opinión

La viudez social

Lo que cuenta al final del camino es un tipo solo con una maquinita de afeitar usada y un espejo trizado que quintuplica la imagen.

La viudez social

Demasiada interpelación para razonar y pensar en cada acto que uno hace. Satura. Seca la mente. Enferma el cuerpo. Se muere. El mecanismo es simple: hay un “amo simbólico” que puede ser dios, una moral colectiva de época, mandatos familiares o los famosos consejos que nos conversan a todos, en abstracto, al conjunto. Pero como uno es sospechoso, sabe bien, lo sabemos, que van dirigidos a uno mismo.

Todo lo que se prescribe va dirigido a uno mismo. Si no, no funcionaría. Entonces, el mundo se transforma en un mapa de familias y las familias en un mapa de soledades. En realidad es doble la dimensión: somos todo y somos uno. Pero lo que cuenta al final del camino es un tipo solo con una maquinita de afeitar usada, sin espuma, a puro jabón; y un espejo trizado que quintuplica la imagen.

Y claro que hablo desde el género y especie. No sabría describir esa imagen en una mujer. El tema decía eran los abstractos. En la empatía con lo abstracto está el eficaz procedimiento ideológico: amor, la familia, la paz, el orden, el progreso, la revolución, la vida y claro, la muerte. En torno a esos abstractos gira todo lo que hacemos. Lo demás son réplicas de baja intensidad con las cuales nos entretenemos.

Anoche comí un asado con unos vecinos de la cuadra. Un rico asado con abundante ensalada y vino. Una familia que se mantiene con los pedazos de la propia familia y las descendencias. Gente de barrio. Hablamos de todo un poco. Pero dejamos a los abstractos y nos dedicamos a recordar cómo sentimos el terremoto del 85. Repasamos tragedias.

El más viejo, de casi 90, contó que en el terremoto de San Juan del 44 enviudó dos veces. Primero con la novia que tenía y con la cual se iba a casar. La chica quedó aplastada junto a su familia bajo los escombros. Y a los pocos meses conoció a una chica con dos niños que perdió todo en ese desastre. El viejo quería emparejarse y le ofreció casamiento y cuidado de los niños. En fin, la chica fue a buscar una máquina de coser a su casa derruida y se le cayó un solar en la cabeza y la mató. Eso hablamos anoche. Bajo un patio estrellado y con el portón abierto para que entrara el aire.

Yo hablé de lo mío. Hicimos chistes, tomamos un vino que viene en caja y adentro una bolsa de plástico como una bota pero con un vertedor. Entretenido. La noche, como toda noche, viajaba en un Chevrolet a 60 km camino de Sintra conducida por Fernando Pessoa. Nosotros, ikebanos de nuestro destino despedimos las tragedias con unos abrazos. Miramos el cielo alto.

Nadie sacó fotos.

Opiniones (5)
24 de febrero de 2018 | 00:33
6
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24 de febrero de 2018 | 00:33
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  1. Este texto es un buen ejemplo que para el que le guste, que compre de la buena, la mala, se ve que te parte los sesos.........
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  2. he vuelto a leer a padilla y a veces, como hoy, vale la pena
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  3. Penecillo, por favor, Padilla es la mejor columna de este diario, aunqu bueno, es k hasta la médula, al menos piensa, se enoja y escribe. Et tout le reste est literature.
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  4. Padilla, por respeto al lector, llamate al silencio y buscate un hobby que no incluya escribir nada -por dios te lo pido- que los demas puedan/deban leer!!!
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  5. muy buenas la nota, todos somos espejo de nuestras vivencias
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