opinión

La Noche de los Lápices: por los chicos, siempre... 16 de septiembre

Crecimos preguntando cómo podíamos y a quién se animaba a contestar, con historias recortadas.

Ha pasado ya mucho tiempo, muchos años nuevos, muchos brindis de copas en alto y en silencio diciendo “por los chicos, siempre”…

No hace tanto un amigo naranja me desafió a responder por qué mi generación no se hacía cargo de saldar sus propias deudas con la memoria dolorosa de nuestra Argentina sangrante de los 70. Me preguntó inquisidor, e insistente, por qué dejábamos nosotros/as que sea la nueva generación militante la que reconstruyera parte de esa historia en ruinas.

¿Hay una sola respuesta azul anaranjado? Los HIJOS y las HIJAS son una muestra cabal de que las prácticas y los discursos cambian y se “animan” a medida que crecemos, y podemos ponerle palabras. Reivindicar "ser hijos e hijas de la subversión" llevó décadas y escuchar los testimonios de los/as sobrevivientes no sólo se trató de reconstruir los hechos para llegar a condenas “relativamente” justas sino, fundamentalmente, para permitirnos estar allí de nuevo, recordar (volver a pasar por el corazón), vernos a los ojos, abrazarnos, llorar de tristeza (por quienes no están inexorablemente), de alegría (por tanta espera por fin resarcida), de bronca (por la impunidad infinita), de impotencia (porque sabemos que nada alcanza para sanar en serio), de amor (por tanta fraternidad a través del tiempo y los años)…

No, no hay una sola respuesta. Los/as que nacimos en los 70, ya lo he dicho varias veces, pertenecemos a una generación extraña. Debimos ser los/las dueños/as de la libertad, poseedores/as de la alegría, abanderados/as de la igualdad, herederos/as de la redistribución de la riqueza y el acceso a la cultura para todos y todas… promesas de un mundo mejor. Fuimos, en cambio, los hijos y las hijas del terror, del miedo, del silencio, de la violencia contra nuestros padres, de la vejación hacia nuestras madres, de la pérdida de nuestra identidad, del exilio interno y externo, de la pérdida progresiva de todo lo que había sido posible soñar… Y así crecimos, asustados/as, callados/as, preguntando como podíamos y a quién se animaba a contestar, con medias palabras, con historias recortadas, con canciones cantadas a media voz, con libros escondidos en el último rincón de un baúl, con fotos rotas, con panfletos camuflados, con relatos reconstruidos a través de amigos de amigos que dijeron alguna vez porque se animaron a pesar de, con asociaciones forzadas y percepciones a flor de piel, con una educación escolar que nos cercenó toda posibilidad de conocer acerca de nuestros verdaderos héroes y heroínas mientras esos, los de verdad, morían en celdas oscuras en el mismo lugar donde sacábamos la cédula obligada para ingresar al secundario.

No, no hay una sola respuesta. Llegaron los 80. Fuimos secundarios y vivimos aquella primavera alfonsinista que prometió derechos y contó parte de la historia oculta al son del rock nacional. Leímos, algunos/as, el NUNCA MÁS. Fue el momento de aquellas leyes olvidables de obediencia debida y punto final. Aquella época en que se volvía del exilio y los últimos embates contra los milicos dejaban claro que siempre estarán ahí, en guardia.

En 1986 se cumplieron 10 años de la Noche de los Lápices… los chicos, siempre. Hay momentos en la vida en que suceden cosas, vemos cosas, escuchamos cosas… ya nunca más estamos en el mismo lugar. Nunca más.

¿Cuántos, cuántas terminamos de despertar más o menos para la misma época? ¿cuánto nos ha impedido hacernos cargo de nuestra parte como generación, precisamente, ese destiempo? ¿cuánto nos separa a unos/as y otros/as ser HIJOS/AS y no serlo? ¿cuánto de efectiva fue la dictadura en relación a una forma de ser indiferente, individualista, temerosa como generación? ¿podemos generalizar y decir que toda esta generación tiene las mismas características? ¿cuántas formas hay de participar, comprometerse, dar cuenta, poner el cuerpo?

No, no hay una sola respuesta. Los/as viejos/as militantes, sobrevivientes, queridos/as, entrañables, los/as que están, los/as que se fueron, son hoy el mismo faro que hace más de 30 años. Inclaudicables, sin fisuras como colectivo, firmes en la decisión de juicio y castigo, tiernos y cobijantes en los recuerdos, empecinados/as, tan iluminados/as para adelante. Abren sus brazos para  sostenernos y secar nuestras lágrimas como si las suyas fueran menos dolientes… tanta así es su fortaleza.

No, no hay una sola respuesta. Nunca seremos lo que debimos ser: dueños/as de la libertad y de la alegría, abanderados/as de la igualdad, herederos/as de la redistribución de la riqueza y el acceso a la cultura para todos y todas… Nunca promesas de un mundo mejor. La marca de la muerte y la violencia nos cercenó de raíz, nos dejó cicatrices en todo el cuerpo y nos reprimió las mejores arengas. Sin embargo, ahí están, las banderas, ahí el altavoz, ahí los escraches, ahí las marchas, ahí los Juicios, ahí nuestros/as hijos e hijas nacidos/as después de 2000 mostrando que no lo hicimos tan mal, que siempre la historia empieza de nuevo, que podemos renacer, multiplicar y darle nuevos sentidos… por los chicos, siempre.

Opiniones (3)
19 de febrero de 2018 | 11:47
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19 de febrero de 2018 | 11:47
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  1. Evidentemente, i-vars, no sabés distinguir entre ideales e ingenuidad..., debe ser que carecés de ambos... Por patriotas de tu estilo una manga de genocidas usurpó poderes del Estado para cometer los crímenes más aberrantes, los que para vos son sólo una cuestión de números: 30.000, 5.000, ¿cuál es la diferencia? Si no compartís la nota, escribí una en otro sentido y publicala, así los que piensan como vos se revuelven en el barro como cerdos.
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  2. Ay ay ay I-VARS, ciego sordo mudo y peligroso... Allá vos con tu deslumbrante claridad para no ver lo evidente... Tu patria debe ser esa que usó la fuerza del Estado para ejercer violencia y crimen, para avalar impunidad, y para enterrar ideales de justicia social... Si no tenés algo positivo que decir de la preciosa nota de arriba, escribí una que diga lo contrario y publicala... Allí no hay ingenuidad, sino ideales... Sos incapaz de notar la diferencia, verdad???
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  3. Otro cuento como el de que son 30.000 los desaparecidos, no hay que creer en todo lo que se dice, ni tampoco ser tan naive de creer que todos eran "jovenes idealistas".
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