opinión

Educación, infancia y caranchos

De todo un poco: Aprendizaje, disciplinamiento medicamentoso, discurso de la eficiencia y caranchos de la educación

Educación, infancia y caranchos

Visto de cerca, nadie es normal

(Caetano Veloso)

 

La infancia incomprendida, la inoculación del miedo y los vendedores de baratijas

Dice con acierto Eduardo Galeano que la violencia engendra violencia, pero también engendra ganancias para la industria de la violencia, que la vende como espectáculo y la convierte en objeto de consumo.

Esto sucede con el tema de la violencia en la escuela, que se ha instalado como un sabroso y amarillista objeto de consumo en los medios, en las escuelas y entre padres. Los educadores, espantados de cualquier debate racional, son advertidos permanentemente de la peligrosidad de sus alumnos y los padres sobre la peligrosidad o ineptitud de los maestros. Niños/as y adolescentes son retratados como cada vez más temibles, violentos, impulsivos, acosadores, desatentos e hiperactivos; asimismo sus padres y, porque no, sus docentes, según los veleidosos vaivenes de la noticia del día. Para combatir esta “epidemia” de todos contra todos (pandemia la llaman los más interesados) aparece una caterva de “expertos” para interpretar, aconsejar y dispensar su rentable sabiduría, para ofrecer etiquetas y rótulos para endosarle a los pequeños o grandes delincuentes educativos, y para dejar en claro que los docentes o los padres, según convenga, no saben, no pueden o no quieren hacerse cargo, como también para reproducir como panes y peces los malestares que dan lugar a sus lucrativos negocios.

Etiquetada con categorías socioeducativas armadas a gusto, calmada con mordazas farmacológicas o domesticada con intervenciones que entrenan para comportarse de acuerdo a las expectativas escolares o familiares, la infancia de estos niños transcurre entre adultos que no quieren asumirse como responsables del rumbo de la misma.

La sociedad que se “porta mal” con los niños

Llegado a este punto es preciso reconocer en esta caza de brujas de niños y adolescentes que “se portan mal”, muchos padres buscan ayuda, o son forzados a buscarla. Cuando sus hijos no logran adaptarse y responder a las exigencias de rendimiento y de comportamiento escolar acuden a un conjunto variado de profesionales de la salud y la educación, que sostienen muy, pero muy, diversos criterios respecto a la infancia, es decir, respecto a lo que son y cómo se comportan los niños, y sobre cómo tratar sus malestares y padecimientos.

A esto se añade, que cada vez son más los niños que no se adaptan a la escuela … o escuelas que no se adaptan a los niños. Esto sucede por la confluencia de múltiples factores.

Comencemos por la escuela, que mal que les pese a los agoreros el miedo, ofrece, en general, un lugar sano y creativo para el desarrollo y socialización de los niños, pero que, en algunos casos, se encuentra desbordada por el contexto o estaqueada en la nostalgia (no hay nostalgia peor que aquella de lo que nunca jamás sucedió, canta Sabina).

Imposible ignorar que hay escuelas enclavadas en espacios sociales altamente conflictivos, en los cuales hace lo que puede y los docentes, en ausencia de una sólida estructura institucional que los sostenga, se encuentran expuestos e indefensos, poniendo el pecho a la crisis social en la línea de batalla; empantanados en políticas educativas erráticas y sin apoyo para afrontar el desafío de enseñar y aprender a convivir. Desafío malogrado, además, por la omnipresencia de un modelo que preconiza la percepción y magnificación de la violencia.

En el segundo caso, el de la nostalgia, la escuela parece no registrar con la suficiente rapidez las singularidades de los niños de hoy, en lo cognitivo y social, en sus estrategias de aprendizaje (aprenden a lo largo y a lo ancho de la vida). El niño de hoy no es como el de ayer (el de ayer idealizado, por supuesto, el soldadito, la blanca palomita, el que le deja la manzana a Jacinta Pichimahuida, etc.), como tampoco lo son los padres y los docentes. También hay que reconocer que llegan a la escuela muchos niños con procesos de socialización deficientes o diversos a los hegemónicos, con comportamientos que pueden ser aceptables (o tolerados) en sus comunidades pero que resultan disruptivos o conflictivos en la escuela.

A su vez, algunos de estos niños suelen tener padres que se encuentran con serias dificultades para ejercer como adultos y marcar pautas a sus hijos, poner límites y ofrecerles algunas orientaciones de valor. Así queda el niño, desorientado, entre lo doméstico donde frecuentemente reina y dispone a gusto, y lo público, como es la escuela, en donde es uno más entre cientos, con los que debe compartir en un espacio reglado. Agreguemos que quienes pretenden educarlos, padres y docentes, en muchos casos parecen embarcados en una guerra más que en una alianza de colaboración. Llegado a este punto podemos señalar que los escenarios educativos para niños y adolescentes no suelen resultar muy hospitalarios y orientadores.

La democrática infancia

El hecho es que hay un conjunto de condiciones que provocan que los niños desconozcan cómo ser niños, sepan qué se espera realmente de ellos y cómo satisfacer las muy a menudo contradictorias expectativas de las cuales son objeto, de allí que se les vea complicado “portarse bien”.

Respecto a este punto es preciso indicar este portarse mal de los niños y niñas que tantos nos preocupa y del cual los adultos somos la principal causa, acontece en todas las clases sociales, tan vez con la diferencia que los niños de familias de sectores desfavorecidos tienden a ser estigmatizados desde lo social (como protodelincuentes) y los de los sectores medios o altos en lo individual (como portadores de una “enfermedad” que los lleva a ser desatentos, impulsivos, agresivos o desobedientes). Ante el desafío de permanecer que acosa a los primeros y de mantener el estándar de vida familiar de los segundos, se tejen intervenciones que a menudo, más que ayudarlos a desarrollarse como seres humanos, los despojan de su capacidad como sujetos, con una autonomía creciente, de asumir el control –progresivo, paulatino y gradual- de sus propias vidas. Como señala con acierto P. Bourdieu hay una interesada tendencia a considerar casos sociales como casos psicológicos, individuales.

El corto camino del chirlo a la pastilla

Los desajustes entre lo que los niños son hoy y cómo se comportan, y las exigencias y requerimientos de las instituciones educativas (escuela, familia, comunidad), han sido resueltas de muchas maneras a lo largo del tiempo; en la mayoría de los casos tratando de adaptar al niño… a la fuerza.

No hace muchos años, nuestros padres usaban la pedagogía de la chancleta o del cinturón. A los niños se los disciplinaba o convencía de comportarse adecuadamente, con castigos físicos. Aún hay mucha gente que extraña su poder disuasivo, sin considerar que no era el chirlo lo que persuadía sino la autoridad, la claridad en las normas y los límites y el espacio que se le daba a los hijos en la familia. Afortunadamente, con el paso del tiempo, los padres nos fuimos civilizando y despojando de este recurso, que en muchos casos ha costado la vida a los niños o ha dejado dañinas secuelas. En otros tantos casos, lamentablemente, sobrevivió el chirlo pero no la consistencia educativa, así hay niños que siguen siendo golpeados por padres, generalmente inmaduros y frustrados, que no saben que en el golpe, en el chirlo, no hay nada, pero nada, que sea educativo o ayude a ser mejor persona, sino una clara manifestación de impotencia y de incapacidad para usar la palabra.

No obstante, como los niños son niños y han seguido comportándose como tales, jugando y probando límites, y los adultos continuamos intentando hacer de ellos personas de bien (esto definido según el buen ver y entender de cada uno), continuamos buscando estrategias para lograrlo apelando a nuestras propias historias o a las tendencias educativas de cada grupo social, y, cómo no, haciendo responsables a los pobres y niños de los padecimientos que les provocamos.

Generamos niños que después no toleramos, afirma Beatriz Janin[1]. Ignorado el contexto y las condiciones de producción de esta infancia, se cae de maduro el capturar y enjaular a los niños en “diagnósticos”, supuestamente científicos.

La infancia incomprendida y los vendedores de pastillas

Así es, como si esto fuera poco, comportamientos infantiles como las rabietas, la baja tolerancia a la frustración, la dificultad para diferir la gratificación, la agresividad, la impulsividad, la desatención y el no copiar las tareas, como otros del mismo estilo, hasta la esperable desobediencia o rebeldía, en vez de ser tratados como manifestaciones típicas del desarrollo o como señales de malestar, de una sana resistencia o de una crianza poco preocupada por los límites, es decir, como desafíos a la educación que comprometen a todo el entorno del niño, son interpretados como “patologías” individuales, como enfermedades y, como tales, controladas, en muchos casos, con etiquetamientos y medicalización.

Como las soluciones supuestamente simples, fáciles y rápidas -sobre todo las que son arropadas por la ciencia que se vende muy bien como neutra y desinteresada- suelen triunfar sobre las complejas y laboriosas, es cada vez mayor la cantidad de niños y niñas de nuestro país que son medicados con drogas psicotrópicas con el fin de disciplinarlos, adecuarlos a las expectativas y mejorar su rendimiento escolar y personal.

Para ello se han inventado y se continúan inventando enfermedades, patologías, “patologías de mercado” como señala León Benasayag, médico, Doctor en Neurología. Con ellas se pretende maniatar la infancia para modificar, moderar, organizar o controlar el comportamiento de niños y adolescentes apelando a diagnósticos que remiten, en muchos casos de manera absurda e injustificada, a un abordaje farmacológico[2], de espaldas al conjunto de condiciones que hacen los padecimientos de la infancia hoy. El drama de niños normales medicados sin fundamento con psicotrópicos, cada vez desde más pequeños y en forma natural, es una tragedia de magnitudes inimaginables que se oculta, ignora o minimiza.

Para cerrar

Parece imponerse un modelo de niño/a al que vale la pena educar, cada vez más estrecho y sofocante. Comportamientos infantiles y, asimismo, rasgos que diferencian a los niños y a sus comunidades de origen, que, por algún motivo, son perturbadoras o se convierten en perturbadores para los adultos, que deberían desafiarnos para crear condiciones para un mejor desarrollo de la infancia de todos los niños, son percibidos como problemas de salud mental, desviaciones de la “normalidad” (una normalidad interesada y rígidamente homogénea).

Como adultos, “responsables y maduros”, culpamos a los niños de ser como son y de comportarse como lo hacen. Ignoramos intencionalmente el entorno inconsistente y contradictorio que hemos generado, en el cual se producen sus problemas y optamos por las soluciones supuestamente fáciles que nos proporciona la “ciencia”.

Como sociedad somos indiferentes a la “epidemia” de supuestas patologías que han causado que los niños se conviertan en rentables consumidores de psicotrópicos.

Hay mucha gente que hace de la violencia y de las fragilidades e incertidumbres de la educación un negocio, caranchos al fin, que generan alarma para sembrar miedo y repartir rótulos, diagnósticos, estigmas, para vender su mercancía. Son convincentes y nos hacen ver en cada escuela un ring side, en los padres y en los docentes unos incompetentes, y en los niños… nada, una masilla a modelar o un irritante manojo de impulsos.



[1] Una excelente e interesante entrevista a Beatriz Janin: http://www.youtube.com/watch?v=alEvobktRhc&feature=share
 

[2] SEDRONAR (2008) La medicalización de la infancia. Niños, escuela y psicotrópicos. Buanos Aires: Observatorio Argentino de Drogas, SEDRONAR – Instituto de Investigaciones Gino Germani, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires.

Opiniones (3)
28 de mayo de 2018 | 05:10
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28 de mayo de 2018 | 05:10
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  1. Gracias por confirmarme que estoy bien al criar a mis hijos "naturalmente" y sin atender mucho a la ciencia, dejándolos "crecer" a su ritmo y con la referencia de vida de sus padres para que ésta sea parámetro a imitar, superar o cambiar, según sus intereses y elecciones. No hay nada mejor que hacerle caso sólo a la naturaleza y dejarla que ella nos guíe. Un hijo no es más que "otra persona" y no menos que "otra persona" de la que cada padre se hace cargo desde que nace hasta que por sí misma decida hacerse cargo de su vida, para lo cual sólo colaboramos con la naturaleza para posibilitarle el poder descubrir cómo hacerlo por su propia cuenta. Nada más hermoso que comprender la vida mirando crecer a nuestros hijos, es ahí cuando nos damos cuenta por qué somos lo que somos. Las diferencias de "entornos culturales" respecto de nuestra etapa como hijos no son importantes si los padres sabemos discernir qué es lo que "naturalmente" puede servirle a nuestros hijos. Por eso es que padre puede ser cualquiera sin importar su condición social o cultural. Sólo es necesario "interpretar la naturaleza" y dejarla fluir.
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  2. Felicitaciones por la nota. Vivimos en una sociedad llena de Caranchos, a nuestros hijos hay que acompañarlos pero no torturarlos, los niños no son como los de antes...? pero como eramos cuando fuimos niños? eramos bueno ? no .... o si... la sociedad no es la misma , los tiempos cambian , las costumbres tambien. Es importante hacerse cargo del presente de los niños , sembrando una buena base.-
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  3. Excelente análisis de la sociedad, familia, escuela, farmacias, médicos y sin nadie que sepa cómo actuar con resultados positivos. Solo un proyecto mentiroso y utópico respecto de cómo enfrentar situaciones de violencia escolar con tantos pasos, que es imposible que se cumplan, sobre todo porque se trata de humanos. Y en el medio de todo, situaciones a las que obligan a los docentes, preceptores y directivos a tratar de conducir con éxito ( sino, las estadísticas de DGE no cierran) como: una niña de 13 años a cargo de 5 hermanos menores pues su padre está prófugo por varios actos delictivos, su madre demorada en investigaciones y luego detenida, y ....la escuela que no tiene la más simple idea de cómo manejar estas situaciones, pero como cuestionan todo el tiempo la VOCACIÓN hay que hacer "ALGO" con esa niña, en los mismos tiempos que con el resto de los alumnos del aula. Y la verdad, ningún docente ha sido preparado para ello, ni para las miles de situaciones aún más complicadas, ni siquiera saben cómo actuar los mismos profesionales de Gabinetes Psicopedagógicos de DGE pero venden un discurso sin comas, sin soluciones reales, pero tan extenso que marean al oyente y dicen NADA. Y así va la educación, cada vez con mas proyectos, computadoras, planes y personas a las que se les paga para que hagan NADA. No se enfrenta la realidad: qué carajo se hace con situaciones de PERSONAS en edad escolar si lo único que hice fue estudiar para ser docente en Literatura, (preguntaba un docente en un congreso). La respuesta de un alto cargo de DGE fue: tolerancia profe, es mejor que estén 4,5 hs en la escuela a que estén delinquiendo, aunque no aprendan nada. Un mensaje muy alentador por cierto.....
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