opinión

Derechos fundamentales y CEOs

Derechos, Estado y mercados en la era Macri.

Derechos fundamentales y CEOs

El paradigma Constitucional Clásico nació como tutela sólo de los derechos de libertad y como sistema de límites frente a las potestades del Estado. La idea tradicional de los derechos, suponía una concepción puramente negativa de la ley y restringida del Estado.

El sistema político que se proponía, privilegiaba al prototipo de un Estado neutral, abstencionista y liberal, que, según Locke -padre del liberalismo-, debía procurar la libertad y la paz de los individuos en el goce de su propiedad (2008, p.79). Ellos se consideraban propietarios de sí mismos, de su vida y de sus acciones. 

Como se advierte, tal modelo no establecía límites frente a los poderes económicos y privados; lo cual tuvo raigambre en una confusión histórica que perdura hasta nuestros días: concebir al derecho de empresa (art. 14 Const. Nac.) como un libertinaje con escasos, cuando no nulos, controles y límites estatales. 

Ese descuido del pensamiento clásico, llevó a los horrores del economicismo en que degeneró el individualismo liberal, ocasionando otro absolutismo que asuela a los pueblos: el de los poderes empresariales, económicos y financieros nacionales y trasnacionales. Sin embargo, el Neoconstitucionalismo, a través de uno de sus representantes, Luigi Ferrajoli, se ha encargado de señalar, por un lado, que el desafío reside en regular la autonomía empresaria que ha llevado a que 300 multimillonarios posean la riqueza de la mitad de la población mundial y, por el otro, que los derechos fundamentales son leyes a favor de los más débiles (2007, p.75). 

En el mismo sentido, se expresa que “el Estado es la única institución que tiene el poder que necesitamos para resistir las presiones del mercado” (Fiss, 2007, p.119). De manera que, si los derechos fundamentales son siempre leyes a favor de los más frágiles contra los más fuertes y si el mercado debe ser regulado, parece un adefesio -al menos a priori- poner a cargo de la custodia y ampliación de esos derechos, a los actores sociales más poderosos y a los CEOs de las grandes empresas. Pues, implicaría dotar de más poder al poder. 

Un elenco de gobierno, integrado con empresarios vinculados al poderío económico y financiero, tendrá a disposición los resortes viables para asegurar la libre circulación de los bienes, la acumulación de la riqueza y la defensa de sus intereses sectoriales en menoscabo de los populares. Aquello, significaría un retroceso al paradigma constitucional liberal o, aún más, al estado de naturaleza, donde no hay Estado ni ley, donde dominan los más vigorosos a los más débiles. 

En alternativa de los derechos fundamentales como leyes de los desamparados, se desarrolla la "bellum omnium contra omnes", ya que al no haber respeto, solo hay relaciones de opresión (Hobbes, 2007, p.129). El estado de naturaleza pone en riesgo la vida de todos, porque es una situación de guerra incesante en la que todos creen tener libertades y derechos absolutos, "todo hombre tiene derecho a todo, incluso al cuerpo de los demás" (Ibídem, p.133). Tal creencia lleva al: "homo, homini lupus". En este temible campo de batalla y frente a la ausencia de una organización racional -como es el Estado-, reinan los más astutos y pudientes, con estruendo y furor, subyugando a los más toscos, puesto que “no hay distinción entre mío y tuyo; sino sólo aquello que todo hombre puede tomar” (Ibídem, p.131). 

Por el contrario, la existencia de un Estado activo que avanza en el reconocimiento de los derechos fundamentales, acarrea limitaciones correlativas a los poderes privados, en beneficio de toda la comunidad pero sobre todo de los más frágiles. 

Dicho de otro modo, los derechos son un producto histórico, son el resultado de luchas y pugnas que, a su vez, en cada ocasión rompieron el halo de naturalidad que ocultaba relaciones de dominio o marginación, por ejemplo: derechos civiles (matrimonio igualitario, fertilización asistida, igualdad de género, nuevo Código Civil y Comercial, etc.) y derechos sociales (jubilaciones, pensiones, AUH, Conectar igualdad, derechos laborales, etc.). 

En conclusión, si lo que se pretende es garantizar la inviolabilidad, indisponibilidad e inalienabilidad de los derechos fundamentales, lo recomendable es sustraer a personas vinculadas con los poderes fácticos de las instituciones -o ministerios- cuya función es la protección de ellos. Porque el derecho en manos de grupos dominantes constituye un medio de dominación, de opresión, de reproducción de las relaciones hegemónicas, de expansión de las asimetrías sociales y de preservación de sus intereses y finalidades (Cárcova, 2012, p.124). 

La paz interna de un país, sólo es alcanzada mediante la eficacia de todos los derechos a través de un Estado benefactor, empero, hoy existe el peligro de que ese modelo de Estado sea obliterado por otro, que repliegue a la “libertad salvaje” propia del estado de naturaleza, a través del festival de medidas PRO-neoliberalismo: asociación subordinada a los intereses de los países centrales, sumisión al capital financiero y las multinacionales, devaluación, acuerdo con los fondos acreedores, levantamiento de las restricciones a la fuga de capitales, eliminación de las retenciones, libre disponibilidad de los productos agropecuarios para su exportación, eliminación de subsidios en los servicios públicos, devolución de las acciones de las grandes empresas en poder del Estado, etc.

Llegado el caso, tan pronto cuando ello ocurra, el pueblo debería asumir un rol activo, dentro del marco institucional democrático, en defensa de los derechos conquistados para asegurar su dignidad, congruente con la teoría del contrato social, el Neoconstitucionalismo y la soberanía popular.

Opiniones (2)
16 de julio de 2018 | 19:20
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16 de julio de 2018 | 19:20
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  1. Ignacio. Es tan fuerte el estrés producto de un trauma (como puede ser la derrota electoral), como la borrachera de adrenalina que se segrega luego de una conquista (como bien puede ser la victoria electoral). Las diferencias sólo se ven por el lado de las consecuencias. En tanto el primero tiene que recorrer entre 5 y 8 etapas (conocidas como etapas del duelo), la segunda tiene sólo una única etapa y ésta es el clímax. Perder una elección produce un proceso purificador, sanador, introspectivo y moderadamente lento, camino por el cual se llega al estado final de aceptación y permite continuar el camino de forma renovada y vital. El éxtasis adrenalínico de la victoria sólo lleva al clímax, que es el punto de mayor exaltación del poder sobre la naturaleza que el hombre obtiene (todos quienes hayan practicado el sexo entenderán de manera lineal y automática), pero ese es el único y último punto en el que se tiene el total dominio de la situación, ya que en ese mismo instante es cuando se cae al abismo más oscuro y potencialmente de mayor vulnerabilidad que un ser humano pueda estar. Así de rápido. De lo más alto a lo más bajo en un segundo. Saber dónde y cuándo estará el punto de clímax del Gobierno de Macri es saber cuándo terminará el mismo. En función de la forma en que avanza y las motivaciones que lo mueven (empujado malamente por grupos monopólicos que sólo buscan revancha sin intelecto), yo lo pongo a fines de 2016.
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  2. Giuffré, un K que usa eufemismos permanentemente. En 4 años comparemos el país que dejaron ambas administraciones y charlemos. Mientras seguí leyendo y estudiando, gracias.
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