opinión

Yo quiero ser papa, ¿y usted?

¡Al fin encontré mi vocación! Se me despertó el interés por las cosas del Señor.

Yo quiero ser papa, ¿y usted?

¡Al fin encontré mi vocación! Ya iba siendo hora... tal vez sea un poco tarde, pero nunca es tarde cuando la dicha es buena, como decía mi abuelita. Al ver los fastos vaticanos en oportunidad de la elección de un nuevo pontífice y el infartante resultado de la votación, vi la luz y no sólo una humareda. Ahí se me despertó el interés por las cosas del Señor (del Señor Bergoglio) y me declaré Papista de la primera hora. Ya sé que no es nada original lo mío, porque medio país, o mejor dicho, los medios del país están “EmPapados” como nunca se vio a partir de ese tremendo instante en que un vetusto cardenal francés mal pronunció el apellido del nuevo hombre fuerte de la Iglesia y este país crujió. Porque yo, como todos aquellos que hacemos algo para que los demás lo vean, también quisiera que la atención del planeta recayera sobre mí. Aunque me conformaría con tener encima el uno por ciento de las cámaras que estuvieron pendientes de una chimenea (y de una gaviota) durante decenas de horas; con eso ya sería demasiado.

Algo de lo mucho que encontré fascinante en este “Vaticanazo” que pegamos los argentos es ese secretismo que se impone en toda la cosa. Me resulta irresistible que se encierren bajo siete candados e instalen bloqueadores de señales digitales para que no se filtre ni un suspiro y nadie sepa qué clase se habas se cuecen. Es genial, porque eso siempre te sube el precio. No importa que no pueda salir nada nuevo de ahí adentro, que no pueda hacerse otra cosa que seguir con el mismo perro aunque tenga diferente collar; si te hacés el hermético te miran con más respeto, no hay nada que hacerle. ¡Y la ropa que usan, qué copada! Supe que cada traje de cardenal cuesta como ocho mil euros... ¡Otra que Armani y Versace! Además, se cuelgan todo tipo de adornos, y algunos parecen árboles de Navidad caminando.

También está buenísimo que en tu país de origen a todos se les llene el tujes de preguntas, y aun los que no te cruzaban pelota o te tiraban con toda la artillería tienen que agachar la cabeza y tragarse una hostia tamaño prepizza y con forma de sapo porque tu nuevo cargo te pone más allá y muy por arriba del quilombo doméstico, pero no te resta poder de fuego sino que te lo aumenta enormemente, y desde el trono de San Pedro podés fulminar a todos tus enemigos con dos palabras, dejándote la sensación de que te permitís el lujo de tirarle a los mosquitos con misiles transcontinentales. ¡Eso debe ser una verdadera maravilla! También lo es que los medios internacionales estén pendientes de todas y cada una de las pequeñeces de tu vida, que nada pero nada de lo que hayas hecho o dejado de hacer les parezca demasiado insignificante y que pagarían fortunas por encontrar a alguien más que pueda contar algo de tu existencia, sea lo que sea. Para más gloria, se puede mencionar que quien ose cascotearte con lo que sea será a su vez cascoteado mil veces más y peor por todos los demás, sin que vos, el Sumo Pontífice, tenga que mover un dedo, porque entre los convencidos, los conversos, los oportunistas y los cholulos les quiebran el cogote a los que no te quieren.

No menos encanto me produce el hecho de que uno, en ese puesto, puede hacerse el austero y el pobretón aún cuando vive rodeado de un lujo insultante, dando entre líneas un mensaje que sería “No me importa esto, me da lo mismo, yo soy un pibe de barrio”, y eso siempre garpa muchísimo frente al mundo. No interesa si después te metés en la bóveda del Banco Vaticano a revolcarte entre el oro y los billetes onda Rico Mc Pato o te la creés y le ponés GNC al Papamovil para ahorrar un poco... Acá se habla más con gestos que con hechos o palabras, y las palabras siempre son más bien oblicuas y dejan varias interpretaciones posibles (a menos que se hable de asuntos de dogma) y así siempre vas a poder quedar bien con casi todos. Para más gloria divina, sos el jefe de Estado de un micropaisito tamaño barrio que se maneja con un joystick pero que tiene un peso internacional del carajo, y donde los empleados públicos no te van a volver loco con huelgas ni vas a tener vecinos jodidos que te compitan exportando más que vos ni tenés que preocuparte por que vengan o no inversiones extranjeras. Apenas cada tanto se chifla un mayordomo y se pone a batir inconveniencias, pero siempre es muy fácil   desacreditarlo por loco, o se queda seco el santo banquito pero nunca faltará el piadoso católico estilo Michel Corleone que te tire un hueso y te saque del agua. Y si es por los casos de pederastia, el gran escándalo gran de estos días, con descabezar a tres o cuatro obispos será suficiente para que te cuelguen una medalla más, sin tener que meterte en el asunto de fondo que origina el problema y que no es otro que el antinatural celibato de los sacerdotes y la enfermiza negación del sexo que hace el catolicismo, cuestiones que hasta ahora parecen intocables. Realmente, ser Papa es una papa.

Debo agregar que desde el inolvidable cuán sacrosanto miércoles de consagración en que el arzobispo de Buenos Aires fue elegido Papa hasta hoy, y seguro que por muchos días más, ha sido un disfrute ver o intuir a los enemigos antibergoglieros (mayormente kirchneristas, se adivina) retorciéndose de furia en sus madrigueras a partir de que  supieron que el próximo Sumo Pontífice será uno con quien se han reputeado floridamente. Seguro que la “nomenklatura” Nac&Pop no lo puede tragar ni untándose la garganta con vaselina por el lado de adentro, y deben estar buscándole el pelo al huevo para minimizar este milagro producido por la fe de los argentos que hoy deslumbra al mundo. De hecho, ya algún D'elia y cierto Verbistky mandaron fruta, pero nada ni nadie podrá empañar un logro de y para todo el pueblo argentino occidental y cristiano. No mueven el amperímetro, y seguro el mismo flamante Papa Francisco lo está disfrutando y recordará con una sonrisa entre piadosa y nostálgica a sus patéticos enemigos de ayer, mientras los mira desde los celestiales ámbitos romanos que lo han convocado. Esa es otra excelente motivación para querer ser elegido Papa: ver cómo tus enemigos se fríen en su propia salsa mientras uno se regodea misericordiosamente, contemplándolos desde la altura y la distancia, e incluso muchos de ellos se inclinarán ante vos y te besarán la mano. Y te digo más: cuando tenés 65 o 70 años te consideran “joven” para el cargo, siendo que en cualquier otra actividad ya te ven más cerca del arpa que de la guitarra. ¡Hasta eso!

Y por último, pero no porque sea menos importante, hay que decir que no sólo yo, sino miles de millones soñamos con un puestito así: toda la gloria, todo el glamour internacional, todo el respeto de casi todos, cuando abrís la boca el mundo se para a escucharte, viajes a mansalva y all inclusive de por vida. Más no se puede pedir, realmente. Como decía un hereje amigo: “A este le dicen 'pontífice' porque hace puente de lunes a lunes y así no labura nunca”. Bueno, eso es una flagrante falta de respeto, pero...

Entonces, amigos, sepan ustedes que, quien suscribe, algo va a hacer en la próxima ocasión en que el sillón de San Pedro quede vacante. No tengo idea qué será, pero no se puede dejar pasar una maravilla como esa. Ya intenté ser secretario general de las Naciones Unidas y después presidente de Microsoft y no pudo ser, pero esto no me lo quiero perder. Y que sea para mayor gloria de... de quien corresponda, ya veremos. Mientras, nos volvemos a encontrar la semana que viene. Amén.

Opiniones (1)
21 de abril de 2018 | 02:34
2
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21 de abril de 2018 | 02:34
"Tu mensaje ha sido enviado correctamente"
  1. El único problema es que no puede tener una mujer como esposa... ¿O me equivoco?
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