo mejor del cambio sin renunciar por completo a las señas de identidad revolucionarias. Por decirlo con un ejemplo: no hay que actuar como Gorbachov primero, y Yeltsin después, ante la descomposición y explosión de la Unión Soviética, una hecatombe de la que ni Rusia ni las otras repúblicas del imperio se han repuesto todavía.

Aquella fue una rendición incondicional que malvendió el país a los oligarcas, arruinó a la mayor parte de la población, impuso un capitalismo salvaje, consagró el malgobierno, eliminó las barreras contra la desigualdad que permitieron la supervivencia del Estado soviético y redujo hasta la irrelevancia el papel del país en el mundo. De aquella humillación, que recuerda a la que sufrió Alemania tras la I Guerra Mundial, procede la Rusia de Putin, deseosa de vengar la afrenta y que reivindica de nuevo su papel como superpotencia global.

Sin embargo, ni la Cuba de hoy es la URSS de entonces, ni Raúl Castro es Gorbachov. En la isla caribeña hay dificultades objetivas que abren el camino a una transformación profunda, pero no hay rendición. En la relación con el todopoderoso vecino del Norte, el régimen castrista no ha hecho hasta ahora concesiones de calado y ha exigido siempre ser tratado con dignidad.

Lo ha conseguido. Aunque la presente apertura sea resultado de largas y complejas negociaciones, los Castro no han cambiado radicalmente su postura, sino que ha sido Obama quien, reconociendo que el hostigamiento de más de medio siglo ha sido inútil y contraproducente, ha decidido los principales pasos adelante, como la apertura de embajadas y la visita de esta misma semana, y quien promete trabajar para levantar el bloqueo, que tanto daño hace al conjunto de los cubanos. El presidente norteamericano está decidido a pasar página y dejar su huella como el dirigente que emprendió la normalización con Cuba y con Irán, dos logros con los que quizás confía en tapar otros fracasos en política exterior, desde Afganistán a Irak, Siria e incluso Rusia.

Si el Congreso dominado por los republicanos o un próximo presidente del mismo partido tan radical como Donald Trump o Ted Cruz no hacen descarrilar el proceso, lo lógico es que el camino trazado por Obama abra el camino a una transformación profunda yb pragmática –pero no traumática- de Cuba, lo que de rebote supondría un factor de estabilización en el conjunto de América Latina, tan dejada de la mano en las últimas décadas por los presidentes norteamericanos.

Obama ha dejado claro tras reunirse con Raúl Castro que “el cambio llegará a Cuba”, pero también ha sido rotundo al sostener que su país no dictará a los cubanos cómo gobernarse, porque esa es una cuestión que “deben decidir los cubanos”.

Estaba obligado, por ser quien es, a referirse a la necesidad de que se avance en el camino hacia la democracia plena y el respeto total de los derechos humanos, claves para el “total restablecimiento” de lazos bilaterales fuertes. Sin embargo, Obama no presentó la cuestión como una línea roja, tal vez porque es consciente del doble rasero que ello implicaría, ya que su interlocutor podría haberle sacado los colores por lo que ocurre en Estados Unidos. Como no quería hacer sangre, Raúl Castro se limitó a negar –pese a evidencias en contrario- que haya presos políticos en Cuba, y a recordar que en la isla se respetan derechos humanos fundamentales y tan poco extendidos como la educación y la salud gratuitas y la igualdad salarial entre hombres y mujeres.

Para recalcar que reconciliación no es sinónimo de renuncia, el presidente cubano reivindicó la devolución de la base naval de Guantánamo, reducto imperialista cuya pervivencia solo se justificaría por un acuerdo entre gobiernos y que se ha convertido en cárcel alegal para islamistas sospechosos (o ni siquiera eso) de terrorismo. Y donde, por cierto, la tortura habitual (con George Bush) y la negativa a los reclusos de un juicio justo (también con Obama) constituyen excelentes ejemplos de lo que la Casa Blanca entiende cuando le interesa por respeto de los derechos humanos.

Salvando las distancias, aunque sean David y Goliat, Cuba y Estados Unidos se tratan hoy de igual a igual, en estruendoso contraste con lo que ocurrió al otro lado del mundo a finales de los años ochenta del pasado siglo, cuando se desmoronaba el imperio soviético.

Obama y Castro están cumpliendo su parte, conscientes de que viven un momento histórico, y el viaje de esta semana le ha dado la espectacularidad que le convenía. Por supuesto, ahí no acaba el proceso. El régimen cubano tendrá que poner a prueba toda su capacidad de adaptación y pragmatismo para hacer posible una apertura sin claudicación que abra paso a una Cuba más abierta y libre, pero sin caer en los abusos que tanto dolor , desigualdad, corrupción y miseria han causado en numerosos países latinoamericanos formalmente democráticos y pluripartidistas.

Obama seguirá trabajando para levantar oficialmente el bloqueo, mientras pone en marcha medidas parciales de apertura con efecto inmediato en la isla. Pero será el próximo presidente el que deba andar el resto del camino. Como en el caso de Irán, el reto será mayúsculo, y pondrá a prueba que no es lo mismo prometer en campaña que cumplir desde la Casa Blanca. La reconciliación con Cuba no es algo que Trump o Cruz puedan cargarse de un plumazo, o transformar a su antojo. Por eso no hay que dar por sentado que se irá al traste si uno de ellos conquista la presidencia en noviembre.

* Exredactor jefe y excorresponsal en Moscú de EL PAIS, miembro del Consejo Editorial de Público hasta la desaparición de su edición en papel. Publicado por Publico.es.

Opiniones (2)
21 de junio de 2018 | 08:35
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21 de junio de 2018 | 08:35
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  1. La desastrosa administración totalitaria de la Cuba no merece otro fin a que una caída estrepitosa. Obama es un blandito, el Papa un ingenuo, la dictadura cubana se ha quedado sin aliados, entre ellos Venezuela, que para desgracia de los zurdos no tiene, ni tuvo bloqueo alguno, y sin embargo caera tomada por su pueblo, volviendo al comentario tanto el mandatario de EEUU como Francisco no se dan cuenta que los Castro los han usado porque no tiene a quien recurrir, salvo a su enemigo el Imperio para que les tire una soga y los pobres cubanos puedan tener algo que comer.- Cuba es la vergüenza de Latinoamérica, que el régimen caiga antes que desaparezca Fidel, le quiero ver la cara.-
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  2. Interesante nota pero no coincido en todo lo que menciona el autor. No creo que sea una derrota de Cuba, sino más bien una derrota de EEUU, quién con una estrategia inútil de más de 50 años, se dió por vencido y decidió cambiar la estrategia, esta vez tratando de ingresar culturalmente a la isla de forma diplomática. Pero seguramente esto lo sabe la dirigencia cubana. No debemos olvidar también, que las dificultades económicas de Cuba se deben fundamentalmente a el bloqueo estadounidense, a pesar de ello tienen un sistema de salud, educación y deportiva envidiable. Saludos
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