opinión

En un mismo lodo todos manoseaos

O lo que todos esperamos del Estado que bancamos sin saber para qué cuando pasa algo grave.

En un mismo lodo todos manoseaos

La naturaleza es sabia, reza una de las frases hechas más viejas del mundo. Y algo de eso debe haber, porque esa especie de tsunami vertical que la semana pasada se abatió sobre Buenos Aires tuvo la virtud (dentro del desastre indecible que provocó) de poner algunas cosas en su lugar, o de aclarar algunos tantos que venían muy confusos. Por ejemplo: ¿Quién, hasta hace 15 días, imaginaba una reunión tripartita entre Kristina, Scioli y Macri? Pues se produjo nomás, por obra y gracia de la desgracia. ¿O que ELLA tuiteara algo como “No es momento de buscar culpables sino de trabajar todos juntos”? ¿O que el ministro de Seguridad porteño y el ubicuo secretario nacional del mismo rubro parecieran hermanitos que siempre andan juntos? ¿Y que todos los medios del color que fueran se ocuparan de lo mismo: amontonar donaciones para los afectados?

Indudablemente las tragedias disparan eso que se ha mentado mediáticamente hasta ser una verdadera diarrea verbal: “La solidaridad del pueblo argentino”. Es cierto, existe, es auténtica y comprobable... ¿Pero acaso a ustedes no se les llenaron las orejas y otros órganos de tanto escucharlo? El fatídico lodo asesino que se ha enseñoreado en la CABA y en La Plata, segando vidas y sueños, tuvo a la vez la rara cualidad de revolcar a toda nuestra dirigencia política hasta hacerlos una sola bocha de gente necesitada de mostrar que “cuando es necesario, nos unimos”.

Actitud indispensable dicen unos; papelón evitable alegan otros; careteada impresentable afirman los demás. Lo cierto es que funcionó, y siga el corso. A los muertos no los resucita nadie, ya lo sabemos. Los que perdieron hasta el nombre no se recuperarán fácilmente así venga Jesucristo a redimirlos, eso está claro, y miran con la ñata contra el vidrio mientras insultan a algunos y le agradecen a otros. Pero lo bueno y lo triste del asunto es que hizo falta semejante pedazo de calamidad para que ciertos dirigentes empezaran a hablar entre ellos, a coordinar acciones, a entender que no sólo los damnificados sino también sus propias reputaciones están (como dicen el título de esta simpática columna) “en un mismo lodo todos manoseaos”.

Así las deplorables cosas, algunos políticos estiman haber salido mejor parados que otros, y sus medios adictos no hacen nada por desmentirlos. Al contrario, les siguen la corriente y reafirman la pavada, por ser justamente ellos los que les hicieron creer que naturalmente están en una posición relativa superior a la de los “enemigos”. Ya sé que todo parece demasiado miserable, pero es lo que hay. En circunstancias así, la gran lupa de la opinión pública cae inevitablemente sobre los que deciden, y estos se afanan por tener el helicóptero más rápido para llegar hasta el lugar del pedo, por mostrarse más eficientes en dar órdenes aunque sean imposibles de cumplir, y por embarrarse más las patas a fin de mostrar que están donde hay que estar. ¿Sirve para algo? Y, no sé... sin dudas es mejor para los afectados (los únicos que nos deben importar) tener cerca a un intendente, a un gobernador o a un/a presidente/a. Decididamente, si no los ven es peor. Tal vez ahí mismo y en caliente no pueden aportar mucho, pero verlos en esos casos permite una catarsis importante, casi indispensable para bajar los decibeles del puteadero que se arma cuando ves que se te pudrió la vida. Son como un pararrayos VIP, un aviso que te dice que en una de esas las cosas pueden mejorar porque el más grosso estuvo viendo tu debacle y entonces la reconstrucción será más rápida. Dice uno... vaya a saberse. Pero que te afloja el muñeco, te lo afloja.

No sólo por eso es apropiado que los más importantes se acerquen ahí donde las papas queman. Debe hacerse una sana costumbre incorporada a nuestra cultura política (si tal cosa existe) que los mandamases les metan mano a las cosas cuando estas están más calientes, cuando se quema el rancho y el mundo cae a pedazos. Es que todo lo demás puede reducirse a dos asuntos: la lucha parlamentaria y legalista por imponer leyes e iniciativas que se juzguen copadas y los discursos siempre enunciativos de maravillas varias y pletóricos de buenas intenciones con las que nadie puede estar en desacuerdo. Por lo tanto, apenas te queda ver a los pingos en la cancha. Las catástrofes son un excelente campo de pruebas para ver quién es quién, hay que decirlo aunque duela. Pero aún hay algo mejor que eso para saber los puntos que calza cada uno de los que quieren agarrar la manija o ya la tienen: que PREVEAN. Nada más y nada menos. Por si alguien no lo entendió: se trataría de anticiparse a los hechos, de no aplazar esas obras de infraestructura que no se ven y cuando las hacés generan molestias y no aportan demasiados votos porque sólo las valoran algunos despabilados cuando las catástrofes que podrían ocurrir no ocurren gracias justamente a esas obras. De eso casi nadie se da cuenta. Claro, no se pueden comparar con una linda plaza, un línea nueva de cualquier transporte, unos bulevares piolas con árboles y pastito, cartelería nueva para toda la ciudad o un buen parque para que los viejos con sobrepeso vayan a trotar con sus perros de raza. Igual hay que hacerlas, chicos, porque si no es peor, sépanlo. Si no te suman ni mil votos, cuando hacen falta y no las hiciste te restan diez mil.

Hay más: si la célebre “solidaridad del pueblo argentino” llega antes y mejor que la ayuda del Estado, es que tenemos un problema, Houston. Los organigramas nacionales, provinciales y municipales rebozan de reparticiones llenas de gente y presupuestos que pueden y deben ocuparse instantáneamente de cualquier desastre, y en teoría eso es  más apropiado que cualquier “red solidaria” que pinte, sin desmerecer a nadie. Pero eso es justo lo que no ocurre. Sí, somos muy solidarios, pero por “default”, ante la inoperancia del Estado, que a esta altura y ante estos hechos nadie sabe bien para qué lo tenemos. Será tal vez algo así como un karma que incorporamos graciosamente desde nuestros años fundacionales como nación: “Hay que tener un Estado, ya veremos para qué”. Supongamos que todo es natural, porque las organizaciones de la sociedad civil son más ágiles de reflejos y respuesta que el elefante estatal. Puede ser. Pero la macana ya está servida, y sólo resta ver si desde lo público se hace o no lo que debe hacerse para que no se vuelva a repetir y si las obras que sólo desde ahí pueden realizarse llegan a ser palpables alguna vez.

Y si tienen alguna duda sobre lo que aquí dije... ni me lo pregunten, porque no tengo respuestas. Eso lo tienen que aportar otros. Yo sólo cascoteo porque en mi condición de ciudadano raso y opinador crónico no me corresponde hacer otra cosa, que conste. Por eso mismo les digo: ¡Hasta la semana que viene y gracias por todo!

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18 de febrero de 2018 | 18:42
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