opinión

Leopoldo Marechal y el tango

Graciela Maturo escribe sobre la relación del escritor con el tango o, con mayor amplitud, con la cultura popular.

Quiero recordar, en breves trazos, la  relación de Leopoldo Marechal con el tango o, con mayor amplitud, con la cultura popular. En efecto, Marechal, como sabemos,  no es un letrista de canciones populares sino un escritor compenetrado de la cultura popular, sus valores y sus modos de expresión, que escribió algunas letras y, sobre todo, reinterpretó en sus obras el espíritu popular.

Recordemos que Leopoldo, primogénito de una familia modesta de origen francés y vasco-español, se crió en los porteñísimos barrios del Abasto  y de Villa Crespo. Nació en la calle Humahuaca al 4000 en una casa que ha sido demolida, y se trasladó con su familia, a los diez años, a la calle Monte Egmont, actualmente llamada Tres Arroyos. Ambos barrios fueron en esos tiempos barrios muy populares, en particular el de Villa Crespo, lindero del arroyo Maldonado, donde se instalaron curtiembres y otras industrias que  atrajeron una población obrera, en gran medida inmigratoria.  Como puede verse en las páginas de su novela Adán Buenosayres, convivían allí italianos, gallegos, árabes, rusos y polacos judíos, juntamente con criollos de Buenos Aires y algunos provincianos, en una vida callejera que facilitaba la  mezcla de idiomas y costumbres. Esta mezcla cultural dio vida al sainete, uno de los géneros de mayor vitalidad en el teatro argentino, género que evolucionó del pintoresquismo inicial al grotesco, con su carga tragicómica. 

Quiero significar que Marechal, desde muy joven, vivió la atmósfera del tango:  fue según cuentan un gran bailarín, frecuentó los cafés, las parrillas y otros lugares de reunión y tertulia de barrio, al mismo tiempo que  iniciaba muy joven su actividad como empleado de la biblioteca Alberdi, y su labor como maestro de escuela en la calle Trelles.

Su vocación intelectual de autodidacta empecinado no le impedía compartir, por destino familiar y por sensibilidad, la vida de los suburbios de Buenos Aires. Al entregar, con sus poemas,  una breve reseña autobiográfica para la antología llamada Exposición de la poesía argentina actual, de Pedro Juan Vignale y César Tiempo, se definía como boxeador, mencionando así otra de sus actividades barriales. 

En 1917, con sólo esa edad pues había nacido con el siglo, pudo conocer al morocho del Abasto, que por entonces estrenaba el tango Mi noche triste, con letra de Pascual Contursi y música de  Pascual Castriota.  Según Eduardo Romano, esta fue la primera letra importante que abre la poética literaria del tango, el cual,  como se sabe, era inicialmente musical y bailado, más propio de ambientes suburbanos y de mala vida que de las clases medias o ilustradas. Pero la cultura popular ha mostrado siempre su vitalidad creativa, y de ella han tomado sus mejores estímulos  los creadores de todo tiempo. Lo decía el francés Ansermet, cuando vino a Buenos Aires en los años 20, al recordar que los músicos europeos tomaban motivos folklóricos y los estilizaban, generando creaciones nuevas.

Pensemos que en esas primeras décadas del siglo, al mismo tiempo que escuchaba y bailaba el tango, Leopoldo era un lector infatigable que descubrió las epopeyas homéricas en traducciones españolas y francesas, leía la Biblia y descubría la poesía a través de  Rubén Darío, - en ediciones que tanto en vida como después de su muerte popularizaron al vate, nombrado en letras de tango-así  como a los argentinos Lugones, Banchs, Carriego, Ricardo Güiraldes (El cencerro de cristal, 1915) y Baldomero Fernández Moreno (Ciudad, 1917). Sus lecturas abarcaban también textos de Federico Nietzsche, traducidos y editados en España, y las obras de don Ricardo Rojas, ese notable historiador y americanista, autor de Eurindia y Blasón de Plata.

 Todo ello lo conocemos por el primer libro de Leopoldo, titulado Los Aguiluchos, que publicó su amigo Manuel Gleizer, editor villacrespense. Por entonces la calle Corrientes, cuya historia escribió Marechal, era una larga calle empedrada que se llamó Triunvirato y que vinculaba a los barrios periféricos de Villa Crespo y Chacarita con el centro de la ciudad. Transitada por el tranvía y por pesados carros ambulantes, era la calle por donde venían los sepelios en dirección al cementerio popular, habilitado en el tiempo de las epidemias a fin del siglo anterior.  Por esa calle transitaba Leopoldo, a pie o en tranvía, cuando después de publicar su primera obra poética, rubendariana y “modernista”, empezó a vincularse con un grupo de jóvenes escritores que se reunían en el Royal Keller, o en otros cafés del centro de Buenos Aires. Era el tiempo del presidente Alvear, que significó,  luego del ascenso del radicalismo al gobierno de la República, un período de bonanza por la postguerra mundial, y cierta alianza de clases más tácita que explícita, propiciada por las   buenas  condiciones económicas de un país proveedor de granos y de carnes, donde sólo marginalmente  se manifestaban los conflictos sociales.

Marechal conoció en esos nuevos grupos a quien sería su gran amigo de juventud, Jorge Luis Borges, apenas llegado de Europa, donde había pasado  los años de su adolescencia, y a otros jóvenes poetas influidos por la explosión de la vanguardia europea y en especial por el ultraísmo español: Brandán Caraffa, Eduardo González Lanuza, a quienes se sumaron después Paco Luis Bernárdez,  Ricardo Molinari, Raúl Scalabrini Ortiz, Oliverio Girondo, Norah Lange , el pintor Xul Solar, y Jacobo Fijman, personajes a los cuales inmortalizó en su ya citada novela, que dirige a sus camaradas martinfierristas con una sonrisa cómplice y a la vez crítica y distante, cuando la publica en 1948 luego de trabajarla durante 18 años.

Recordemos cuál es el motivo de esa dedicatoria. Sus compañeros de generación, nucleados primero en la revista Proa, luego en Prisma y otras aventuras, y por fin en la memorable publicación Martín Fierro, dirigida por Evar Méndez, estaban ansiosos de criollismo y de identidad nacional, lo cual no era siempre genuino ni productivo. En Marechal esta inclinación era  connatural a su formación, y determinó su conducta política que lo separó al fin de sus mejores camaradas, mientras en otros no pasó de ser algo efímero, una búsqueda estética de color local.

Esos camaradas emprendían el viaje hacia Villa Crespo, frecuentaban sus bares y  parrillas,  así como otros  lugares non santos,  y visitaban a los editores barriales para publicar algunos de sus libros. Algunas tardes o noches, como lo describe Marechal, emprendían ciertas excursiones a barrios aledaños como Villa Ortúzar y  Villa Urquiza, donde hallaban compadres, orilleros, pisadores de barro, o se llegaban al barrio de Saavedra, donde vivía Norah Lange con su familia. Todo ello ha sido poetizado y transformado en una creación mitológica por Marechal. . Al recrear el barrio  de comienzos de siglo, con ese  clima  de sainete que caracteriza el comienzo de Adán Buenosayres, glosa la letra de Flor de Fango, uno de los  tangos con letra de Contursi y música de Gentile, estrenado en 1917. Su personaje es la muchacha de barrio, la milonguita de otras canciones posteriores,  flor vulnerable de su medio precario, siempre  amenazado por el doble flagelo de la miseria y la corrupción.

Marechal mezcla los personajes típicos con otros claramente estilizados, mitológicos o literarios, lo cual nos habla de su adelantamiento de época   - en el 48 -  a la estética luego desplegada por  la “ nueva novela hispanoamericana”, con sus ingredientes de farsa, sátira, lirismo, y descripción simbólico- realista .

Algo más debemos apuntar. Además de glosar, parafrasear e incorporar expresiones del tango, Marechal incorpora a sus novelas expresiones del folklore campero, que por los años diez o veinte no estaban tan alejadas del  tango; por el contrario, Gardel, como también Magaldi,  se iniciaron  con este repertorio. Cielitos y vidalitas asoman en las páginas de Marechal, ya sea como estribillos del autor  o en boca de sus personajes.

En otras obras del escritor podemos seguir este espíritu popular y tanguero, que no excluye el humor, una de las vetas típicas del tango y de todas las expresiones populares. Son tendencias que Marechal representó en alto grado y supo teorizar en algunas de sus conferencias.

La  glosa del tango continúa en sus dos novelas El Banquete de Severo Arcángelo y Megafón o la guerra, especialmente en esta última. Pero es sobre todo en su sainete metafísico, La Batalla de José Luna, donde Marechal introduce plenamente el clima y los personajes barriales, las expresiones del lenguaje popular, el efecto cómico y la glosa tanguera, sin que esto prive a esta obra de su densidad teológica.

Para finalizar, incluiré dos letras populares de Marechal, que no dejan de ostentar su vuelo poético y su proyección metafísica. Una es la letra de una chacarera, que dimos a conocer en nuestro libro Marechal: el camino de la Belleza, en 1999. Se titula Chacarera de los árboles nuevos:

Chacarera, cuando plantes

un arbolito en el Norte,

regalarás a la Patria

cien manojitos de flores.

 

Cuando plantes, chacarera,

un arbolito en el Este,

la Patria y tu corazón

serán dos frutas alegres.

 

Chacarera, cuando plantes

un arbolito en el Sur,

tendrá el árbol más frescura

y los desiertos más luz.

 

(Aura)

 

Chacarera, chacarera

de los arbolitos nuevos,

que los pájaros se alegren

y que sonrían los viejos.

 

Cuando plantes, chacarera,

un arbolito en el centro,

les  mostrarás a los niños

la escalerita del cielo.

 

Chacarera, cuando plantes

un árbol en el Oeste,

ya prometerás el fruto

entre las hojitas verdes.

 

Cuando plantes, chacarera,

en los caminos un árbol,

que lo anuncien las guitarras

y que bailen los muchachos.

 

(Aura)

 

Chacarera, chacarera

de los arbolitos nuevos,

que los pájaros se alegren

y que sonrían los viejos.

 

     (Letra de Leopoldo Marechal con música de Alida Otharán de Barceló)

La otra es una letra que  escribió, convocado por su amigo Ben Molar, en 1966, para una grabación  titulada Catorce escritores con el tango.

 Lleva por título  La mariposa y la muerte.

Una vez mi corazón

dijo en son de profecía

cuando yo empecé a quererte,

que sobre tu mediodía

puede girar la canción

la mariposa y la muerte.

              II

Subía al cielo, subía

la rosa en su elevación,

y sobre aquel mediodía

pudo girar la canción.

al mediodía, orgullosa,

no se negaba la rosa,

y en su ambición le ponía

su cerco a la mariposa.

ya en su ardiente mediodía,

la rosa tentó la suerte,

y llevársela quería,

en su caballo la muerte.

               I Bis

Y no llora el corazón

lo que lloró en profecía

cuando ni soñé perderte,

que sobre tu mediodía

pudo girar la canción,

la mariposa y la muerte.

 

     (Letra de Leopoldo Marechal compilada por Ben Molar en Catorce con el tango, con música de A. Pontier)

  

Bibliografía

Antología del tango rioplatense, Vol. I, Secretaría de Cultura de la Nación, 1980.

Vol. II Instituto Nacional de Musicología Carlos Vega, 1987.

Gobello, José; Bossio, Jorge: Tangos, letras y letristas, Plus Ultra, Buenos Aires, 1975.

Gobello, José; Stillman, Eduardo: Las letras de tango: de Villoldo a Borges, Brújula, Buenos Aires, 1966.

Pellettieri, Osvaldo: Historia del Teatro I y II, Galerna, Buenos Aires.

Romano, Eduardo: Las letras de tango en la cultura popular argentina, Clarín, 5-V-1975.--- Las letras del tango. Antología cronológica 1900-1980, Fundación Ross, 1998.--- Sobre poesía popular argentina, CEAL, 1983.

Sábato, Ernesto: Tango, creación de Buenos Aires, 1963.

Sareli, Jorge: Libro mayor del tango, Diana, México, 1974.

Ulla, Noemí: Tango, rebelión y nostalgia, Álvarez, Buenos Aires, 1967.

Villariño, Idea: Las letras de tango, Schapire, Buenos Aires, 1965.

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25 de abril de 2018 | 00:21
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25 de abril de 2018 | 00:21
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  1. excelente, monumental, Graciela Maturo. la abuela de mi jermu, la bisabuela de juanita. un orgullo para la familia. gracias!!!
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