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¿Qué se debe leer en las escuelas?

Reflexiones acerca del material de lectura apto para llevar a las aulas y bibliotecas escolares.

¿Qué se debe leer en las escuelas?

Por Fanny Roitman *

En estos días, la noticia del cuestionamiento de un texto sugerido como lectura desde el Ministerio de Educación de la Nación provocó revuelo. Y se tomaron algunas decisiones.

Les acerco algunas reflexiones que devienen de mi experiencia como lectora y como profesora de literatura para niños y jóvenes, y su didáctica, durante años.

Para partir, necesito aclarar algunos puntos:

1- Nunca ha habido una producción más generosa ni tanta promoción de la lectura como en esta gestión ministerial: Impresiones de alta calidad, convocatoria a referentes idóneos para la selección de textos, reparto gratuito de impresionante y variadísima cantidad de libros.

2-No es mi intención discutir ni calificar el contenido de los textos cuestionados.

3- Pongo en duda la intencionalidad del Director y los Docentes que, no respetando los canales institucionales que les corresponden, cursaron la denuncia a través de los medios de comunicación.

4-La DGE ha adoptado una medida de urgencia sacándose la papa caliente de las manos. Optó por una solución pragmática, que cierra la herida del conflicto (con padres y docentes) pero deja abierta la de la censura. En contraposición con la del Ministerio de la Nación que ratifica sus decisiones con explicaciones pertinentes.

Ahora sí, vamos a ver…

¿Qué se “debe” leer?

Es una discusión tan antigua como el libro mismo.

Es natural, pues la literatura muestra la Vida -real o posible- con sus contornos, los más bellos y los más sórdidos. Por eso el temor: ¡en el libro está el Cuco!

¿Sabían que, en épocas pasadas, leer era pecaminoso para las mujeres que se las ingeniaban para hacerlo a escondidas bajo las sábanas o en falsos misales?

Y mucho antes (y ahora, también), quemaban libros (cuando no, a sus autores!)

Todo consecuencia de un esquema de poder que alguien ejerce sobre otro (-qué te permito)

Y, también, de la subestimación del otro (-qué creo yo que vos podés leer).

Y, por qué no, de una sobrevaloración del poder del texto (la creencia de que obraremos conforme a lo que leemos)

Estos conceptos rondan y pesan sobre los adultos que deben elegir las lecturas para niños o jóvenes.

Creo que, lo primero, es definir el rol que cada institución tiene en relación con la lectura: ¿Qué haremos con los libros y la lectura?

En todos los documentos públicos, se expresa que la escuela argentina, en todos sus niveles, se plantea como objetivo la promoción de la lectura, en este caso, literaria.

Según el diccionario de la RAE , esto significa: fomentar, impulsar, favorecer, proteger, apoyar, organizar, promocionar, provocar, causar, iniciar, crear, originar, inspirar, ascender, elevar –elevarse, entre otros.

Esto significa, educar para leer, en la lectura, con la lectura,…

Para conseguirlo se parte de la premisa de que el docente es un lector competente, es decir, que acredita una historia personal de lecturas que lo hacen capaz de leer comprensivamente, evaluar textos y apreciarlos estéticamente. Así, el docente estaría capacitado para seleccionar y sugerir textos, acompañar en la lectura, o sea, estimular en los niños esta misma competencia, de manera que se desarrolle cada día más. Su función no es otra que la educar el gusto de sus alumnos. Porque el gusto se educa.

¿Y cómo? Pues, leyendo mucho y de todo.

Entonces, ¿hay que leer de todo, sin límites?

Un periodista esta semana afirmó: No le daría a leer a mi hijo de 13 lo mismo que al de 18. Y yo entiendo, claramente, que no es cuestión de edad sino de experiencias acumuladas, de conocimiento del mundo, de prácticas lectoras y de intereses propios, que permiten al lector acceder a los textos de manera provechosa y placentera y no convertir la lectura en una frustración. Ejemplo: mi nieta de 7 años es lectora furiosa, pero no le daría a leer El Quijote!! Sería un desperdicio: el encuentro entre el lector y el texto fracasaría.

Es, justamente, esa competencia la que oficiará de reguladora. Es uno de los criterios de selección más relevantes. El conocimiento de la competencia literaria del niño/joven permitirá al adulto hacer una selección adecuada.

¿No es leyendo siempre lo mejor que se acrecienta la competencia literaria?

Si así fuera, ¿de qué manera podríamos confrontar, comparar, para discernir y calificar? No hay que tener miedo de lo que se lee. Deberíamos poder vencer al Cuco que nos sopla en el oído que el otro terminará haciendo “lo que el texto dice que hay que hacer.” Esto es subestimarlo y refleja la poca confianza que tenemos en lo que hemos sembrado como adultos -padres y docentes- en nuestros niños.

Luego, están los criterios referidos al texto mismo y esto, lógicamente, tiene que ver, en primer lugar, con la calidad. Cosa bastante relativa y difícil de determinar ya que cambia según la cultura y las épocas (Los Beatles hacían ruido, para mis padres). Pero, apreciamos la calidad del lenguaje, de las temáticas, del estilo, incluso, de las ilustraciones.

Junto con aquél, obra el criterio ético, también relativo a las culturas y a las épocas, criterio que se hace, particularmente, sensible en ámbitos como la escuela. Suponemos que nadie daría a leer libros que fomenten perversiones (no solo sexuales, sino también de otro corte) o que estimulen cuestiones que van contra la ética general que una sociedad avala. Cuidado, no digo “hablar” de esos temas sino “promoverlos”. Cuando evaluamos textos, solemos usar un calificativo ético: decimos es “bueno” o “malo”, olvidando la relatividad del contenido de esas palabras. Los aplicamos livianamente a cualquier objeto o situación, haciendo uso de una tremenda comodidad lingüística y de poca valentía calificadora. Sugiero “adecuado, apropiado, correcto” y otros, muchos, que me obligan a justificarlos.

Hoy está muy “de moda”, digamos, incluir en los textos para niños y jóvenes problemáticas ausentes en la literatura proteccionista de años pasados. Hablamos de amor, de sexo, de la muerte, de la enfermedad, de la vejez, de divorcios, de parejas gay, de nuevas familias, de guerras, de dictaduras, de desaparecidos, entre otros. Las editoriales publican como “novedades” este tipo de libros, de modo que no hay que asustarse si aparecen en el libro que ” la seño le aconsejó al nene”. Claro, muchas veces, causa escozor: el Cuco.

Pero, lo literario estará en el modo en que esos temas se aborden y me refiero a la calidad estética con que se tratarán, no a la postura que se adopte en relación con ellos.

Entonces, ¿no hay límites para leer? En rigor, ninguno.

Pero, ¡a la escuela no puede entrar cualquier cosa!

Entonces, ¿qué actitud asumirá: proteccionista, censora, libre?

Cada escuela, cada director, cada maestro toma sus propias decisiones.

Mi experiencia de casi 30 años en la enseñanza me ha enfrentado con distintas situaciones que remiten a la pregunta.

Muchísimos docentes responden a mentalidades proteccionistas y censoras. Ilustro: Tuve que dar explicaciones a un grupo de padres por establecer relaciones entre las distintas maneras artísticas (comparando literatura y pintura) de caracterizar al “diablo” que, como es sabido, es personaje frecuente en textos literarios. Como consecuencia - y pura culpa de Dante, Goethe, Estanislao del Campo, Stevenson y otros- debí sobrellevar el mote de “demonizadora”, por unos días. U otra clase de censura vivida por mis propios alumnos de profesorado, a los que se les impidió incluir textos de “amor entre niños”, como los de Bornemann, puesto que en la escuela solo se habla del amor a los padres o a la patria.

Oros, más “modernos”, eligen textos porque están al “alcance de lo chicos” esto es, “de sus intereses, de sus gustos”. ¿Cuáles? , me pregunto, ¿cuándo formaron su gusto?, ¿cómo saben lo que les interesa antes de abrir una página? Y peor aún, que sea de “fácil lectura, porque si no, se aburren” (!!). Entonces, recurren al gusto editorial que determina la “onda” y hasta aconseja la edad del destinatario. ¡Perfecto, todo listo!: alguien me soluciona el problema de tener que leer y, encima, me evita la tediosa tarea de formar criterio para aconsejar.

No generalizo; al que le quepa el sayo…

Claro, también hay docentes lectores y muchos ávidos de más y mejores lecturas.

De modo que esta discusión mediática sobre la pertinencia de ciertas lecturas, menos que novedad, es un tópico entre los que nos dedicamos a enseñar.

Es importante debatir abiertamente. Me alegra escuchar y leer sobre esto en radios, televisión, diarios e Internet. Pero, discutamos; no descalifiquemos con improperios, ni usemos la cosa con otras intenciones. Y, por favor, no seamos ñoños ni mojigatos.

La escuela debe, a mi criterio, ofrecer lo mejor que tenemos. La escuela debe brindar instancias de lecturas que eviten lo vulgar, lo remanido, lo comercial, lo indigno, lo innoble, lo trivial, lo abyecto o lo soez.

¿Por qué??

No solo por una cuestión de orden ético, que siempre será discutible, sino porque todo aquello lo encuentra cualquiera, en cualquier lugar, ¡no necesita de la escuela para conocerlo!

¡Todos tenemos libre acceso a la vulgaridad!

Soy una defensora a ultranza de la educación pública y siempre pienso que ésta puede ser la única oportunidad que tenga una persona para encontrase con un libro. Por eso mismo, debe ser lo mejor, dentro de lo que el conjunto del pueblo ha evaluado y de lo que los especialistas aconsejan.

Creo en una Escuela que ofrezca la posibilidad de ingresar a un mundo diferente, mejor, inteligente, desafiante; y la lectura misma es la posibilidad. Lo que no significa, reitero, evitar la realidad, sino buscar su mejor tratamiento. Y, en esto, habrá disidencias, puesto que, afortunadamente, todos pensamos de maneras diferentes.

Claro que, para conseguirlo, los docentes deben prepararse y, después, jugarse. Aquí se prueban los valientes.

¿Y la censura? ¡Ah, eso sí que no! Abominable actitud absolutista (¿AAA?). Ejercicio de la cobardía intelectual innecesario en estos tiempos. Publicidad gratuita y efectiva de lo censurado. Acaso comprensible en maestros temerosos de padres y autoridades, pero deleznable en instituciones oficiales que declaman “promoción” de la lectura. (Recordemos, según la RAE, los antónimos de promover: degradar, abandonar, frenar, desistir).

Señores y señoras, parece que mis maestros tenían razón: No hay lecturas, sino lectores.

* Profesora en Letras. Especialista en Literatura para niños y jóvenes. Universidad Nacional de Cuyo, Universitat de Barcelona, Escuela Normal Superior Tomás Godoy Cruz.

Opiniones (4)
21 de mayo de 2018 | 16:09
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21 de mayo de 2018 | 16:09
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  1. Dos cosas: los docentes y directivos hablaron con los medios de comunicación porque la DEGE NO SABÍA nada, porque la obviaron, es decir el Ministerio de Educación de la Nación fue quien la obvió y la DGE se enteró del material por los medios. Acuerdo absolutamente con NO a la censura pero yo (que tuve oportunidad de ver el material ) me pregunto si ud. estaría de acuerdo con poner Mi Lucha de Hitler, o algunos de los libros de la Falange de la España freanquista, u otras "joyas" como esas. Yo NO QUIERO QUE ESOS LIBROS SEAN AVALDOS POR LA ESCUELA, me parece que la verdadera censura la hizo Presidencia cuando envió ejemplares de NUNCA MAS cambiando el prólogo y agregando listas. Es gravísimo pues el libro no era ficción sino el resultado de un trabajo de CONADEP, eliminar a Sábato del prólogo y no nombrarlo en todo el libro es censura y engaño. Quiero que los chicos lean, y que los adultos tengamos un SOLO criterio para amigos y no amigos.
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  2. Interesante artículo de una persona preparada. Comparto que la censura no tiene razón de existir. Pero, usando sus conceptos, ALGUIEN debe orientar y establecer "los tiempos" para cada lectura (mi madre lo hacía, soy sexagenaria!) hoy tal vez deben hacerlo los maestros, muchos de los cuales, no siempre están adecuadamente "preparados" para esa función así como para manejar una computadora (!!) "Educar para leer, en la lectura, con la lectura", utilizando sus palabras Sra. Roitman. Saludos !
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  3. Excelente nota. ¡Felicitaciones, Fanny! Lo que ha sucedido es un repudiable acto de censura que nos retrotrae a la hoguera de Savonarola. Es lamentable que la Fac. de Filosofía y Letras, UNCuyo, que tiene una carrera de Licenciatura en Literatura Infantil y Juvenil, no haya alzado su voz contra este atropello a la libertad. Rescato la actitud de muchos docentes que han repudiado lo resuelto por la DGE, han analizado el material incautado y discutido lo sucedido con sus alumnos, para crear conciencia sobre el respeto a los derechos y a la libertad de pensamiento.
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  4. Excelente!!! Al fin alguien con pelotas para denunciar el triunfo de la censura y e ignorancia por parte de la DGE, y cierto sector de la sociedad mendocina. Nos ganó el provincianismo pacato y bruto que llevamos adentro.
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