opinión

Vírgenes, santas y putas

La periodista que ejerce en Oriente Medio y un crudo enfoque.

Vírgenes, santas y putas

 ¡El himen! ¡Cuidado con el himen! ¡Es tu dignidad! ¡Es lo único que te da valor! ¡Él puede rehacer su vida pero tu sin tu himen no vales nada! ¡Es tu honor!

Suena un poco destartalado el tema. ¿No? Pues imagínense toda una vida escuchando esas advertencias. Imagínense que el "esfuérzate por ser alguien en la vida" se convierta en un "sin tu himen no eres nadie". Que unos y otros traten de meterle más miedo aún a mujeres ya humilladas por valer tan poco entre su sociedad, por valer la mitad que un hombre en su religión, y por no valer nada para su familia más que el negocio que en un futuro vayan a hacer con ella ante los parientes de ese macho que decida quedársela a cambio de una sustanciosa dote.

Sí, básicamente, es el pasaporte de una mujer para seguir siendo considerada una persona con todas las de la ley. Bueno, lo del Derecho en cuestión de féminas es relativo, dejemos el tema no vayamos a meternos en camisas de once varas.

¿Alguna vez le han intentado vender una moral? ¿Alguien, creyéndose con derecho a ello, se ha acercado para decirle que si se acuesta con alguien, usted, casi, no puede seguir con vida? A muchos les sonará surrealista e ignorante que esto siga existiendo en pleno siglo XXI y les recordará a las remiendavirgos de las que hablaba Fernando de Rojas en La Celestina. Esas señoras ariscas que en la sociedad hipócrita del XV "reconstruían" la virginidad de muchas doncellas no aptas para matrimonio.

¿Saben de qué va el tema? Les cuento, al menos, cómo se lo imaginan en esas sociedades que aún es asunto haram romper un himen. Se trata de un trozo de piel, fino, finísimo -que a veces las mujeres nacemos sin él- y que hace una especie de puerta entre el mundo exterior y el interior de la vagina... Ese lugar inexplorado y solo explorable por un único aparato reproductor masculino en cada caso. El himen vale lo que no es su peso en monedas de oro.

Social, religiosa y moralmente, se debe mantener esa sensible puerta cerrada hasta encontrar la única llave, la que podrá usarse siempre. Ese hombre afortunado que la abrirá por primera vez -con o sin delicadeza- para convertir a su mujer en una mujer de verdad. Antes no lo era. Ah, y esa puerta es tan valiosa que vale más que una misma como persona, como ser humano, como mujer. ¿Que eres una persona excelente y polivalente? ¿Que tienes estudios en Harvard? ¿Que tienes cualidades que enamoran? Puede ser, pero no, ya no vales lo mismo porque eres de un solo uso, y ese ya se te ha dado.

Disculpe... ¿El contenedor, por favor? ¿Puedo usar el de productos reciclables? Quizás alguien más quiera usar a esa mujer ya usada. ¿Irónico, verdad? Pues es real, se lo prometo. Tan real, como que os lo estoy contando en persona.

Volviendo al tema. Muchas mujeres (no me gusta meterlas en sacos ni de musulmanas, ni de árabes, ni cosas parecidas, porque esto también ha ocurrido en la España más cristianocatólica) y seguro que tampoco le ha pasado a todas las hembras, afortunadamente.

Lo que no quita que a otros cientos de miles, sí. Unas cuantas mujeres que han tenido la mala suerte de que, desde su nacimiento, han escuchado las advertencias de sus madres poniéndolas en alerta ante los pervertidos hombres que querrán robarles su más apreciado trozo de carne: el himen.

Hablemos de Marruecos o de Egipto, mis casos más cercanos y explorados sobre el terreno. Insisto en que habrá muchas mujeres leyendo este texto que consideran que guardan su himen porque a ellas les place. Todo mi respeto y admiración para ellas. Las otras, las que lo hacen por miedo, son las que han estado toda una vida recibiendo advertencias sobre lo importante que es su virginidad, son las que, por miedo a las consecuencias, son santas hasta que llega su caballero.

Las otras, las usadas, son las putas, las que sufrirán por errar, o por haber sido libres.

¿Saben cuál pueden ser las consecuencias en un país como Marruecos de que una mujer decida tener su poder sobre su cuerpo, sobre su vagina? Lo primero a lo que tendrá que hacer frente es al rechazo familiar. La mujer se ve despreciada por su familia y despojada de una de sus partes más preciadas en un país donde rige la cultura patriarcal y en el que la vida familiar es el pilar más importante.

Segundo, y ante ese abandono, aparece el intento de conseguir un refugio, un hombre dispuesto a contraer matrimonio con ella, sin tener en cuenta si es virgen o no. Puede que lo encuentre, y puede que no. Si tiene suerte, él puede aceptar que haya sido desvirgada por alguien antes que por él. Pero si no..., tiene la opción de intentar esconder su vergüenza con una himnoplastia (operación para reconstruir el himen) por miedo a un futuro abandono de su marido.

Caso aparte es el de las que tienen la mala suerte de acabar preñadas porque se acuestan con un hombre antes de atarlo bien atado con el matrimonio. Ante el egoísmo machista de muchos de ellos, que las consideran chicas de usar y tirar, sumado a la falta de educación sexual existente, ella, de nuevo, la victima que le toca pagar las consecuencia. Ella puede denunciar una violación en la que él, para escapar a la cárcel, opta por casarse con ella, lo cual le salva a él el pellejo y a ella la somete a una vida de desgracias con el único objetivo de salvar el honor de su familia.

O también puede que él desaparezca y no quiera hacerse cargo del marrón. ¿Siguiente paso? La familia la desprecia, y acaba recurriendo a la calle. ¿Qué hacer allí? Abandonar al hijo a las puertas de algún lugar donde crea que puedan hacerse cargo de un bebe recién nacido (hecho que explica el gran número de orfanatos superpoblados en Marruecos); o decidirse a mantenerlo ella misma trabajando en lo que haya.

Ser madre soltera y sin padre conocido no es precisamente fácil en una sociedad donde la norma suprema es el heshuma (¡Qué verguenza!, en dialecto marroquí). Nadie las querrá contratar, y la prostitución es una salida, más o menos fácil y donde nadie te pide explicaciones si estas dispuesta a acostarte con Golfos hambrientos (sexualmente hablando), que pagan buen billete y que les da igual la historia de tu vida.

Esta última opción, y de las más recurribles, condena a las mujeres a vivir bajo la humillación de ser putas y de ser unas apestadas por su familia. ¿Los hijos? Serán siempre unos bastardos, unos "hijos del haram", señalados por todos los que les rodean y rechazados allá donde vayan.

¿Suena a exageración, verdad? ¿Suena a otro mundo? Pues no lo es, es un caso que se repite día a día, ante mis ojos y los de mucha gente. Algunos los ven con ojos críticos, otros con un "es nuestra cultura". Historias que tienen lugar en Marruecos, en España, en Egipto, en Holanda o Francia. Ellas estas perseguidas por una tradición que no han elegido, y de la que pocas veces hay opción de escapar.

¿Alguien les ha preguntado a ellas qué es lo que quieren? ¿Sabe alguien si en realidad lo que más desean es vivir su sexualidad como a ellas les dé la gana: con tres hombres, con uno o con ninguno? ¿De verdad, madres y hermanas, seguís pensando que la primera vez es estupenda y maravillosa, y que ese primero debe ser 'para siempre'? ¿Alguien les ha hecho saber que ellas valen lo que valen por ser personas, que se deben hacer respetar como seres humanos que son y que el honor es cuestión subjetiva vista por cada cual de una manera diferente?

(*) Originalmente publicado por el Huffington.es.


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24 de junio de 2018 | 12:02
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