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La hora de los pueblos

Chávez está afuera del escenario del poder en la región, lo que abre enormes interrogantes pero se presenta como una oportunidad para los sectores que, dentro y fuera de Venezuela, pugnan por dar una vuelta de campana a la fluida situación política. Los riesgos inminentes en Caracas, Brasilia y Buenos Aires.

La hora de los pueblos

La salida de Hugo Chávez del escenario político regional tendrá, indefectiblemente, una serie de consecuencias en todos los órdenes. Nos importa analizar las que, por su impacto, podrían influir en el desarrollo del proceso que tiene lugar en la Argentina, cuyo gobierno priorizó en sus relaciones internacionales la alianza con los países del Mercosur, en particular con Brasil, y con el presidente venezolano.

Chávez sobrevivió más de un año a una enfermedad que, cuando se le declaró, conmovió al esquema que armó en casi 15 años de ejercicio del poder. Aunque la influencia efectiva del chavismo en la región es todavía tema de discusión, ya se escucha a analistas dando por descontado que Brasil aumentará su peso regional y que, casi en términos físicos más que políticos, el presidente ecuatoriano Rafael Correa tomaría la posta del liderazgo vacante. Estas elucubraciones superficiales no avanzan sobre las derivaciones internas del final de época en Venezuela, donde la incertidumbre es igual de marcada en el oficialismo y en la oposición.

La herencia casi obligada y de urgencia de Nicolás Maduro, vicepresidente y canciller de Chávez, exhibe la incapacidad de la conducción política del Estado para producir un recambio natural. La búsqueda de protagonismo de Diosdado Cabello, el presidente del Legislativo venezolano, anticipa una disputa hasta ahora soterrada por la sucesión política del chavismo, aunque el propio Chávez designó a Maduro como su sucesor.

La incertidumbre sobre el futuro en la región está atada a la ausencia de perspectivas políticas. Si Chávez deja su lugar no hay quien vea ahora mismo un reemplazante en toda la línea.

En cuanto a la Argentina, además del generado en la última década entre Cristina Kirchner y Chávez, el vínculo principal lo han venido sosteniendo en todos estos años el propio Maduro y el ministro de Planificación, Julio De Vido. Aquí, de nuevo, importa conocer cómo fluye la situación interna pero está claro que, con la certeza de que Chávez difícilmente pueda volver a ejercer el mando, la puja de las fuerzas internas en Venezuela puede afectar aquella íntima relación, tanto política como comercial, que se ha venido desarrollando hasta ahora.

No obstante, para quienes ya se relamen con un cambio copernicano de la situación política, tanto en Venezuela como en Argentina, bueno sería hacer una serie de consideraciones.

La primera, que desde el poder es más fácil administrar crisis que desde el cómodo palco de la oposición. La segunda, que no basta con que las condiciones objetivas se acumulen para dar vida a una revolución. Los ejemplos surgen con naturalidad pero no es vano recordar que no alcanza con la caída de un régimen para garantizar el nacimiento de otro, sea del signo que sea. En esencia, el fin del chavismo reclama más que la salida de escena de su líder. Hace falta la construcción de un movimiento político y no de una alianza de apuro. De hecho, algunos de los líderes de la oposición, el más significativo es aún Henrique Capriles, se han esmerado en los últimos días por mostrar moderación frente al duro momento que atraviesan las fuerzas chavistas y su líder enfermo.

Volviendo a quienes creen que se avecinan tiempos de un cambio radical, lo mismo se pensó cuando falleció el ex presidente Néstor Kirchner, en octubre de 2010. Los meses previos a la muerte del líder del kirchnerismo lo mostraban a punto de perderlo todo. Las encuestas anunciaban una derrota aplastante a manos de la oposición, con énfasis en el propio peronismo. No hace falta rememorar la historia de aquellos meses y de los siguientes, en los que la viuda de Néstor se ajustó el “corcet” del poder y terminó logrando un triunfo electoral demoledor. Mucho se ha hablado de la influencia que tuvo la salida de Kirchner del escenario político local para “parir” el cristinismo.

La incertidumbre sobre el futuro en la región está atada a la ausencia de perspectivas políticas. Si Chávez deja su lugar no hay quien vea ahora mismo un reemplazante en toda la línea. Los liderazgos personalísimos dejan huella y es bien difícil prescindir de ellos cuando se desata una crisis.

Para la Argentina, el postchavismo es un galimatías complicado de resolver. El nuevo diseño del Mercosur, con Chávez adentro, tenía ventajas y desventajas para todos los integrantes. Dilma Rousseff y su mentor, Lula, siempre se vieron como los garantes de la moderación del bloque y casi consideraban “folclóricos” los arrestos “anti-imperialistas” del presidente bolivariano. Lo consideraban un exéntrico pero era “nuestro exéntrico”, como señaló a esta columnista uno de los influyentes de la política exterior brasileña parafraseando al presidente estadounidense que así hablaba del dictador Anastasio Somoza padre, aunque el adjetivo era otro. Tanto Brasil como Argentina tenían a Venezuela como el hermano díscolo que, en última instancia, podían controlar. El hecho mismo de impulsar su incorporación al Mercosur tenía como base esta matriz de pensamiento. Chávez, con sus buenas y sus malas, era quien mandaba en Venezuela. Y lo hacía con la legitimidad de los votos, como quedó palmariamente demostrado otra vez en octubre pasado.

Venezuela y el ALBA (la alianza más radical que integran Ecuador, Nicaragua, Cuba y otros países) suponían un bloque con posturas más altisonantes pero sin peso económico ni político en la región. Lo verdaderamente significativo era el Mercosur, y Brasilia y Buenos Aires podían decir que tenían todo bajo control, mucho más si los miles de millones de dólares de intercambio pasaban por los dos grandes del bloque y la primera potencia mundial en reservas de petróleo.

Lo que verdaderamente se juega en el postchavismo es si los dirigentes de los tres países hicieron las cosas como para garantizar una transición ordenada, sin barquinazos. La clave está, de nuevo, en la manera en que metabolicen internamente el fin de época de Chávez en el poder en la propia Venezuela, un país que puede ser revulsivo para toda la región o el catalizador de un futuro de provecho mutuo.

Las derechas del subcontinente, con mayor o menor desarrollo, tienen la oportunidad de mostrarse como sostenes y también como alternativas de los procesos democráticos populistas que llevan ya una década de vida. El propio Capriles parece haber entendido mejor que muchos, en clave local, que su oportunidad no puede nacer muerta. Y que si decide esperar su momento puede que éste llegue naturalmente como producto de un proceso que por un parto rápido, forzado por las viejas guardias facciosas.

Tan trascendental es la hora que atravesamos.

Opiniones (1)
26 de mayo de 2018 | 12:44
2
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26 de mayo de 2018 | 12:44
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  1. Parte de una apreciación equivocada. El chavismo tiene raíz militar y quince años ejerciendo. El kirchnerismo justamente tuvo la oportunidad de seguir solo por la muerte del bizco, si hubiera seguido vivo, hoy ya sería historia. Todos los unicatos personalizados desaparecen sin línea de sucesión aceptable y la que tiene la viuda es de cuarta.
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