opinión

Cruje el chavismo

El triunfo de Nicolás Maduro y las divisiones del postchavismo. La Argentina como espejo de las cosas malas que ocurren hoy en Venezuela.

Tras el demorado anuncio oficial de los resultados electorales en Venezuela, el propio Nicolás Maduro, “el hijo de Chávez”, tuvo que explicar una y mil veces que había ganado; que ese triunfo pequeño era un triunfo al fin; que si hubiese sido por un solo voto también festejaría y que Chávez así lo quiso y que por eso hay que respetarlo.

Mientras hablaba ante una multitud nerviosa y con escaso fervor en el Palacio de Miraflores, muchos de los manifestantes se retiraban del lugar: estaban escuchando un discurso hilarante. Extrañaban a Hugo Chávez.

La situación política de Venezuela no es menor y hay que ponerle atención, habida cuenta que, a esta altura, 18 elecciones después de nacido el chavismo, lo que imprimen es una “cultura”, y no solo una ideología. De tal manera que, visto desde el bloque bolivariano, lo que está bajo riesgo es mucho más que un resultado electoral, con implicancias fuera de las fronteras venezolanas. Y observado desde la oposición, es una clara derrota del chavismo y la consolidación de un espacio que ejerce una gran presión en sentido contrario.

No podemos saber cómo se ha tomado hacia adentro del Partido Socialista Unido de Venezuela este lánguido triunfo que ni siquiera ha sido reconocido por los supuestamente perdedores, que cuestionan la legalidad de unos 3.500 actos electorales que representan alrededor de 300 mil votos, 50 mil más que la diferencia que a su favor la Comisión Nacional Electoral dictaminó en favor de Maduro.

Pero se puede intuir el quiebre con la falta de reacción triunfalista de sus militantes en las redes sociales, algo que en octubre del año pasado fue contundente y avasallador. Hay en las redes mensajes sutiles que representan un cuestionamiento interno hacia Maduro.

Vista la situación a vuelo de pájaro, hay que contraponer los argumentos del chavismo y los de la oposición e intentar obtener una conclusión:

El chavismo sostiene, en su justificación por la pérdida de un millón de votos y el empate técnico con Capriles, que hubo sabotaje económico, eléctrico, electoral, político de “la derecha internacional”. Que existieron operaciones en contra del Gobierno de Venezuela y, concretamente, de la continuidad del proceso bolivariano. Que la oposición se desplegó con apoyo externo. De hecho, Maduro anunció varias detenciones de colombianos que, según sus informes, intentaban atentar contra su Gobierno y hasta en contra de su vida.

La oposición argumenta, en su respuesta, que Maduro maneja la herencia de Chávez, su mito y su mística; los recursos económicos de toda Venezuela y, centralmente, los de PDVSA, la empresa petrolera que maneja los ritmos económicos del país y las decisiones de sus empleados. Que gobierna en 20 estados del país y que administra con mano de hierro el poder central, haciendo y deshaciendo a gusto desde allí. Controla el Poder Electoral y el Legislativo. Y algo más que importante y que en la Argentina no se puede comprender en su dimensión: la Fuerza Armada responde al partido gobernante en “orden cerrado”, como le gustaba decir a Chávez.

En este escenario, cabe preguntarse cuánto pudo aportar “la derecha internacional” a la oposición dentro de un territorio teñido de las camisas rojas en cada uno de sus rincones.

Y si esa influencia fue tan grande como para dejar con estos magros resultados al chavismo, ¿el proceso perdió la fuerza que tenía para refractarlo, para controlarlo y hasta para abortarlo?

Hay más reflexiones que formular hacia adentro del chavismo que hacia afuera. Es indudable que ha obtenido un aluvión de votos, pero casi igual al de la oposición. Desde el exterior no podemos menos que estudiar el caso Venezuela, porque la región ha adoptado, con mayor o menor intensidad, el mismo espíritu inaugurado por Chávez con el auspicio de Cuba.

Así y todo, cuando se puede entender que en el juego democrático el que gana debe tenderle un puente para el diálogo al que pierde, aunque sea en condiciones humillantes como se ha hizo en la era Chávez, Nicolás Maduro, torpemente, primero habló del exilio de Capriles en el cierre de su campaña electoral y ahora, apenas le dijeron que había empatado y que el triunfo lo saludaba con tan solo un puñado de votos que están cuestionados, volvió a amenazar, insultar y disminuir el peso político de unos opositores que, podrán ser mejores o peores que ellos, pero que a esta altura de las cosas ya se sometieron al voto popular. Y los colocó en un sitio de paridad junto al chavismo.

En esta Venezuela partida exactamente a la mitad, lo que se está en debate ahora no es la diferencia entre los votos, sino si el proceso denominado como “bolivariano” cabe dentro de las reglas clásicas de la democracia o requiere de una vuelta de tuerca autoritaria o “profundización del modelo”, como suele llamársele eufemísticamente a esta circunstancia. Con las cifras en la mano, el “hijo de Chávez” dijo anoche que “comienza una nueva era”, dando por cerrada la anterior e inaugurando una nueva etapa. La primera demostración la dio el propio Maduro al explicar los resultados y rogar que lo aclamasen como ganador: desplegar a todos los uniformados del país (preparados para el combate) a las calles, “para garantizar la paz”. Todo un símbolo.

Bien podría decirse que la Argentina es un espejo de lo descripto; o que Venezuela es la hipérbole de lo que hoy ocurre en el país.

Ello conduce a otra incómoda conclusión: el kirchnerismo tiene algunos rasgos similares al chavismo, al cual —no casualmente— muchos de sus militantes admiran. Ergo, para la Argentina la experiencia venezolana puede servir como portentosa reflexión. 

Venezuela, país beneficiado como ningún otro en la región por el altísimo precio del petróleo, muestra —junto con la positiva mejora social de muchos sectores— una muy alta inflación que ha obligado, entre otras cosas, a todo tipo de controles cambiarios.

El país que hoy comanda Maduro está demostrando su fracaso intrínseco. Un círculo vicioso que ni siquiera las sucesivas devaluaciones han conseguido mitigar. 

Hay que mencionar asimismo que la oscura transición desde la enfermedad de Chávez hasta la asunción de Maduro no se hubiera podido llevar a cabo sin la complicidad y/o el silencio de los máximos Tribunales de Justicia, justo cuando en Argentina se comienza a discutir una controvertida democratización de ese mismo poder. 

La política del todo o nada —o del “vamos por todo”— ha terminado generando un país dividido en dos, donde los adversarios son tratados como enemigos y los temas importantes ya no se discuten civilizadamente. Es “la revolución o la derecha”; “las mejoras sociales o la institucionalidad”; “los buenos y los malos”. Falsas dicotomías como la que obliga a optar por ”los militares con el pueblo defendiendo la revolución” o “el poder de las corporaciones”. Todo se da en un marco extremo de pocas ideas y demasiadas consignas: en ello se convirtió la vida político-institucional del país comandado por Maduro y, antes, por Chávez. 

En definitiva, Venezuela muestra un camino que Argentina, por el bien de todos, no debería transitar.

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22 de febrero de 2018 | 20:19
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