opinión

El exilio de los Rolling Stones

Leandro Mattanó desmenuza “Exile on main street”, un verdadero discazo.

 El exilio de los Rolling Stones

La palabra “exilio” siempre está vinculada a situaciones de tristeza, desarraigo, y persecuciones políticas y/o religiosas. Es un término que denota situaciones límites e inevitables. Pero con los Rolling Stones no fue así. Con ellos la palabra exilio tuvo como resultado, a mi juicio y al de muchos, que el grupo entregara el mejor disco de su historia: el doble vinilo “Exile on Main Street”, grabado mientras los Stones estaban exiliados en Francia, en la Villa de Nellcote, por razones impositivas.

A raíz del éxito que tuvo su predecesor, “Sticky Fingers”, los Rolling Stones comenzaron a tener de una vez por todas ganancias importantes, pero su asesor financiero, Allen Klein (si, el mismo que tuvo más culpa que Yoko Ono en la separación de los Beatles) no les había pagado impuestos por varios años en Inglaterra, ni los había asesorado bien respecto de las consecuencias que tendrían.

Su nuevo asesor financiero, el Príncipe Rupert Lowenstein, fue el encargado de darle malas noticias: antes del 5 de abril de 1971 (año en el que comienza el año fiscal británico) se tenían que ir de su país y fijar domicilio fiscal en otro lado. Si no lo hacían, podían llegar hasta quebrar. Y se fueron. Francia fue el lugar elegido, y mientras el resto del grupo se alojó en hoteles, Keith Richards junto a su familia (su esposa Anita Pallenberg y el pequeño Marlon) alquiló la famosa mansión en la Villa de Nellcote, ahí en la Costa Azul Francesa. Una gran casa, con mucha historia, vistas increíbles al Mediterráneo y escalinatas con salida a playa privada. Durante la segunda guerra, la casa había sido ocupada por la Gestapo y en su sótano, hacían “interrogatorios”. En ese sótano se gestó el mejor disco de los Rolling Stones: “Exile on Main Street”.

Richards estaba pasando por su peor momento respecto a la heroína, y la idea al principio fue alquilar otro lugar en Francia para grabar. Pero Keith quería estar con su familia, y las grabaciones dependían de la heroína, entonces había que aprovechar los momentos de lucidez para poder hacerlo. Y construyeron una sala de grabación en el sótano mencionado, lo que combinaron con el estudio móvil que tenían montado en un camión. No fue fácil conjugar la vida de Keith, los músicos, el resto de los Stones, e ingeniero de sonido y productor (Andy Johns y Jimmy Miller ocupaban esos lugares). Pero lo que salió de todo ese desorden fue grandioso.

Se publicó en mayo de 1972, fue doble, y tuvo 18 canciones. No tiene ninguno de los “hits” famosos de los Stones. En este álbum no vas a encontrar  a “Satisfaccion”, “Simpaty for the Devil”, “Angie”,” Jumpin Jack Flash”, “Star me up”, ni ninguno de esos temas que llevan la marca del grupo. “Exile on main street”  es otra cosa. Quizas “Tumbling Dice” es el tema más conocido del álbum, pero no hay uno que sobresalga.

Todo es maravilloso. La síntesis, con una sabia madurez, de toda la música que influenció a los Stones está ahí: el blues, el góspel, el soul, el country-rock, en fin, un compendio perfecto de música negra y blanca mezcladas.

La tapa del disco era un famoso montaje de fotos en blanco y negro, obra de un cineasta,  Robert Frank. Musicalmente, el álbum se divide en cuatro partes, que se correspondían con cada cara de los dos vinilos.

La primera cara A del primer disco,  desde el comienzo, entregaba riffs oscuros, pesados, con sensación a música negra, que reflejaban en ambiente del sótano de la Villa de Nellcote: “Rock Off” (un himno a la lujuria)  y  “Rip this Joint”, este último uno de los temas  más acelerados de la  todos, y le seguían “Hip Shake”, con Ian Stewart al piano, “Casino Boggie”, y el ya mencionado “Tumbling Dice”, un tema influenciado por la cercanía a los casinos de Montecarlo, con un coro de cantantes negras que se agregó en las mezclas, luego en Los Angeles.

Luego la cara B entregaba la parte acústica del disco. Influenciado por su amigo Gram Parsons, es sabido que Richards había coqueteado con el country-rock, del cual su amigo era un gran exponente, y ello se vio reflejado mucho en “Sticky Fingers”, y en este disco. “Sweet Virginia” es un claro exponente de ello. En esta cara esta el tema homenaje a la activista de los Panteras Negras, Angela Davis, titulado “Sweet Black Angel”, terminando la cara con “Loving Cup” otro gran tema acústico.

Quienes tuvimos la suerte de ver a los Stones en vivo, sabemos que un gran momento de sus shows se produce cuando Jagger se retira y deja el micrófono a Keith Richards para que, guitarra en mano, entone su himno autobiográfico “Happy”.  Este tema abre la cara A del segundo vinilo, en la cual también están “Turd on the run”, y el gran “Ventilator Blues”, tema con el cual Mick Taylor tuvo créditos en el disco, y que refleja el ambiente húmedo  y denso del sótano de la villa. También estaba la oscura “Just Wanna See His Face”, que tenía un ambiente góspel, muy espiritual.

La cara B del segundo vinilo trae piezas con mucha influencia de la música soul y del blues puro. La primera “All Down the Line”, y la segunda, un cover de Robert Johnson, “Stop Breaking Down”, con Ian Stewart otra vez en el piano. “Shine a light”, otro tema con influencias góspel, y una letra dedicada de amigo a amigo, de Jagger a Richards, y al final,   “Soul Survivor”.

“Exile…” fue el final perfecto para la etapa de oro de los Stones, abierta con “Beggars Banquet” (1968) y seguida por “Let it Bleed” (1969) y “Sticky Fingers” (1971). Estos cuatro discos configuran el santo grial de esta banda que lleva más de 50 años en el ruedo.

El álbum tuvo severas críticas ni bien salió. Claro, no tenía ningún hit radial, ni single de adelanto exitoso. Pero como es sabido, pasó a la historia como el mejor de los Stones, y en el cual entregaron su alma.  Los mismos Stones no tienen buenos recuerdos de su grabación, de su mezcla y de sus estados emocionales en el exilio. Todo fue difícil. Dar con las toma en el medio de una casa llena de gente durmiendo por todos lados, drogas y descontroles de todo tipo, no era para cualquiera. Y a pesar de todo la obra salió,  sobrepasó a todos estos embates, y se constituyó con el tiempo en la obra magna del grupo.

Es un disco que, como siempre dicen: “si tuvieras que elegir 5 discos para llevarte a una isla desierta”, sin duda “Exile…” está en la lista.

Para los que solo tienen compilados, y saben sólo de los grandes éxitos de los Stones, es recomendable que conozcan y disfruten de este gran disco. Sin caer en una nostalgia irreverente,  me atrevo a afirmar -sin miedo a equivocarme- que discos como éste no se hacen más. Y si no, revisemos juntos 5 años para atrás a ver si salió algo parecido.

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23 de junio de 2018 | 13:03
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