opinión

Adiós al rey Umberto

Adiós al rey Umberto

 También a la India, donde ahora me encuentro, llega la noticia de la muerte de Umberto: desaparece con él el mayor bulímico intelectual que ha conocido el siglo XX, el único que ha podido enfrentarse a Borges en este terreno y vencerle en el juego de la aparente omnisciencia. "Aparente", porque este juego habitualmente sólo lo practican los humanistas, que en general ignoran por completo a la ciencia, es decir, por lo menos una buena mitad de la cultura moderna.

"En general", pero no en el caso de Eco, que extendió sus vagabundeos intelectuales también a este campo. A propósito de ello, me gusta recordar su participación en el Festival de Matemáticas de Roma de 2008, cuando ante miles de estudiantes, y con el presidente de la República en primera fila, abrió el encuentro y demostró que podía explayarse también sobre números y numerología.

En realidad, las lecciones de Eco eran más bien académicas, y se leían a menudo en textos escritos. Lástima, porque ha privado a muchos de sus oyentes de su viveza, siempre lista para dispararse. Con él en la mesa se asistía a uno de esos verdaderos y auténticos "one man show", hasta cuando entre los comensales había monstruos sagrados como Derrida o Saramago, reducidos, como todos, al papel de oyentes.

Para pincharle en su ego, sin límites en lo relativo a la cultura, de vez en cuando me divertía haciéndole notar los errores científicos de sus libros, algo que, con su carácter, no se tomaba demasiado deportivamente. Por ejemplo, cuando le escribí recientemente, tras una relectura, que en El nombre de la rosa había usado dos veces por lo menos "pólipos" en lugar de "púlpos", me respondió un tanto secamente que "en el lenguaje corriente compramos “pólipos”, aunque sepa que cuando me han sacado uno de la gargante era otra cosa".

A menudo, sin embargo, se comportaba conmigo de forma paternal. Porque me había conocido además cuando yo era todavía doctorando, en agosto de 1978, y me iba por dos años a los Estados Unidos. Yo lo había reconocido en el aeropuerto, gracias a la pequeña foto de su columna en L'Espresso, y viéndole pasear solo le abordé para hacerle alguna pregunta sobre Joyce, que en aquella época me interesaba.

En aquella ocasión fue generoso con su tiempo con un chico desconocido. Durante el vuelo vino a sentarse cerca de donde estábamos mi primera mujer y yo, dándonos consejos de todo orden: desde los hoteles en los que hospedarnos en Nueva York a los profesores que conocer en la universidad a la que íbamos.

Luego le perdí de vista, porque enseguida se vio fagocitado por el éxito de El nombre de la rosa. Y volvi a encontrarle sólo mucho después, cuando me hizo saber que le había gustado uno de mis primeros libros divulgativos sobre paradojas.

Desde entonces nos vimos u oímos en diversas ocasiones. Recuerdo con particular gratitud el correo electrónico que me escribió cuando estalló en la Red (y, a rebufo de ella, en los diarios) la necia polémica sobre el negacionismo, diciéndome que había que estar atentos a hacer discursos menos que elementales en Internet, porque "el 90% de la gente es imbécil" y no puede hacer otra cosa que malinterpretar cualquier cosa que se diga. Esa vez firmaba "Umberto (del 10%)".


Más cauteloso en esto que yo, guardaba para sí algunos divertimentos, para evitar precisamente que cayeran bajo ojos indebidos. Por ejemplo, la provocativa versión "antónima" de todo el canto de Dante que se inicia con la plegaria de San Bernardo a la "Vergine madre, figlia del tuo figlio", a la que le dio la vuelta con un "Zorra estéril, abuela de tu abuelo". Mejor no divulgarla, me dijo, porque "no quiero meterme en líos con Dios Padre", aunque evidentemente se refería a "los dios padre".

Eco era una de las escasas celebridades de cuyo éxito no se podía ser envidioso, pues había que estar ciego para no darse cuenta de que ostentaba varias marcas en comparación con todos los demás. Leer sus "Bustine di Minerva" [“Sobres de Minerva”] era un placer constante, para divertirse desde luego viendo qué se le había ocurrido en cada ocasión.

Pero mi lecturas preferidas eran sus ensayos, mucho más que sus novelas; por otro lado, como le dije una vez, era demasiado inteligente y culto para poder ser un gran novelista. No era una broma, y su respuesta fue justamente que para ser agraciado con el Premio Nobel de Literatura hay que ser bueno, pero no demasiado: y en efecto, no lo recibieron ni Borges ni Joyce, que eran, desde luego, dos de sus puntos de referencia.

Es verdad que por los menos podrían haberle concedido en su propia casa un escaño de senador vitalicio para remediar el descuido de los suecos. Pero probablemente fue sólo un caso de pura ingratitud, por parte de un presidente y de un partido con los que se había alineado con generosidad hasta excesiva, concentrándose durante años en el "peligro Berlusconi" y acabando por perder de vista el "peligro Renzi".

Sus últimos actos públicos fueron contradictorios. Por un lado, la creación de una nueva editorial para evitar acabar bajo el yugo editorial berlusconiano. Pero, por otro lado, el aval al renzismo en el diálogo con el presidente del Gobierno con ocasión de la vacua exhibición de la Expo [2015 en Milán, sobre los alimentos]. Pero de Umberto Eco no importan, en todo caso, las opiniones pasajeras sobre las miserias de la política sino los hechos perdurables en las cimas de la cultura, que constituyen la que hasta ayer era “Obra Abierta", y a partir de hoy es ya, por desgracia, su gran "Obra Cerrada".

(*) Piergiorgio Odifreddi es un conocidísimo matemático, ensayista y divulgador científico italiano. Activo militante laico, es presidente honorífico de la Unión de Ateos y Agnósticos Racionalistas de su país. Entre sus muchos libros se cuenta Por qué no podemos ser cristianos (y menos aún católicos) (RBA. Barcelona, 2008).

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24 de mayo de 2018 | 09:08
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