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El pintor siamés

El pintor siamés

 "De hecho, soy perfectamente consciente de que el mejor portavoz del pintor es su obra". Henri Matisse. 25.12.1908

Citar a un artista contemporáneo es nombrar a Eduardo Hoffmann, el gran camaleón insatisfecho de las formas aprendidas, el pintor siamés desdoblándose hacia el infinito, experimentador de todos los géneros conocidos, estableciendo diálogos a veces inverosímiles entre ellos.

Ha sabido dominar el oficio a través de lo único que puede darle frutos reflexivos, que es la acción, el trabajo de la gota que horada la roca. Esa ilimitada capacidad de engendrar una poética en busca de lo más esencial que es la belleza. Pareciera a veces que la belleza piensa al artista y este es uno de los casos.

Las lecciones de Henri Matisse y de Claude Monet, fueron aprendidas en esa unidad armónica, construyendo las relaciones internas del color y la forma, para luego desaprenderlas y percibir el vacío que no es vacío. Partiendo de un realismo, navegando en las aguas del neoexpresionismo y reinventándose a sí mismo, en busca del vellocino de oro o nada. Su camino ha sido solo buscar aquel espíritu errante y misterioso que es el arte. Ha mutado como un nómade de los soportes, de la sugerencia de lo encontrado, de la profundidad de haber vivido y sacudir la belleza para la armonía quizás de una pintura metafísica y atemporal.

¿Qué persigue un artista? ¿Para qué persigue aquel misterio que no conocemos, empecinado día a día con cada nueva obra?

Él no tiene un sueño, una meta, todo se da en forma virtuosa y natural; su trabajo sucede, la obra aparece. No piensa el cuadro, su intuición lo abarca todo, la inteligencia no sirve para comprender.

Desarrolla lo aleatorio controlando la eficacia, la emocionalidad, desechando lo superficial y caótico hacia la gran cincronicidad de la exquisitez. Sus obras no tienen temas, sus obras no tiene títulos, no tienen contenidos elocuentes o superfluos o artificiosos o pedagógicos, no hacen falta a su obra, persigue, quizás, repito lo metafísico y trascendental. Pero todas son excusas para seguir existiendo en el sacrificio y la alegría. Sus preocupaciones son las del amor y como darlo en su obra, punto vital de los grandes artistas; sin él, no hay comienzo y menos final. Su motor ha sido la confianza y su naturaleza arrojarse al abismo sin saber qué pasará. Ese es su modo de trabajo.

Todo artista trabaja bajo su propio riesgo y está solo a la hora de la verdad, por eso Eduardo Hoffmann ha pintado para volver al origen, para poder encontrarse a sí mismo.

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21 de agosto de 2018 | 18:36
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