opinión

El Moscú de Lenin muerto y la otra Nadezhda

A veinte años de la caída de la URSS, nuestro columnista Marcelo Padilla, quien estuvo de paso tres días en Moscú en 1990, nos retrata con un cuento que integrará su próximo libro a editarse en 2012, los últimos destellos comunistas.

El Moscú de Lenin muerto y la otra Nadezhda
Los que llegamos a Moscú éramos argentinos huyendo de la tierra. Aquí se separaban nuestros destinos: unos partirían hacia Frankfurt, otros hacia Madrid y algunos a Roma. En mi caso, bastante particular, el destino era Amsterdam y por eso yo debía esperar tres días en la capital rusa hasta que se completara un vuelo que me trasladaría a Holanda.

Nunca imaginé que esta escala sería tan larga. Después de Ezeiza las paradas habían sido cortas: apenas unas horas en Recife, Cabo Verde y Argel, con el sueño cambiado y unos whiskys de más (noche en Buenos Aires y amanecer en África). Sin embargo, tres días completitos en Moscú eran para mí un regalo nada despreciable de los últimos resabios comunistas de Aeroflot. Hotel y comida pagos y hasta una visita turística por los sitios más simbólicos de la ciudad a cargo de un guía cubano, fue lo que me ofrecieron. Vería el monumento al Soldado Desconocido de la Segunda Guerra, la tumba con Lenin embalsamado, el Teatro Bolshoi, la Plaza Roja, el increíble y fugaz cambio de guardia en el mausoleo del líder del 17, las cúpulas zaristas y la campana gigante caída sobre un rincón de la inabarcable plaza. No me podía quejar, qué va.

Conocer Moscú gratis era en realidad una gran oportunidad: mis veintidós años me sentaban bien y meses antes de partir de Argentina había estado leyendo para una materia de la facultad “El Estado y la revolución”, “El izquierdismo: enfermedad infantil del comunismo”, “Las dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática” y “Qué hacer”, textos del propio Vladimir Ilich Ulianov (Lenin). Intuía que –pese al retraso en mi llegada a Holanda- lo que viviría ahí  sería una grata experiencia. ¡Y vaya si lo fue! 

A veces pienso que no existe más que el pasado que nos constituye y que el futuro no existe o que, en todo caso, resulta sin más del pasado. Me encontraba en el año bisagra de 1990. Estaba solo, de vagabundo, con ganas de vivir a pleno. Frente a las puertas del Kremlin, bajo una porfiada lluvia, unas cuantas carpas armenias instalaban desde hacía meses su protesta. El presidente Mijaíl Gorbachov tenía los días contados, habiendo intentado su gobierno dos reformas estructurales que no dieron fruto: la tímida Glasnost y la afamada Perestroika. Caído el año anterior el muro de Berlín, la URSS no resistiría la embestida ideológica capitalista a escala mundial y la crisis político-económica. La “guerra fría” había terminado y el capitalismo occidental se adueñaba de casi todo el planeta. Y en Argentina, apenas entrado al gobierno, el Menem del “salariazo” y la “revolución productiva” daba un brusco giro hacia el neoliberalismo salvaje. Pestes de época. Era un buen momento para dar vueltas por ahí. Además (o principalmente) unas polleras me esperaban en el país de los tulipanes. Y yo iba por ellas, dejando todo, dispuesto a enfrentar cualquier hostiazo. Perdido por perdido.

El movimiento liberal ruso encabezado por el vodkadependiente Boris Yeltsin entraba en la historia arrasando con más de setenta años de integración de las repúblicas devastadas por la burocracia estalinista. Cierto es que por aquella época, los estragos del estalinismo habían calado profundamente en la sociedad. Sin vuelta atrás. O tal vez sí. Quién sabe. A los pocos meses, las elecciones coronarían a Yeltsin como el primer presidente pro-capitalista de la inmensa Unión Soviética. El desmembramiento sería inminente. Una escalada separatista, por efecto dominó, haría estallar en mil pedazos -o en mil países- el sueño hipertrofiado de la generación del 17. La nueva ola atravesaría cual tsunami a la URSS y luego a los demás países del denominado “socialismo real”: caerían Polonia, Bulgaria, Hungría, Rumania, Yugoslavia y Checoslovaquia entre otros. Pero volvamos a Moscú.

Por aquella década y más concretamente durante mi estadía de tres días, era imposible tomar una cerveza en un bar, por la sencillísima razón de que no existían los bares ni tampoco los comercios, tal como los concebimos nosotros por estos lares. En la zona céntrica de Moscú, vi dos publicidades: una de Paco Rabanne y otra de Pepsi. En medio de una iconografía descolorida, los carteles parecían impostados aunque ya instauraban toda una señal de lo que vendría meses después.

Me orientaba con precaución pero sin miedo por la ciudad colosal. Tomaba metros, taxis y caminaba, siempre con la llave de la habitación del hotel en mi bolsillo. Imposible perderla: estaba enganchada con un aro a un pedazo de madera del tamaño de un celular de los viejos. Un despropósito soviético, aunque simpático. Buceaba solo por las calles en busca de una cerveza helada. Nadie hablaba en otro idioma que no fuera el ruso y yo no tenía referentes ni informantes y menos traductores.

En la puerta de un hotel encontré a un colombiano salvador, estudiante de la Universidad Patricio Lumumba, que finalmente me reveló atajos y escondrijos. Tenía que visitar los hoteles, me dijo: siendo extranjero, podría sentarme en el desierto de sus salones majestuosos a tomar champagne por un dólar, comer caviar negro y escuchar balalaikas hasta ponerme en pedo y tirar copas por detrás del hombro. Una vez que hube seguido sus instrucciones al pie de la letra en el primer hotel que encontré, vino un fornido mozo con mostachos para echarme a las patadas y putearme en ruso. En segundos, llamaron a un guardia militar que me revisó por todos lados y me pidió el pasaporte y la visa de tránsito. Los vagos la hacían corta. Nada de diplomacia. ¡A tomar por culo! me dije, pensando ya en buscar otros hoteles.

Bajé como pude las escaleras desde el tercer piso y, por fin, me topé con la puerta de salida. Caminé tres cuadras a la derecha, sin saber dónde podría recalar. Vuelto a la deriva luego de la expulsión, seguí en busca de motivos para perder el tiempo. Como iba solo, tomé una decisión arbitraria e inconsciente: andar sin sentido ni causa alguna, por las veredas anchas y las grandes avenidas para peatones. En todo caso, huir de aquel sitio, como lo hacía de Argentina pero a menor escala, por unas cuadras. De fondo, todavía resonaban las estridentes balalaikas del salón fastuoso que acababa de dejar.

Extraviado por el champagne, reflexioné iracundo: “Vivimos huyendo, hacia adelante. Y eso no puede ser tan malo”. “Huir hacia adelante es una de las formas de ir por el pasado, construyéndose permanentemente”, intenté a modo de justificación. Llevaba día y medio en Moscú y ya parecía una vida de excesos y sorpresas. Me propuse estrujar a pleno la otra mitad de mi estadía en el año bisagra de la Unión Soviética.

En el centro de la Plaza Roja divisé un nutrido contingente de curiosos y una larga cola. Antes de preguntar por el caso –cosa dificultosa ya que todos los presentes hablarían en ruso- me sumé a la fila para no perder más tiempo y para interesarme o contagiarme del fisgoneo grupal. Ya me enteraría. Usé la espera para un descanso reparador mientras agudizaba el voyeurismo y desentrañaba esas caras de la gente que allí aguardaba, paciente, su turno de entrada.

Me sentía invisible, por momentos percibía una especie de desaparición. Estaba allí pero no del todo. Quería irme, pero no completamente. Una forma de invención de la soledad inmaterial de cuerpo presente. No sé, algo de eso dijo Paul Auster en “La invención de la soledad”. Pero… estaba desvariando por la ciudad. En ello se me iba la escala. Devaneos, alcohol y corajeada para entrar a los sitios y comunicarme. Era un espectro argentino desconocido. Haría lo que pudiera para experimentar sin desaparecer del todo. No quería por nada del mundo comprar experiencias: las quería llevar a cabo por mi propio morro. Tal vez vivir las experiencias y luego contarlas sea la última resistencia que nos queda frente al capitalismo cultural que mercadea experiencias. En fin, en todo caso, quería ser yo mismo el que las vendiera o al menos el que las compartiera.

De vuelta a la fila. Llevaba un pulóver atado en la cintura y un guardián se acercó y me señaló, como si diera una orden de fusilamiento a un pelotón preparado para vaciarme cuarenta kalashnikovs. En realidad, el tipo me estaba intimando a que me sacara el pulóver de la cintura, a que no fuera como ésos que no se sacan el sombrero en un velorio. Y con razón: la larga cola en el centro de la Plaza Roja era ni más ni menos que para visitar el mausoleo en el que Lenin yacía embalsamado desde su muerte en 1924. De ahí, la liturgia y el silencio. Me quité el pulóver y esperé mi tiempo bajo una ventisca permanente.

Aguanté dos horas de fila y por fin me encontré con el pórtico principal de acceso. Ahí estaba el hombre, en una caja de cristal, acicalado por muchos años con el mismo traje negro. Yermo, con el puño derecho cerrado y su mano izquierda ligeramente abierta. Nadie podía tomar fotos, ni filmar, ni detenerse frente al muerto. Una larga cola sólo para dar unos pasos cansinos alrededor del líder de la Revolución Rusa del 17 y volver al pórtico de salida. Segundos de oro en que las retinas monitoreaban intentando grabar todos los detalles del difunto: su posición, su color, su breve barbilla. Décadas ahí, sintetizadas en el símbolo del cuerpo extinto.

Una letanía estentórea resoplaba en el ambiente arisco. Circulaba tal energía en el sitio que uno salía meditando, caminando suavemente acompañado por el silencio de la Plaza Roja iluminada, repasando con nostalgia y melancolía los años mozos de la lucha social de los pueblos, la entrega y el sacrificio, la reflexión y la producción teórica de tipos que no andaban por escritorios (ni por la vida) acumulando títulos de nobleza cultural, sino más bien secando sudores, despidiendo a seres amados, siendo perseguidos y huyendo de las enfermedades y la muerte. Soldados de la vida, como Lenin.

Pensé en Nadezhda Krupskaia, la mujer compañera con la que Lenin se casó en su exilio en la Siberia. Mientras buscaba un hotel para comer y tomar algo, también se me cruzó por la cabeza Inessa Armand, la amante francesa que Lenin conoció en 1909 en un bar de emigrados rusos en París y con la que vivió un romance apasionado. Cuando Inessa murió de tifus, Lenin, por única vez, lloró en público en su velorio y se hundió luego en una gran depresión. “Llorar en público es de valientes”, razoné. “Igual que vagar ganándose el pan, como Máximo Gorki, o describir las miserias humanas desde el más cruel de los nihilismos, como Fedor Dostoievski”. Me sentía más cerca de este último, tras el colapso económico y político de Argentina en 1990, que me había echado de Mendoza por amor y dolor.

En esas cosas pensaba cuando me topé de frente con una mujer en un semáforo. Sin reparar en que era una rusa más, me dirigí a ella con una sonrisa y le hablé en español y luego en inglés primitivo, sin parates. No obtuve respuesta de lenguaje articulado pero sí una sonrisa fresca e intrigante. La chica se veía elegante. Sus ropas, aunque de colores estridentes y desentonados, lucían bien en su cuerpo. Brillaban sus labios rojos, jugueteaban sus ojos celestes. Una particularidad: capellina naranja opaca en la cabeza. No pensé en otra cosa que en convencerla para que me acompañara al bar del hotel “La Rosa”, que se levantaba imponente a sus espaldas.
Por unos segundos pensé que intercambiar significados sería imposible. Ella no hablaba una palabra, ni siquiera en ruso. Parecía una mujer muda que sólo se comunicaba con su sonrisa fresca. Yo, como un payaso o un mimo, hacía señas, ponía caras, le decía de todo. Y nada… la rusita sólo reía. Era mi último día en Moscú y a las 19:00 hs. partía hacia Amsterdam.

La escala goteaba la despedida en un país inimaginable y hermético. Por implosión, la sociedad soviética se convertiría pronto en masa posmoderna ingobernable. Por explosión, la unidad política de las repúblicas desencadenaría el retorno de los nacionalismos étnico-religiosos. Era el comienzo del fin de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. La utopía de antaño quedaría reducida a una pálida imagen del cansancio.

Paré mis pensamientos y concentré la energía en comunicarle a la rusita mis pretensiones de invitarla al hotel “La Rosa” a tomar algo. Perdí. Fue en vano el centenar de monicacadas que probé para lograrlo. Inmutable, repito, la piba sólo sonreía. Jugué mi última carta sin ánimo, desperdiciándola, como cuando el jugador vicioso se boicotea para sentir la derrota, posibilitando así la resurrección de la partida. Percibí que, aunque lo que yo procuraba se tornaba quimérico, ella ni se iba ni se movía de la equina. Si me alejara en zoom-out mental, podría decir que parecíamos una pareja que se divertía con la charla, mientras cientos de miles de personas pasaban hacia uno y otro lado, transitando indiferentes alrededor de nosotros. Nublado y sin frío, el mediodía daba para seguir cualquier paso. Fue entonces cuando desistí de la piba-capellina-naranja. No pude modificar la situación y le dije “chau”, sin más. Me alejé masticando la frustración  del no-lenguaje.

Vagué un par de horas por almacenes enormes de color celeste donde la gente compraba ropa usada, por galerías de antaño con locales escasos y sin un mínimo criterio estético de vidriera. Imaginé que allí no debía de existir la profesión “vidrierista”. El cuadro: un vidrio fijo de diez metros de ancho por cinco de alto y, en el escaparate, un maltrecho par de zapatos. ¡Sólo un par! En el local contiguo, el mismo tamaño de ventanal con dos paquetes de papel madera con arroz y un pack con seis huevos frescos. Desopilante para nuestro imaginario. Eso sí, la gente ingresaba a los locales convencida: no vi a nadie que se detuviera a mirar las vidrieras, a pesar de que algo mostraban. Era como que la gente ya lo había visto todo por años: esos paquetes, esos huevos, esos zapatos... Se los conocía de memoria y entraba automáticamente por ellos, con la frente gacha.

Tuve un instante de sed que me escupió de los almacenes en busca de agua. No bien pisé la vereda, vi en la esquina un puesto de venta de bebidas. Me acerqué apresurado y, por un rublo, me dieron un vaso plástico con un jugo de uva que sabía bien. Estaba fresco. Sentí la resaca y pedí otro que tomé de un solo trago. Dos rublos menos. Poco dinero. Igual, comprar era una contradicción allí, donde no había qué comprar aunque uno quisiera y le sobrara la plata.

Respiré profundo y saqué un cigarro, miré las puntas de los edificios y di una vuelta girando sobre mí, con la cabeza tirada hacia atrás. Me sentí vivo y contento en ese giro. Cuando bajé la mirada, no pude creer lo que vi: la rusita de la capellina naranja estaba a mi lado, tomando un jugo de uva en vaso de plástico. Hacía un par de horas que prácticamente me había olvidado de ella. Y allí aparecía nuevamente, como un fantasma de la guarda, con su sonrisa fresca. No advirtió mi presencia, sólo sostenía delicadamente el vaso con sus guantes de seda blancos. Busqué su mirada sin moverme ni avivarla, hasta que se dio cuenta de quién era y me dispensó otra sonrisa, tan fresca, como las anteriores. Era tremendamente hermosa en la muchedumbre solitaria. Pensé, a pocas horas de tomar mi vuelo, que el destino estaba prefijado. “Hola bombón”, le dije tomando coraje. Algo respondió la rusita en su idioma, rompiendo por fin el silencio.

“Tovarich”, espetó.

Y era lo único que yo entendía en su idioma, porque desde niño supe que “tovarich” significa “amigo” (en casa todavía duerme un libro viejo y desvencijado titulado “¿Cuándo amanecerá tovarich?”, del periodista Jean Paul-Ollivier).

“¡Tovarich!”, repliqué.

Fue un muy buen comienzo para el entrevero, baqueteado por la incomunicación verbal, tramado a pura seña. Me entusiasmé. Sin titubear, metí desesperado la mano en la mochila y saqué un cuaderno y un lápiz. “Habrá que comunicarse con dibujos, no hay otra”, pensé. A las apuradas bosquejé un maltrecho edificio y escribí el nombre de mi hotel, mientras la rusita, de coté, miraba intrigada. Pasé entonces al territorio de los gestos. Le mostré el cuaderno y lancé una cabeceada –como en los bailes de antaño- invitándola a ir hacia el hotel. También, de la desesperación, me salió un “let’s go” totalmente fuera de lugar. Sin dar cabida a una respuesta que nunca entendería, la tomé suavemente de la cintura y la empujé despacio, cordialmente, para que diera un paso hacia delante y se sintiera obligada a caminar junto a mí en dirección al metro.

Recordaba que, desde la estación cercana al Bolshoi, tenía que contar ocho paradas y bajarme en la novena. Matemática pura. Ella no opuso resistencia en el tramo y me animé. Traté de  amenizar el andar para que no dudara y pegara la vuelta. Finalmente logré que ingresáramos en la boca del metro sin complicaciones y bajáramos por las escaleras mecánicas. Como si yo fuera un rugbier urbano, cuando se abrieron las puertas del tren, la agarré fuerte del brazo y arremetí trabando mi cuerpo contra la manada de moscovitas que expelió el vagón. Ya estábamos adentro, apretados uno al otro, cara a cara, transpirando. Yo me puse su capellina naranja y ella aflojó una carcajada. La aventura de la comunicación no verbal empezaba a dar sus frutos: semiosis social para despuntar sin pudor una relación inesperada. Creo que nos caímos bien. A por ello entonces.

Hechos sopa, bajamos en la novena estación, la de mi hotel. Caminamos unos veinte minutos por un bosque frondoso, atiborrado de narcisos y dalias.  De un manotazo corté un par de flores y se las obsequié. Siempre sostuve su mano, su cintura o su brazo, como para que no amilanara el paso. La escena me recordaba al cine de Nikita Mijalkov (hijo de Sergei Mijalkov, que escribió el himno de la Unión Soviética), con sus planos de arboledas y prados inmensos, donde uno languidece por la belleza de la geografía. Quien no haya visto la película “Sol ardiente” (1994),  debería ir ya mismo a buscarla.

Pues bien, de la mano y en silencio, entramos al hotel en busca de la habitación 563. Dos pisos en puntas de pie por unas escaleras anchas y alfombradas de color rojo bien lanudo. Saqué el llavero gigante de madera y en dos vueltas de cerradura estábamos dentro besándonos febrilmente. Para que nadie escuchara que había una intrusa en el cuarto, abrí al máximo la potente ducha del baño. Besé y apreté a la rusita junto a mí. Quedamos difuminados en el vapor soporífero y empecé a acariciar sus nalgas y a jugar con sus calzones. No era un culo argentino, no, pero su suavidad por demás excitante pedía oprimirlo con vibra. Bajé al cuello mojado, y ella, hechizada, cerró sus ojos emitiendo jadeos tímidos que ronroneaban en mis oídos. Éramos un tren descarrilado atravesando la Siberia sin conductor ni destino. Dos mascarones de proa extraviados en las márgenes del Volga.

Creí sentir unos trancos en el pasillo y paré con el trabajo. Efectivamente: los pasos cesaron de golpe. Alguien llamó a la puerta y luego la maltrató con furia, a patadas y puñetazos. Atiné a meter al baño a la rusita de un empujón. Cuando abrí la puerta del cuarto, una mujer del servicio del hotel, enorme y de blanco, gritaba desencajada. No entendí lo que decía pero me lo imaginaba. “Alguien nos vio subir las escaleras”, pensé. La mujer, sacada, hizo una señal muy clara: el típico movimiento de pelvis hacia atrás y hacia adelante, con los puños cerrados y los brazos acompañando el traqueteo. Explícita la vieja, su reclamo siguió con el dedo índice que decía “no, no, no”. Sabía todo la mujer de blanco. Con violencia entró al baño y sacó de un brazo y a empujones a la rusita. Intenté calmar a la vieja descontrolada pero fue imposible.

Tuve que salir a las apuradas con la piba a medio vestir. En una hora debía estar haciendo check-in en el aeropuerto Sheremétievo.

Sin pausa, encaré al bloque contiguo del hotel, donde se encontraba el restaurante de pasajeros. Allí nos sentamos y ordené un champagne. Escribí en la servilleta mi nombre y le pedí a la chica que hiciera lo mismo. Ella imprimió “Nadezhda”. Prendimos un par de cigarrillos e intenté besarla. Nos trenzamos. El tiempo volaba. Me levanté de la mesa y tomé su mano, para llevarla esta vez en dirección al baño. Nos metimos en el primer retrete y desvestí a Nadezhda. Lo hicimos, rápidamente, medio borrachos. Nuestra efímera calma se trasformó en segundos en un escándalo: un guardia policial de metro noventa nos esperaba parado en la puerta. Salimos a la calle. A mí me pidieron pasaporte y pasaje. A Nadezhda la esposaron y se la llevaron detenida. No pude ni siquiera darle un beso de despedida. Los guardias me acompañaron hasta el hotel a cargar mis trastos y me hicieron una multa que tuve que pagar al momento. En unos minutos más, me expulsaron de la Unión Soviética.

Tomé el vuelo de las 19:00 hs. hacia Amsterdam, como estaba programado. Un dejo de tristeza me embargó tras el despegue. El flirteo sin lenguaje, la sonrisa fresca de la piba, el desencuentro y reencuentro a horas de la partida... No sé cómo hicimos con la rusita vestida de colores para al fin comunicarnos y terminar de la manera que terminamos. Nunca más supe nada de ella. Hoy sólo tengo el recuerdo de aquellos días. Cada tanto reviso la servilleta, para ver si Nadezhda sigue ahí.
Opiniones (1)
22 de febrero de 2018 | 16:32
2
ERROR
22 de febrero de 2018 | 16:32
"Tu mensaje ha sido enviado correctamente"
  1. Vendo Talent Digivisión 20 pulgadas, buen estado. $400
    1
En Imágenes
El Carnaval de Venecia, en la cámara de una mendocina
13 de Febrero de 2018
El Carnaval de Venecia, en la cámara de una mendocina
París bajo la nieve
7 de Febrero de 2018
París bajo la nieve