opinión

Homenaje a Alfredo Bravo

A 10 años del fallecimiento de uno de los más importantes luchadores por los derechos de las personas.

Hijo de don Francisco y doña Ángela, Alfredo nació enla ciudad entrerriana de Concepción del Uruguay, el último día de abril de 1925. Pronto se trasladó con su familia al barrio porteño de Villa Urquiza, donde su padre instaló una panadería. Alfredo -niño aún- se levantaba todas las madrugadas para recibir la primera horneada de panes y facturas que llegaba al boliche para comenzar su reparto.

Al terminar la primaria, Alfredo vislumbró su vocación docente e ingresó a la Escuela Normal Popular Mixta de San Martín, pasando luego al Normal de Avellaneda, de donde egresaría con el título de maestro de grado, que tanto lo enorgullecía.

Con tan solo 17 años, dejó de ser un simple habitué de la biblioteca socialista y se afilió al partido. Un año después se inició en la docencia en una escuela rural del Chaco Santafecino. Aunque rica, esa experiencia fue breve, pues debió incorporarse al servicio militar obligatorio. Tras su paso por los cuarteles volvió a las aulas y en 1958 fue corredactor del Estatuto del Docente.

Una década más tarde, cuando Onganía pretendió imponer una reforma educativa de neto corte elitista, Bravo encabezó una lucha en defensa de la escuela pública, que unió en la acción al entonces fragmentado mapa gremial de los docentes y obligó al régimen a dar marcha atrás.

Aquella experiencia convenció a Bravo de que si los maestros pudieron unirse para frenar esa iniciativa dictatorial, también debían lograr su unificación gremial. Lanzado a recorrer el país, intentó vencer resistencias y limar asperezas en cuanto a la modalidad que debía adquirir esa unificación. Ese largo trajinar por el país fructificó el 11 de septiembre de 1973, fecha en que más de 140 sindicatos confluyeron en la Confederación de Trabajadores de la Educación de la República Argentina (CTERA).

Pero ese día, que debió ser de júbilo para los maestros argentinos, se opacó pronto y se convirtió en una jornada luctuosa para toda América Latina. Al otro lado de la cordillera, el general Pinochet derrocaba al gobierno democrático de Salvador Allende, que había triunfado tras cuatro elecciones y mil días después se quitaba la vida con un rifle AK-47 obsequiado por Fidel Castro. Rápidamente reaccionó la CTERA, que en su primer comunicado de prensa repudió el golpe militar y reivindicó la democracia.

El 17 de diciembre de 1975, cuando ya Isabel y Lúder habían firmado cuatro decretos de aniquilamiento y la Triple A de López Rega se encargaba de ejecutarlos, Bravo fundó, junto a Alicia Moreau de Justo y otros activistas, la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH). Tres meses después comenzó el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional.

El 8 de septiembre de 1977, Bravo fue secuestrado por un grupo de tareas mientras daba clases en una escuela nocturna. Pese a haber sido picaneado y torturado con “el cubo” por Camps y Etchecolatz (a quien increpó años más tarde en el programa del inefable Mariano Grondona), jamás delató a nadie.

Las presiones de Carter a Videla obligaron a que la dictadura legalizara la situación de Alfredo y mutase su condición de “desaparecido” a la de “detenido a disposición del Poder Ejecutivo Nacional”. A comienzos de 1979 consiguió su liberación definitiva y debió dedicarse a la venta de libros.

En 1983, con el retorno de la democracia, el presidente Raúl Alfonsín lo convocó como extrapartidario para ocupar la Subsecretaría para la Actividad Docente. En esa función, Alfredo facilitó el reingreso a la docencia de los cientos de maestros y profesores a los que la dictadura había cesanteado o que habían tenido que dejar sus cargos para marchar al exilio.

En 1985 declaró como testigo de cargo en el juicio seguido contra las tres primeras juntas militares y en 1987, cuando el Poder Ejecutivo impulsó las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, Bravo se apersonó ante su amigo Alfonsín, le expresó su repudio hacia ambas normas y le entregó su renuncia indeclinable al cargo que ocupaba.

Bravo, se incorporó (con buena parte de sus compañeros de la Confederación Socialista Argentina) al Partido Socialista Democrático, del que se había ido para no ser cómplice de la Revolución Fusiladora.

Como candidato de la Unidad Socialista, fue elegido en 1991 diputado nacional por la Ciudad de Buenos Aires y, junto con Guillermo Estévez Boero y Ricardo Molinas, integró un minibloque que batalló en inferioridad numérica contra las transformaciones neoliberales. En 1994 fue convencional constituyente. Su mandato legislativo fue renovado en 1995, cuando fue candidato del Frepaso, y en 1999 cuando ocupó ese mismo lugar en la lista de la Alianza, de la que se distanció en el 2000 para formar el ARI.

Durante los casi 96 meses legislativos que transcurrieron desde que se sentara por primera vez en su banca hasta el día de su muerte, Bravo fue autor de 92 proyectos de ley. Impulsó la “nulidad” de las leyes del perdón, advirtiendo que su simple “derogación” dejaría el tema insepulto; presentó el primer proyecto sobre identidad de género; apoyó (como miembro del Frenapo) la primera iniciativa a favor de una asignación universal por hijo, fuertemente respaldada por la voluntad popular; resistió la escandalosa privatización del Banco Hipotecario y luchó por demostrar el carácter fraudulento de la deuda externa.

En las elecciones del 14 de octubre de 2001, cuando por primera vez en la historia los porteños pudieron elegir de manera directa a sus representantes en la Cámara Alta,el voto popular consagró a Alfredo como senador por la minoría (por la mayoría ingresaron Rodolfo Terragno y Vilma Ibarra) con el 16,98% de los votos. Pero su triunfo fue objetado por Gustavo Béliz, un joven del Opus Dei que había sido ministro del Interior de Carlos Menem.

Beliz obtuvo unos 227.000 votos, contra unos 175.500 de Bravo por el ARI. Pero el socialista también fue cabeza de lista de Nuevo Milenio, y obtuvo unos 54.000 votos, con lo que obtenía unos 2.500 votos de ventaja sobre Beliz. La Justicia Electoral ya se había pronunciado sobre la validez de las “colectoras”. La Junta Electoral consideró que la banca era de Bravo, pero Beliz apeló y la Cámara Nacional Electoral le dio la razón alegando que el artículo 54 de la Constitución adjudica los escaños a los partidos. Bravo recurrió a la Corte y recusó a todos los jueces, quedando esta integrada por nueve conjueces.

El procurador general de la Nación -Nicolás Becerra- dictaminó a favor de Bravo (por entonces candidato a la presidencia), pero cinco conjueces desoyeron el consejo y sentenciaron en su contra nueve días después de su muerte. El fallo aclaraba que la última decisión la tenía el Senado, por ser el juez último de los títulos y diplomas de sus miembros.

En la Comisión de Asuntos Constitucionales, Cristina Fernández firmó el dictamen convalidando que se le otorgara la banca a la duhaldista Leguizamón (Béliz ya era ministro de Justicia de Néstor Kirchner), pese a haber obtenido menos votos que Rinaldi (remplazante del fallecido Bravo). En el plenario, el bloque justicialista logró imponer el criterio de la Corte, pese al voto contrario de la UCR, Jorge Yoma y Vilma Ibarra. La votación terminó 39 a 18, con 2 abstenciones.

El 26 de mayo de 2003, Alfredo sufrió un triple infarto de miocardio que puso fin a 78 apasionados años. Su abogado -Juan Ramos Padilla- denunció que el diario La Nación rehusó poner “senador electo” en las necrológicas. “El velatorio de Perón en el Congreso fue impresionante y no se puede comparar con nada, pero después de ese, el de hoy es el más grande que yo recuerdo”, relató un empleado del Parlamento. Dirigentes de todo el espectro político pronunciaron palabras de elogio hacia Alfredo.

Laura Bonaparte, Madre de Plaza de Mayo - Línea Fundadora, expresó: “Compañero maestro de la educación laica y gratuita; compañero socialista, senador nacional por elección del pueblo; compañero defensor de los derechos humanos; compañero articulador de diferencias. Te elegimos y te nombramos senador nacional. Compañero defensor de los derechos de la mujer; compañero luchador contra cansancios, vientos y mareas; compañero doblegador de torturas y torturadores; compañero de ideales llevados a la práctica. Te despedimos con dolor”.

Los socialistas jamás olvidaremos su legado y su protagónica labor en la unificación del PS tras 44 años de estériles divisiones.

Opiniones (3)
20 de abril de 2018 | 21:10
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20 de abril de 2018 | 21:10
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  1. Que bueno que en esta fecha se recuerden también los diez años de la desaparición de un SEÑOR de la política como Alfredo Bravo, cuya integridad y calidad humana tanto tienen que enseñarnos a los argentinos. Y que bueno también que haya jóvenes como el articulista que lo puedan valorar. Mis simpatías hacia el partido que a través del Dr. Juan B. Justo y su esposa Alicia Moreau, de Alfredo Palacios, Mario Bravo y tantos otros ha sido ejemplo de honestidad y desinterés en la República.
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  2. Alfredo Bravo, se extraña su ejemplo. La diferencia entre un socialista y un populista queda clara con su recuerdo. Tuve la alegría de encontrármelo un día en el subte y estrecharle la mano. Cuánto necesitaríamos un PSD con gente como él, frente a la crisis de ética que tenemos. Gracias por el artículo.
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  3. merecido homenaje... recuerdo ese programa de Grondona: un Alfredo Bravo nervioso y un Etchecolatz sobrador... torturado y torturador en distintas mesas pero en el mismo estudio... en un momento tuvo que intervenir Grondona para que la discusiòn no pasara a mayores,... cuànta indignaciòn...
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