opinión

Instante hot: los amores de verano

Historias que se viven sin pensar y que los menducos nos encargamos de condenar.

Se termina el verano. Y la charla obligada del reencuentro con cuatro amigas, luego de tres meses de no vernos, tiene que ver con las pasiones veraniegas, esas que, justo, los cinco integrantes de la charla vivimos en los primeros meses del 2013.

“A mí me parece que los mendocinos, cuando salimos de Mendoza, nos lanzamos a hacer todo lo políticamente incorrecto. De golpe nos aflojamos, nos animamos al amor efímero, nos desestructuramos y regalamos besos, hacemos locuras y se nos pierden las tablas de la ley, esas tan rígidas que acá en la tierra del sol y del buen vino seguimos a rajatabla”, dice una después de que nos contamos las aventuras de rigor.

“Pero vos fijate que también somos observadores, mirones… y si en nuestro lugar de origen nos fascina saber quién es quién, quién está, con quién sale, desde cuándo, lo que se puso, y por que se lo puso… ¡Afuera más!!!”, siguió otra, mientras las otras dos asentían.

“En mi caso, ¡menos mal que me fui a un lugar en el que no me encontré a nadie! Si esto me hubiera pasado en Reñaca, o en Viña, me crucificaban. No me digan que no es así… ¡Pobre del menduco que tira la chancleta y lo descubren! Te destrozan con la lengua”, dijo la que vivió una tórrida historia con un adonis moreno en Tulum.

No se por qué será, pero a menos ropa, hay más actitud: nos ponemos desenfadados y enamoradizos. Las endorfinas, benditas endorfinas, viajan por el aire. Se ven parejas nuevas, besos fugaces, amores de verano junto con la piel al descubierto.

Pasamos a otro tema, pero yo me quedo con una pregunta en la cabeza: ¿Por qué será que el verano llama a los amores fugaces? ¿Y por qué seremos tan condenatorios con esa situación?

Pasiones veraniegas

Tan fugaces como intensos, cuando surgen los amores de verano son tan trascendentes que son capaces de “comerse” a los demás recuerdos derivados de esas vacaciones.

Quizás sean inolvidables justamente porque duran poco, y quizás también por eso siempre dejan un buen recuerdo. Tienen gusto a aventura, a playa, a sal. Son calientes, como el sol estival… y a su vez frescos, como la brisa marina.

Antes eran propios de los adolescentes, pero en estos tiempos nadie está exento de que le pase. En vacaciones nos relajamos, nos decidimos a pasarla bien... y al cambiar de escenario y dejar la rutina, decimos sí a nuevas posibilidades y nos animamos a la pasión, aún sabiendo que la magia de un romance se puede terminar el mismo día en que se vence nuestro pasaje de vuelta.

Porque, seamos realistas: en vacaciones, y con todas las energías puestas en el objetivo de divertirse… ¿Quién quiere estar pensando en el futuro de una relación que, fortuitamente, sin ser buscada, acaba de empezar? Me parece que en esa sensación de libertad extrema radica el éxito de los amores de verano. Vienen sin reglas ni títulos. Son para disfrutar sin culpa y para recordar todo el año.

Se me ocurrió preguntarle a un par de amigos psicólogos sobre el tema, y me explicaron este fenómeno de los amores estivales muy sencillamente: se trata de un tiempo y espacio en donde cada uno se permite ser diferente. Acepta esas reglas de juego y hace cosas que el resto del año no estaría dispuesto a hacer.

Es como darle franco a nuestros preconceptos amorosos, es aceptar que una relación comenzada a orillas del mar no durará más de quince días y así, igual, llevarla adelante.

Como un chapuzón en el mar: es cortito y sabés que no se puede repetir todos los días, pero el rato que dura es casi perfecto.

Las parejas que viven los romances de verano saben de que se trata y por eso viven su pasión con más intensidad. Es tiempo de diversión pura. Hasta las actitudes que en la rutina podrían ser causa de enojo, en una relación de verano se ven hasta divertidas.

Por eso me parece patético los que critican a la que vieron “comiéndose un flaquito que hablaba no sé en qué idioma”, o al que “se pasó las vacaciones dando vueltas con un gatito que andá a saber quién es”. ¿Quién no recuerda con una sonrisa una aventura veraniega? ¿Quién ha podido olvidarlas, aún después de casado o de estar en pareja?

Los amores de verano valen la pena, siempre y cuando sepamos cuidarnos y saber decir adiós a la hora señalada. Si el romance perdura más allá de las vacaciones, entonces tendrá un valor agregado. Pero si no… ¡Qué bueno al menos haberlo experimentado!
Opiniones (2)
23 de junio de 2018 | 12:59
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23 de junio de 2018 | 12:59
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  1. Amigazo Crocce: El problema es que, para las mujeres, no existen los amores de verano, ni de invierno, ni de otoño. En el fondo todas tenemos el complejo Susanita no resuelto y en algún momento soñamos que ese, ese que sólo quería sexo ocasional, ese que no sabe ni nuestro nombre, es el príncipe azul que estaba escondido y que, por fin, lo encontramos. Las mujeres decimos "no importa lo que dure" o "lo que dura, dura". Mentís mecha !. Soñamos con el auxiliador mágico de Eric From. Un hombre es el responsable de que se nos acaben los problemas. Y cuando lo tenemos, se nos duplican los problemas porque tenemos una boca más para alimentar, más calzoncillos para lavar, etc. Qué bueno sería que los amores de verano fueran sólo amores de verano. Pero, a las mujeres por lo menos, nos tendríamos que cambiar el ADN
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  2. El verdaderlo asunto es que somos una sociedad pacata e hipocrita. Si se tiene eggs para tirar la chancleta en verano ... por que no hacerlo todo el año. Hay que aprender a vivir de verdad, no con el que diran encima
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