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Hasta antes de Karol Wojtyla, los papas no eran "estrellas mediáticas".

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Hasta antes de Karol Wojtyla, los papas no eran lo que podríamos llamar "estrellas mediáticas", parte central de la sociedad del espectáculo nacida tras la Segunda Guerra Mundial y acrisolada en los últimos decenios. Si acaso en los albores del cristianismo fueron apenas primus inter pares, pastores humildes y casi anónimos que huían de las persecuciones o abrazaban el martirio, los siglos que van de Constantino al Risorgimento los convirtieron en hombres de poder tan vesánicos, volubles y corruptos como los demás príncipes que gobernaron Europa en ese largo trecho.

Arrinconados en el Vaticano tras perder su inmenso poder temporal a fines del siglo XIX, terminaron por convertirse en potentados más o menos huraños, príncipes exiliados en su propio palacio como tantos nobles caídos en desgracia en esos años revolucionarios que vivían en la nostalgia de un pasado de esplendor y debían conformarse con ser venerados por faeligreses que habían dejado de ser súbditos. Puestos en su lugar ("a Dios lo que es de Dios..."), los papas se concentraron en acrecentar su poder espiritual, sea a través de la promoción de nuevas formas de devoción -León XIII con su promoción del Rosario- o estableciendo su primacía teológica con argumentos tan soberbios como la "infalibilidad papal", establecida por Pío IX en el primer Concilio Vaticano. Perdida la Tierra, había que conservar control de las creencias de millones.

En la segunda mitad del siglo XX, Juan XXIII y Paulo VI intentaron modernizar a la Iglesia (si por modernizar se entiende arrancarla un poco de la Edad Media), ganándose la simpatía de los más pobres en una época en que el comunismo rivalizaba por apoderarse de sus conciencias. En este contexto, Juan Pablo II fue sin duda un terremoto. No porque sus ideas transformaran a la Iglesia -nada más lejano de su conservadurismo polaco-, sino porque fue el primer Vicario de Cristo que supo adoptar las tácticas de la modernidad para promover su figura y reposicionar a su empresa en tiempos de desencanto.

Para lograr su meta, y de paso arrasar el ateísmo del bloque soviético -su venganza personal-, Wojtyla no dudó en transformarse en "estrella de los medios", lo cual significó utilizarlos en su favor y sucumbir a sus encantos en idéntica medida. En vez de guiar las convicciones de los creyentes, se volcó en la arena pública. Entendió muy bien que no hacía falta un imperio para extender su influencia: viajó de un extremo a otro del planeta, encarnando el papel de sabio humilde o el de anciano infatigable, con sus sonrisitas y sus palabras en todos los idiomas mientras por lo bajo acallaba a sus críticos. Educado en el estalinismo, no dudó en poner sus tácticas propagandísticas al servicio de un férreo conservadurismo dogmático. Todo valía para alcanzar sus objetivos: destruir el socialismo real (con dos aliados de su misma estirpe: Reagan y Thatcher) y darle un nuevo tinte popular y sexy a la más opaca de las religiones. Proteger en el camino a sus aliados, sin importar el tamaño de sus crímenes (como Maciel en México), era del todo coherente con su estrategia.

Joseph Ratzinger, su perro de presa, fue asimismo su reverso. Mal encarado, profundo, ríspido. Un anciano que viajó poco, habló menos y vino a México porque no tuvo otro remedio. En la teoría del péndulo, Jorge Bergoglio es un regreso al populismo. Ninguna contradicción entre el reaccionario de antes y el panfletario de hoy: Francisco es ante todo jesuita. Si para preservar la Iglesia había que mutar de convicciones, nadie mejor que el primer papa latinoamericano. Si Juan Pablo era un CEO carismático, Francisco es un gran RP.

Y así lo vemos, haciendo concesiones por aquí y por allá, disculpando a los homosexuales y casi tolerando los anticonceptivos (solo casi), dándose baños de pureza frente a los pederastas (y refundando a los Legionarios) y baños de multitud semejantes a los de Juan Pablo II. Pero un papa es un papa es un papa. Podrá resultarnos simpático y afable, sincero: su tarea es parecerlo. Pero en el fondo defiende una religión tan intolerante como cualquier otra, tan primitiva como el animismo y tan venal como la realeza española o la británica. En estos días no haremos otra cosa más que oír de él: el país y la ciudad a su servicio. Para horror de Garibaldi, los papas ganaron la partida. ¿Quién añora los Estados Pontificios cuando puede tener el mundo?

Opiniones (2)
23 de mayo de 2018 | 06:59
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23 de mayo de 2018 | 06:59
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