opinión

Leer como revancha

Una nota de Claudia Piñeiro.

“Con los libros no hay amabilidad, esos amigos
nuestros, si pasamos la noche con ellos, es porque
realmente así lo deseamos”.
Marcel Proust.

Soy  lectora caótica y bulímica. Puedo estar leyendo tres o cuatro libros a la vez. Me voy a la cama llevando conmigo distintas opciones y recién en el momento de abandonarme a la lectura decido qué leer y qué dejar para otro día. Al costado de mi cama, arriba de un baúl junto a un espejo, en mi mesa de luz, a veces sobre las sábanas entre quien duerme conmigo y yo, hay libros. Ensayos, novelas, teatro, cuentos, literatura infantil. El caos elegido responde a patrones que nadie puede entender más que yo misma. Avanzo un capítulo de un libro y cuando siento que el sueño va a vencerme lo cierro y abro otro, especulando con que el cambio me mantendrá activa unos minutos más.

Sin embrago, si una de esas noches siento que el libro que estoy leyendo me suelta definitivamente, si esa cuerda por la que me tenía atada se afloja o desvanece, no tengo ningún reparo en cerrarlo y no abrirlo nunca más. Suscribo  los “Derechos imprescriptibles del lector” que redactó el autor francés Daniel Pennac  en su libro  Como una novela, cuyo enunciado número tres proclama: El derecho a no terminar un libro. Al rato estaré abriendo otro, con la esperanza de que ése sí me tenga atada de su cuerda hasta el final, y no me suelte.

Justamente es la imagen que propone el escritor yugoslavo  Milorad Pavic para describir la relación entre un autor y un lector la que más me identifica en cualquiera de los dos aspectos, como quien lee o como quien escribe: “Entre al autor y el lector hay dos cuerdas tirantes que sostienen en el medio a un tigre. Ninguno de los dos puede aflojar la tensión, ni perder una posición diametral, de otro modo el tigre los devoraría”. A uno o al otro. Al lector o al autor.
Pero mi  desesperación por robarle tiempo a lo que sea para seguir avanzando las páginas del libro,  esa curiosidad por saber qué lee alguien en la mesa vecina de un bar,   la costumbre de andar preguntándole a mis amigos qué estuvieron leyendo últimamente, o el afán por contagiar mi obsesión lectora a quienes me rodean, es algo que no me viene de mi primera infancia. De chica leí menos que muchos otros. No leí Alicia en el País de las Maravillas cuando debí leerlo, no leí la Isla del Tesoro ni Sandokan cuando debí leerlos, ni siquiera Mujercitas me llegó a tiempo. Sí es cierto que de niña escribía, mucho, pero la lectura apasionada entró en mi vida bastante más tarde. Necesité leer para poder escribir. Cuando descubrí el placer de la lectura me lamenté no haberlo descubierto antes,  y me lancé a la alocada carrera lectora tratando de recuperar el tiempo perdido.

¿Por qué nadie me había avisado que estaba ese mundo al alcance de mi mano y yo no lo había hecho mío? ¿O me lo dijeron y no supe escucharlo? ¿O me lo dijeron por obligación, sin trasmitirme la pasión necesaria? Nunca lo sabré. Lo que sí sé es que tuve mi revancha. Por eso cuando algunos dicen que la causa de la lectura está perdida si a los chicos no se los acostumbra a leer desde una edad temprana, yo disiento. A cada niño le toca los padres que le toca, y quizás sean padres amorosos, dedicados y protectores, pero no lectores. Tal vez tampoco la escuela logre el objetivo. Pero si un niño no recibe esa iniciación en el momento que la merece, todavía hay opciones. Tal vez para él, como fue para mí, el destino le tenga reservada una revancha. Cómo, por qué y cuándo, no lo sé. Creo más en la magia de un momento arbitrario en que alguien se hace lector hasta por azar, que en el dedo índice levantado diciendo: hay que leer.

No recuerdo que mis padres me leyeran en la cama. No recuerdo que me regalaran libros para mis cumpleaños. Pero cuando me veían aburrida no me mandaban a ver televisión sino que me llevaban al quiosco y me compraban una historieta. En mis primeros años de lectura la ficción, el folletín, la narración por entregas, entró a mi vida gracias a las historietas. Mis preferidas eran Patoruzú, e Isidoro Cañones. Esas fueron mis primeras compañías. También las fotonovelas. Y un poco más tarde los relatos que me hicieron leer en la escuela, muchos de los cuales todavía recuerdo.

Cuando le preguntaron al escritor italiano Ferdinando Camon por qué escribía, el respondió: “Escribo por venganza. Todavía, dentro de mí, siento esta venganza como justa, santa, gloriosa. Mi madre sabía escribir sólo su nombre y apellido. Mi padre, apenas un poco más. En el pueblo en que nací, los campesinos analfabetos firmaban con una cruz. Cuando recibían una carta del municipio, del ejército o de la policía (nadie más les escribía), se asustaban y acudían al cura para que se las explicara. Desde entonces sentí a la escritura como un instrumento de poder. Y soñé siempre con pasar del otro lado, poseerme de la escritura, pero para usarla en favor de aquellos que no la conocían: para cumplirles sus venganzas”.  Algo de lo que dice Camon me representa.  Y no sólo en la escritura sino también en la lectura. Tal vez la palabra que yo elegiría sería “revancha”, en lugar de “venganza”. La sensación de que siempre hay una oportunidad. Leer como revancha.

Hace unos años estuve invitada a un colegio de educación secundaria para adultos donde leyeron Tuya, mi primera novela. El curso estaba integrado por personas mayores de edad que por distintos motivos no habían tenido oportunidad de terminar la escuela secundaria. Un señor de pelo canoso, tal vez uno de los más grandes del grupo, me dijo: “Lo que más me gustó de tu novela es que la pude leer completa, es la primera vez que termino un libro, yo creí que nunca lo iba poder hacer. Ahora que sé que puedo, voy a seguir con otro”.

El señor de la escuela para adultos tuvo su revancha, como yo la mía.

Fuente: Télam

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