opinión

Repensemos el valor de la Constitución y del Derecho constitucional

"Un legado de sacrificios y de glorias, consagrado por nuestros mayores a nosotros y a los siglos por venir"

Repensemos el valor de  la Constitución y del Derecho constitucional

Lo hemos señalado más de una vez: mucho se ha escrito sobre el concepto de Constitución y muchas son las definiciones que los estudiosos nos brindan, incluso autores como García Pelayo elaboran una "Tipología de los conceptos de constitución"[1].

Si bien lo primero que pensamos es que la Constitución es la ley de leyes -lo que es cierto- no nos cabe la menor duda que no es sólo esa súper ley escrita que se coloca por encima de todas las demás, coronando el orden jurídico.

Joaquín V. González dice que nuestra Constitución "... es… un legado de sacrificios y de glorias, consagrado por nuestros mayores a nosotros y a los siglos por venir; que ella dio cuerpo y espíritu a nuestra patria hasta entonces informe, y, que como se ama a la tierra nativa y el hogar de las virtudes tradicionales, debe amarse la Carta que nos engrandece y nos convierte en fortaleza inaccesible a la anarquía y el despotismo."[2].    

En este entendimiento toma protagonismo esencial la historia que al decir de Friedrich “…es el laboratorio de la humanidad” [3]; pues “…la historicidad del pensamiento político implica la historicidad de los otros elementos que están en conexión funcional con él…las ideas políticas…no surgen in vacuo; su conocimiento adecuado debe tener presente el complejo de ingredientes culturales y de formas e instituciones propias de cada época.” [4].

Completa la idea Garrorena Morales cuando señala que: “Esa condición histórica pertenece de tal modo a la sustancia de cualquier texto constitucional concreto que pretender entenderlo al margen de ella, es ya comprenderlo de una manera recortada y defectiva, o, lo que es lo mismo, no entender casi nada. El presente estable de toda Constitución debe ser visto en la tensión de un pasado y de un futuro o no estaremos percibiendo a la norma constitucional como esa obra producto de la reflexión creadora y perfectible de los hombres que decimos que es.” [5].

Nos quedamos por ello con el concepto de Constitución que nos da Carlos Egües, cuando dice que aquélla es: "...la expresión normativa del proyecto político de una comunidad." [6].

Es una expresión normativa pues se nos presenta en un texto escrito (codificado), pero no es sólo eso, pues encierra el “proyecto político de una comunidad” y éste último contiene como antecedente insoslayable nuestra historia, nuestras tradiciones, nuestras costumbres e idiosincrasia, en suma, nuestra particular forma de ser como pueblo y también nuestro proyecto para las generaciones que vendrán.

En este sentido “…toda norma constitucional escrita supone, como antecedente necesario, un conjunto de ideas políticas que pretenden plasmarse o  realizarse en la realidad a través de su contenido normativo. Sus autores -y esto vale tanto para una constitución sancionada como para un proyecto- intentan conformar la realidad política a través de sus disposiciones…consecuentemente, toda constitución es una trama de ideas políticas y normas…Más o menos claras, más o menos coherentes, sistemáticas o no, las ideas de los constituyentes se expresan en preferencias institucionales traducidas en preceptos jurídicos, de modo que en el conjunto de disposiciones que conforman una constitución está presente un contenido ideológico susceptible de ser aprehendido…en los procesos constituyentes se alcanza una conclusión transaccional...Ideas políticas, influencias normativas, intereses, todo se amalgama, se funde, en concretas disposiciones que conforman un contenido ideológico...la historia nos enseña que las constituciones exitosas, aquellas que mantuvieron su vigencia por un largo período, son un resultado transaccional..." [7].             

Cuando partimos de este concepto de Constitución no podemos olvidar que la perdurabilidad de una carta es indispensable para lograr la concreción de su vigencia, y que en general el medio más apropiado para adecuarla al dinamismo de la vida social reside en su interpretación a la luz de los valores y principios determinantes de su sanción.

                               Alberdi resume este pensamiento cuando dice: "… Conservar la Constitución es el secreto de tener Constitución”[8].

                               Así, toda Constitución debe ser estudiada no sólo en su letra sino también en su práctica, en sus antecedentes históricos y en su función política, pues cada pueblo elabora gradualmente su Constitución, formándola con su vida real. 

José N. Matienzo nos dice que es impropio creer que una Constitución puede aplicarse a cualquier comunidad política, pues no existe un “almacén” de constituciones en el que podamos elegir una monárquica, una democrática, una federal ó una unitaria a los fines de acomodarla al país de que se trate. Las constituciones -agrega- se van haciendo poco a poco en cada uno de los países[9].

Es por ello que olvidar nuestro pasado y perder de vista nuestro futuro nos hace incurrir en el error de creer que nuestras disposiciones constitucionales han sido antojadizas ó artificiales, cuando en realidad las soluciones contenidas en aquéllas responden a la vida del país y toda perfección debemos buscarla en el mejoramiento de las prácticas institucionales.

Vaya por ello el peligro que entrañan todas aquellas actitudes de ostensible desprecio hacia la Constitución y hacia el Derecho Constitucional; ciencia cuyo objeto no es otro que esta Constitución que defendemos.

Son muchas las actitudes de desprecio hacia el derecho constitucional que se han registrado a lo largo de la historia, pero “…el común denominador de todas ellas ha sido -sin duda alguna- el subestimarlo como si fuera propiamente algo subalterno, algo al servicios del formalismo, algo dedicado a la distracción; y no lo que realmente es, o sea, la herramienta fundamental para la defensa de un estilo de vida y de una calidad de vida. Porque es bueno repetirlo: del derecho constitucional y de la vigencia de sus preceptos, depende en gran medida la calidad de vida de los pueblos…

…¿Cómo vamos a olvidar la burla de Mussolini hacia el derecho constitucional? Y la formuló en el primer momento, es decir, en el discurso ante la Cámara pronunciado el 16 de noviembre de 1922 al asumir el poder, cuando se refería a los derechos de la revolución de los “camisas negras”. En esa oportunidad, Mussolini ironizó en forma pedantesca y sin ocultar su sarcasmo, el rol de los constitucionalistas, sosteniendo: “…dejo a los melancólicos celadores del súper constitucionalismo la tarea de disertar más o menos lamentosamente sobre ello”. A partir de ese momento el régimen fascista no hizo otra cosa más que pisotear los pocos resabios que quedaban del régimen constitucional y finalmente arribó a la consagración de una dictadura de partido único. Lo mismo se produjo con los fenómenos totalitarios…

… El desprecio por el derecho constitucional también es activado por el populismo y por su versión “en rústica” del llamado neopopulismo. Y, finalmente, otro desprecio, quizás subconsciente, es el de los que he dado en llamar los constitucionalistas “sucedáneos”, es decir, aquellos que únicamente se acuerdan del derecho constitucional cuando están en las malas. Me estoy refiriendo a todos aquellos sectores, organizaciones, partidos y personalidades que no tienen reparo alguno en subestimar u omitir lisa y llanamente las enseñanzas del derecho constitucional, ignorándolas en todo momento, excepto en la oportunidad en que pasan  a ser víctimas de un régimen y se acuerdan repentinamente de que existe un derecho constitucional destinado a la protección de los derechos y de las garantías de las personas. Este es un sector de hipócritas muy frecuentado en aquellos países en que, por desgracia, tuvieron que pasar períodos de interrupción de la continuidad constitucional o de sometimiento a regímenes de fuerza…” [10]



[1] Cfr. Manuel GARCÍA PELAYO, Derecho Constitucional comparado, Madrid, Revista de Occidente, IVº edición, 1.957, p. 33 a 53.

[2] Joaquín V. GONZÁLEZ, Manual de la Constitución Argentina, Buenos Aires, Ángel Estrada y Ca Editores, 1.897, p. 13.

[3] Carl J. FRIEDRICH, Teoría y realidad de la organización constitucional democrática (en Europa y América), Ed. Fondo de Cultura Económica, México, 1.946, p. 554.

[4] Pablo LUCAS VERDÚ, Curso de Derecho Político I, Ed. Tecnos, Madrid, 1.976, p. 205/220.

[5] Ángel GARRORENA MORALES, Cuatro tesis y un corolario sobre el derecho constitucional en Revista Española de Derecho Constitucional, n° 51, año 17, setiembre-diciembre 1.997, p. 46.

[6] Carlos Alberto EGÜES, Historia constitucional de Mendoza. Los procesos de reforma, Editorial EDIUNC, Mendoza, 2.008.

[7] Cfr. Carlos Alberto EGÜES, Las ideas políticas en el constitucionalismo argentino del siglo XIX. Un aporte metodológico, Apartado de la Revista Historia del Derecho n° 24, Buenos Aires, Instituto de Investigaciones de Historia del Derecho, 1.996.

[8] Juan Bautista ALBERDI, Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina derivados de la ley que preside al desarrollo de la civilización en la América del Sud, Córdoba, Ediciones de la Academia Nacional de Derecho y Ciencias Sociales de Córdoba, 2002, Volumen XXXI, p. 183/184.

[9] Cfr. José Nicolás MATIENZO, Lecciones de Derecho Constitucional, Advertencia de la edición revisada e Introducción, 2° edición, Ed. La Facultad – Juan Roldán y Ca, Buenos Aires, 1.926, p. 8 a 11.

[10] Confr., Jorge R. VANOSSI, “La enseñanza del derecho constitucional. Escuelas, tendencias y orientaciones”, en “Anales” de la Academia Nacional de Derecho y Ciencias Sociales de Buenos Aires”, año 1999, p. 306 y 307. 

 

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