opinión

También Perfumo podía morirse

Usted, Roberto, me demostró que los defensores no éramos picapiedras duros que sólo servíamos para golpear rivales y patear fuerte la pelota.

También Perfumo podía morirse

Pucha Mariscal.

Hoy el fútbol, se ha desdibujado un poco para mí. Yo crecí jugando con camisetas de piqué, con la pelota de antes, la pesada de cascos exagonales, con las medias de algodón. Yo soy de los viejos tiempos, de cuando los árbitros se vestían de negro y había que dirigirse a ellos diciéndoles “señor” y con las manos en la espalda; de cuando nuestros viejos a los carrileros les decían “jas derecho o jas izquierdo”. De cuando los amateurs jugábamos en canchas de tierra y los arqueros todavía usaban gorra y rodilleras.
Ese era el fobal mariscal.

¿Sabe una cosa?

Yo también jugaba de "dos" y siempre quise parecerme a usted.

Usted, Roberto me demostró que los defensores no éramos picapiedras duros que sólo servíamos para golpear rivales y patear fuerte la pelota, alto y lo más lejos posible. Usted me enseñó que allá en el fondo, donde se mira toda la cancha, allá también podía vivir un gran señor elegante. Que también podía existir alguien que fuese un caballero de guante blanco y galera y bastón, y que ese mismo caballero era capaz de agarrarse a piñas con una patota en un callejón. Porque usted fue esa mezcla.

Ya no existen hombres así en un campo de juego.

Ahora los muchachos son distintos, ahora todos parecen pibitos.

Usted Roberto, era un gigante elegante.

Lo recuerdo como capitán de la selección, una tarde contra los ingleses en Wembley, en el 74; al “Mencho” Balbuena lo habían desparramado mal. Usted, impasible esperó una jugada en campo nuestro, lo dejó pasar al nueve de ellos, un tal Hughes, y cuando pasó se comió el hombrazo suyo y cayó desacomodado, rodando al lado del banco de ellos.
Usted, esa tarde les enseñó a los ingleses que nada es gratis.

Todavía miro su foto volando en una media chilena, disputando una pelota en el aire con el alemán Haller. Esa tarde, nuestra fuerza aérea, derrotó a la Lutwafee.
Lo recuerdo en River, o en el Cruzeiro, capitaneando a tipos de la talla de Wilson Piazza. Lo recuerdo joven, defendiendo el área de Racing y de Argentina una tarde en Montevideo, contra un montón de escoceses que querían ganar de guapos.

De puro hombre nomás, les ganó a tipos como Manicera o el negro Cococho Álvarez, una final de América, a ellos a los uruguayos que tenían fama de bravos. Y nunca olvido de aquella noche en Santiago de Chile, jugando la final para River, lesionado y todo se llevó con usted a Jairzinho.

Estoy triste, pero permítame quedarme con su elegancia, Roberto.

Hay tipos que cuando se van, uno piensa "¿él también?".

Opiniones (1)
22 de julio de 2018 | 04:50
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22 de julio de 2018 | 04:50
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  1. Sentido homenaje al Mariscal. Una caricia nostálgica que Martín transparenta en su nota...
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