opinión

Padecimientos mentales

La salud mental no significa ni debe definirse a partir de una institución ni un lugar de encierro.

Padecimientos mentales

El sufrimiento mental es uno de los peores síntomas a sobrellevar por una persona. Una depresión, la bipolaridad, las adicciones, entre otros, expresan en los sujetos un mensaje del cuerpo que viene de la mente. Pero lejos de ser un problema individual, el sufrimiento es antes causa social y cultural. Las “ideas de muerte”, los intentos de suicidio, la angustia crónica, la ansiedad y el estrés conviven entre nosotros, están entre nosotros y en cualquier familia. Y como para completar el cuadro de quien padece un sufrimiento mental, la víctima, en este caso, es estigmatizada muchas veces por la propia familia, el grupo de amigos, en el trabajo y en la sociedad.

La salud mental no significa ni debe definirse a partir de una institución ni un lugar de encierro. Es una imagen perimida que tiene origen en el amanecer de las sociedades industriales donde al considerado enfermo mental, al loco, se lo encierra, se lo exhibe -y excluye-  en una vidriera para diferenciar moralmente lo normal de lo patológico.

¿Quién puede tener el tupé de considerarse “normal” frente a otros? Muchos lo hacen, y esa producción del discurso que acusa es la que elimina toda posibilidad de pensar en los derechos que tiene el acusado. En todo caso, todos somos sujetos de derechos: el preso, el loco, el ciudadano común que hace su vida “normal” de lunes a lunes.

Es más fácil para la corporación médico-judicial imponer el encierro en  instituciones -que lejos están de rehabilitar- que abordar toda la complejidad de un padecimiento, sus causas sociales, culturales, familiares, que terminan por incidir en la psiquis. La enfermedad mental y/o padecimiento es producido por el sujeto como coraza de resistencia a una realidad insoportable.

Todavía se practican electroshocks, se dopa para anular, se extienden los tratamientos en neuropsiquiátricos por años. Y el resultado es que el sufriente se vuelve más loco, el que tuvo una crisis termina loco, aislado por completo de sus afectos que poco a poco van dejándolo en el depósito de almas en pena. Esos son los psiquiátricos, depósitos de almas en pena que no pueden con su pesadumbre.

Los considerados débiles sociales que acaban en esos depósitos, en su mayoría, son de origen pobre. He aquí una de las causas, la pobreza como variable social, además del entramado familiar, las trayectorias personales. La familia (aparato ideológico por excelencia a la hora de establecer la moral al interior del grupo)condena al miembro de su familia como si la misma no hubiera producido la enfermedad de uno de sus integrantes. Esa necesidad de sentirse “normales” lleva al encierro del “anormal” como resultado de la capacidad de supervivencia anulatoria de lo diferente.

Sin embargo las familias no son las únicas responsables, en primer lugar es el Estado el que debiera brindar el mecanismo para que una vez detectado un padecimiento mental se trabaje grupalmente. La salud mental es un problema colectivo. Para eso existe una ley vigente desde el año 2011 (Ley Nacional de Salud Mental 26.657), que no se ha reglamentado en las provincias, que es transformadora y revolucionaria en la concepción de la salud.

Dice el artículo 3° del capítulo II. Definición: “En el marco de la presente ley se reconoce a la salud mental como un proceso determinado por componentes históricos, socio-económicos, culturales, biológicos y psicológicos, cuya preservación y mejoramiento implica una dinámica de construcción social vinculada a la concreción de los derechos humanos y sociales de toda persona”.

La salud mental es la salud en general y no la locura exclusivamente. Desde ahí habría que partir para luego re-pensar problemáticas que no “pertenecen” al ámbito exclusivo de lapsiquiatría y la psicología. Requiere de un abordaje profesional interdisciplinario y del compromiso político articulatorio con la comunidad para trabajar miles de casos que están hoy escondidos bajo la alfombra.

Desde esta ley se plantea, por ejemplo, que cualquier servicio y efector de salud debe estar preparado para atender, además de una neumonía, una enfermedad mental, un padecimiento, una crisis, un brote sicótico. Es desde la atención primaria que debe abordase el problema, desde los Centros de Salud de cada municipio y no exclusivamente desde el Hospital Pereyra o de El Sauce, donde no dan abasto con los turnos y cuando llega alguien que intenta curarse (toda una decisión) le dan un turno diferido con un psicólogo a tres meses. Es lo mismo que decirles “Lo siento, tratá de no suicidarte en tres meses y vení”.

La industria farmacéutica, de la mano de los testigos de Jehová en que se constituyen los visitadores médicos, retroalimentan una concepción que pone el acento en el negocio de la enfermedad y no en la prevención o el seguimiento de la misma. La medicación muchas veces actúa como castigo y conveniencia de terceros más que por la necesidad del que padece.

De una vez por todas habrá que discutir este tema. Todos tenemos un sufrimiento en el placard.

Opiniones (2)
26 de mayo de 2018 | 22:56
3
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26 de mayo de 2018 | 22:56
"Tu mensaje ha sido enviado correctamente"
  1. no me censuren, este es el segundo comentario
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  2. Parece que mi comentario, al que hiciste el Papa anterior a este de la psiquiatría y psicología, te ha llegado a MDZ
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