opinión

Dilma y el fin del pacto del lulismo

Dilma y el fin del pacto del lulismo

 La cuestión dramática de los días que corren es que terminó el pacto de clases, firmado en 2002, con la Carta a los brasileños. A través de ella, un significativo sector popular, capitaneado por el PT, aceptó los términos impuestos por la burguesía – asumir el gobierno – pero no tocar ningún comando vital del Estado.


Ese arreglo institucional estalló el viernes 4M, con el traslado coercitivo del ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva en la fase 24 de la Operación Lava Jato, aunque sus señales ya estaban claras hace más de un año.

Tengo gran duda en acordar con ciertas explicaciones, que dan cuenta del fin de acuerdo institucional celebrado en la Carta de 1988, que pactó la transición democrática.

Lo que naufraga ahora es el contrato de 2002, hecho posible:

1. Por el desgaste monumental del neoliberalismo (apagón, desempleo, crisis económica, etc.)

2. Por la emergencia de un nuevo bloque (histórico) organizador del sistema político brasileño post-PSDB. El vector de ese bloque era el PT, en torno al cual todas las facciones políticas y sociales tuvieron que posicionarse.

Terminada la fase de crecimiento económico registrada entre 2004 y 2010 – y el adormecimiento de la lucha de clases – el pacto pierde razón de ser.

Quien lo rompe es la burguesía. Y eso ocurre porque en tiempos de recesión, el compromiso de gana-gana – cumplido en aquel período – se volvió imposible. El choque distributivo sólo se dará con pérdidas para uno de los lados.

No se trata de voluntad política. Se trata de una cuestión objetiva. No hay cómo pactar en tiempos de una recesión aguda, no hay excedente para ser distribuido.

El lulismo – que nunca se propuso hacer alguna transformación social, pero lidiar por lo mejor posible – se torna descartable en esta nueva fase.

El drama es que a la vista no hay un nuevo vector o bloque organizador del sistema. De ahí la situación de barco a la deriva en que nos encontramos.

Querer que una personalidad ajena a la política como Dilma Rousseff tuviese la experiencia o percepción de la delicadeza del momento y aún más, organizar o delinear un enfrentamiento – puesto que el acuerdo de clases se volvió letra muerta – sería exigir demasiado a quien nunca hizo política de verdad en la vida. Y algo muy por encima de sus posibilidades y capacidades.

El lulismo como lo conocemos – capaz de sellar una alianza policlasista- cumplió su papel histórico. El Lula que tiene alguna chance de volver en 2018 será otro Lula.

O tendremos – poco probable – el Lula de la confrontación con los de arriza, o el Lula que vendrá para implantar el pacto regresivo, iniciado por Dilma, donde la cuenta es pagada por los de abajo.

No olvidemos a Alan García, que cumplió dos papeles históricos en la presidencia del Perú, el progresista (1985-1990) y el regresivo (2006-2011).

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22 de junio de 2018 | 02:36
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