opinión

La justicia que permite el duelo

El tercer juicio por delitos de lesa humanidad realizado en Mendoza se vivió con profundo respeto. Los juzgados son ancianos que en algunos casos ya no se valen por sí mismos; pero quedó la sensación de justicia.

Dicen que la justicia, si es lenta, no es justicia. Pero como casi todo, la premisa tiene matices.

El viernes pasado en Mendoza hubo un hecho histórico: la tercera sentencia por delitos de lesa humanidad cometidos por agentes del Estado durante la dictadura. No sólo tuvieron que pasar más de tres décadas para llegar a ese momento, sino también vencer en el medio las barreras institucionales que había; proceso que incluye hasta la destitución de los jueces federales que obstruían el camino y que también están sospechados de haber sido parte de esos delitos.

La sala donde se desarrolló el debate oral se fue colmando de a poco. Dirigentes políticos con vocación y otros oportunistas. Abogados, familiares de las víctimas y familiares de los acusados. Un periodista francés que estaba en Mendoza de paso y no quiso perderse el momento; un juez de la Suprema Corte, algunos curiosos y cientos de personas afuera, esperando la lectura del fallo. Entre la multitud de gente que quería ver ese momento, un grupo de señoras ingresó discretamente y se puso un pañuelo triangular en la cabeza. Las Madres de Mendoza llegaron al lugar con la esperanza de ponerle nombre a lo que les pasó. Saben que sus hijos fueron asesinados, pero nunca pudieron velarlos, darles un último adiós.

Pasaron más de tres décadas. En el banquillo había ancianos con imagen de personas vulnerables, muchos de los cuales ya no pueden valerse por sí mismos. Por eso había más enfermeros que abogados atentos a lo que podría pasar. Casi sin voz, el presidente del Tribunal leyó la sentencia. Lo que estaba pasando le erizaba la piel a cualquiera. El relato incluía una porción de la historia más trágica del país, con los protagonistas presentes y con sus historias particulares detrás.

Físicamente en la sala se dividieron los espacios según la pertenencia. De un lado ubicaron a los familiares de las víctimas y del otro a los familiares de los acusados; todo en una sala pequeña en la que fue inútil ese intento de separar las partes.

Terminó la lectura de la sentencia con penas durísimas para 7 personas. Cuando el presidente del Tribunal concluyó el relato, hubo un par de segundos que duraron horas. No hubo festejos ni repudios; sí una congoja general. Ni venganza ni revancha. Respeto y silencio. Más de tres décadas después hubo un juicio; con garantías constitucionales para que los acusados puedan ejercer su derecho a defensa; con la ley en la mano.

Las madres vivieron parte de su duelo allí. “Ahora la gente sabe lo que pasó, lo que hicieron estas personas”, decía María de Domíguez. Facundo, que no conoció a su papá porque lo secuestraron cuando tenía 2 años, recibió la sentencia con alivio. “Pasaron 35 años, pero creo que se hizo justicia”, aseguraba el hombre.

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21 de febrero de 2018 | 15:38
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