opinión

Lado B: Dorrego y un barrio que duele

Crecí en un barrio en el que jugué con los hijos de asesinos, torturadores, secuestradores, violadores, apropiadores, ladrones.

Antes de llamarse Dorrego se llamaba El Infiernillo. Allí había fábricas de ladrillos, de ahí el antiguo nombre.

Yo crecí en un barrio de Dorrego, de El Infiernillo, que por entonces lindaba al este con una plantación de olivos; al sur, con una viña, y el oeste con un enorme descampado.

Había que atravesar ese descampado para llegar a la casa de mi abuela materna, que vivía en el límite sur de Dorrego. Eran unos ochocientos, tal vez novecientos metros desde mi casa. Y hacíamos ese trayecto a pie con mi mamá y mis hermanos para ir a visitar a mi abuela, cruzando ese enorme descampado que era lugar de muchos de nuestros juegos. El Campito, le decíamos. No sé cómo habrá nacido ese nombre, pero nunca ninguno lo cuestionó. Era una parcela seca en la que crecían yuyos y se reproducían liebres, serpientes, lagartijas e insectos de todos los tamaños y colores, donde además había tres canchas de fútbol (la nuestra, la de Andrade y la de Bransend –se entiende que los nombres de estos dos equipos eran desmesuradamente pretenciosos respecto de sus canchas, que eran de tierra, apenas demarcadas por desprolijas líneas de cal y con arcos de madera que siempre parecían estar por venirse abajo–).

Fue una vez después de cruzar ese descampado e ingresar al barrio en el que vivía mi abuela que pasamos frente a una casa que en el frente, en las ventanas y en las puertas tenía una cantidad descomunal de impactos de bala. Estimo que si hubiese podido contar los agujeros, si me hubiese animado, fácilmente hubiera pasado la centena.

Cuando yo iba a primer grado, mi mamá me llevaba en bicicleta a la escuela. Y una de esas mañanas llegamos a la puerta de la escuela, la que da a la calle Darwin, y alguien le informó a mi mamá que no había clases, pero de eso me enteré después, cuando subimos de nuevo a la bicicleta para regresar a la casa, donde mis hermanos seguramente aún dormían. Y es que yo no había escuchado la conversación entre la persona que dio la noticia y mi mamá, porque, antes que eso, me llamaron la atención los camiones que había más adelante, verdes, del Ejército, y los hombres con cascos, uniformes y fusiles que caminaban por el techo del edificio que hay aún al lado de la escuela, que también aún existe, y puedo garantizar que de la misma manera existen todavía esas imágenes en mi memoria.

Mucho tiempo después supe que a cuatro cuadras de la escuela a la que iba y a dos de la sala de salud en la que me pusieron varias vacunas fue donde cayó muerto Paco Urondo.

Crecí en un barrio de Dorrego en cuyos alrededores sucedieron todas estas cosas y probablemente muchas más de las que no tuve noticias y probablemente nunca las tendré. Un barrio de Dorrego que, a diferencia de la mayoría del país por entonces, no era un infierno, no era un infiernillo. Y es que en el barrio en el que yo crecí tuve como vecinos a gente como Carlos Rico, Armando Fernández y Aldo Bruno, gente que construyó infiernos para otros.

Los conocí. Conozco a sus hijos. Estos chicos y yo corrimos juntos por las calles del barrio. Nos visitábamos en nuestras respectivas casas. Con los varones jugaba a la pelota, a carreras de bicicletas, a los autitos. Con las mujeres habremos compartido exquisitas tortas de barro, algún juego con muñecos, el elástico, la rayuela. Con unos y otros compartimos tardes de leche con chocolate, galletitas y dibujos animados.

A medida que nos hicimos adolescentes nos fuimos distanciando. En el 83 entré a la escuela secundaria y la Historia se me vino encima.

Crecí en un barrio de Dorrego en el que jugué con los hijos de asesinos, torturadores, secuestradores, violadores, apropiadores, ladrones. Crecí en un barrio en el que fui feliz junto a esos niños que fueron acariciados por las mismas manos que asesinaron, torturaron, secuestraron, violaron, apropiaron, robaron.

El viernes detuvieron a Rico y ayer fui a la casa de mis padres a la tarde.

Mi barrio no es el mismo. Y con cada sentencia por delitos de lesa humanidad siento que puede de alguna manera redimirse en mi memoria.

Opiniones (10)
20 de abril de 2018 | 00:26
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20 de abril de 2018 | 00:26
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  1. DORREGO, tiene su historia , que aun hoy esta ligada a la dictadura yo vivo en el 2Bª Alimentacion donde su calle principal se llama ARAMBURU , Y donde no se pudo cambiar el nombre de la calle a pedido de sus vecinos ...
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  2. me quede pensando lo de las balas y hay un tema de calle 13 que una parte dice algo como.... Hay poca educación, hay muchos cartuchos, cuando se lee poco , se dispara mucho. Hay quienes asesinan y no dan la cara, el rico da la orden y el pobre la dispara.
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  3. piel de poio, no soy de la zona, pero.....de solo imaginar mi barrio de pendejo......se me crispa la piel. Beto es coherente, NO ENTENDIO NADA! Que tremendo pasado llevamos sobre nuestras espaldas los argentinos, pero, lo mas sano es que tengan un juicio justo los que participaron de semejante horror, y NO ES VENGANZA , como nos quieren hacer creer, NO TENEMOS QUE OLVIDAR! Y no por rencor.......para que no nos vuelva a suceder. EXCELENTE LA NOTA!
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  4. Excelente nota, gran muestra de valentía x parte del autor y d amor x la verdad y x un país donde se respete la vida
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  5. Beto, totalmente de acuerdo con tus primeras dos palabras: no entendiste.
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  6. Qué buen escrito, Alejandro, para lo difícil que es interpretar lo que sentimos quienes vivimos todo eso, que al fin y al cabo es la historia del país, sólo que en algunos barrios estaba más "concentrada" que en otros. Beto ¿vos cómo sabés que el que estaba en la casa uso de escudo a una mujer embarazada? Estabas presenciando el hecho? ¿tu punto de vista de observador era tan directo? o te creíste la vulgata. Y no sé si no entendiste, o no querés entender (parece casi como si dijeras con pesar que "la mujer y los hijos todavía viven". Cabría decir que felizmente y a pesar de esa historia están vivos. Si tenés más o menos la misma edad que nosotros/as y viviste más o menos en el mismo barrio, podrás entender que a algunos nos impresiona haber crecido entre medio de muertes, balaceras, apropiaciones de hijos e hijas de otras, sustracción de bienes o "cosas extrañas" que veíamos y los adultos no podían explicarnos, por miedo, o por lo que fuera. Mientras vivíamos en una realidad cuasi-paralela porque jugábamos en las calles con los hijos de todos.
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  7. tal vez hubieron varias casas baleadas, beto del mismo año que yo. Hubieron miles, sabés y creo que tiene que ver con nuestra historia.La que yo menciono es una dde pasábamos a buscar a niños que iban a la escuela Rawson o al Isep de Godoy Cruz. Niños beto, no arsenales, entendés, y esa casa quedaba en el bº bancario (al este de la Remedios Escalada casi llegando a lo que ahora es la rotonda para ir al Macro) tiene el nombre de una fecha el barrio, no me cuerdo cuál. En la mía por ejemplo mi viejo tenía un arsenal de libros que siguen estando allí, envueltos en papel madera, en la caseta del tanque de agua de aquella casa de la calle Lavalleja que que ya dejamos hace muchos años.
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  8. Hola Alejandro! gracias hermano, yo también crecí del otro lado de la viña en el mismo Dorrego, y por ejemplo me hiciste acordar de la mañana en que nos levantamos para ir a la escuela y pasamos a buscar nuestros compañeros con mi vieja, ella hacía el transporte escolar, y al llegar a la casa de los chicos en el bº bancario, nos encontramos con su casa baleada. Agujeros en el alma. Un abrazo!
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  9. Qué buena historia la pucha... cruda realidad. Da para otras entregas.
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  10. No entendí: ¿qué tiene que ver el barrio y los hijos de quienes mencionas? Yo crecí en el barrio de la casa baleada que mencionás y no me hace mejor ni peor persona, ni al barrio, ni a quienes conozco de allí. De hecho conozco intimamente la historia de la casa baleada que mencionás y allí encontraron un arsenal, con explosivos y armas como para un batallón, y quién la alquilaba se escudó con su mujer embarazada y su bebé, para tirotearse con los militares (cabe aclarar que la mujer y los niños siguen vivos). Pero de eso no se habla.
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