opinión

La insostenible (y deletérea) ligereza de “Zoolander 2”

La insostenible (y deletérea) ligereza de “Zoolander 2”

 Cansa pensarlo, pero tantos jóvenes personas normales – no monstruos – se emboban con esto, que, con reprobable derroche de una expresión que ha de usarse con cuentagotas, creen "objeto de culto".

Zoolander vuelve quince años después.

Animado por los mismos Ben Stiller, Owen Wilson, Will Ferrell: desde hace 20 años, el Gotha del humorismo norteamericano. Todos a Roma para tomarle el pelo al mundo de la moda en la confusa aventura del regreso a la pista del modelo-star más estúpido del mundo, Derek Zoolander (Stiller), que con el amigo-rival Hansel (Wilson) y la policía Penélope Cruz se enfrenta al eterno enemigo Mugatu, estilista megalómano.

Como en la primera película, decenas de "apariciones" de lujo, hasta Sting. Una (fantasmagórica) coreografía, con la profundidad de campo de un tebeo, alimentada por el gusto de la autocita y el retorno a jergas y gestos caros a los fans, con todo el bagaje neocómico norteamericano de alusiones sexuales presuntamente audaces y ridículamente conformistas. La penetración de este y otros modelos de entretenimiento cómico parroquial en nuestras filas juveniles, cuyas memorias están esterilizadas, ilustra los daños producidos por décadas de colonización.

(*) Paolo D`Agostini es (de momento) crítico de cine del diario italiano La Repubblica.

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25 de abril de 2018 | 18:18
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