opinión

Cuentos de brujas y un gigante encantador

La escritora Sonnia De Monte nos deja su propia versión de los miedos y sus lecturas. En este alto texto, los recuerdos se mezclan con sucesos imposibles o, mejor dicho, fuera de lo común y Federico, un ser humano maravilloso.

Cuentos de brujas y un gigante encantador

En mi pueblo, como en otros varios o en todos, se decía y se dice: “Yo no creo en las brujas pero que las hay, las hay”.

Me causaba gracia y bronca (me causa) esta sentencia popular. Como tantas otras, porque si bien han nacido de anónimos con malas experiencias (y si no, fijate esta: “Cuidate de los que ha marcado Dios”), son terribles e infamantes. La maldad, la dominación y la discriminación  está hasta en los discriminados, por ignorancia,  por ira, por abandono o por estar al Reverendo Botón (otro invento inabarcable: ¿qué cura será ese?).

Resulta ser que, cierta vez, hace un manojo de años, allá a las perdidas (por cuentos familiares lo he sabido) cuando el tren aún era esa cosa entrañable y útil y “acercadora”, vinieron un par de amigos de uno de mis tíos a pasear al campo, desde Buenos Aires.

La finca y la bodega familiar, sumadas a las maravillosas artes de mi madre en la cocina, eran parte de un tour ineludible. Las Direcciones de Turismo aún no existían, Mariana Juri no asomaba ni por asomo a la vida todavía, Rosales (Luis) tampoco y ni siquiera Böhn. De modo que el turismo era doméstico, nomás, familiero, ni turismo era; es decir, era precioso, alegre, nada compulsivo, poblano, diría.

La cosa es que se arregló la invitación. Mi tío y su esposa con el par de amigos bajaron del tren (vivían en un pueblo cercano), y, a falta de combis, traphics o remises, se lanzaron a caminar los dos kilómetros que median entre la estación y la finca.

Son dos kilómetros por una calle entierrada y arenosa, bordeada de álamos y tamarindos; chacritas, otras bodegas, viñedos y, por entonces, lo nativo: monte espinudo apenas verde. Casi un “tropo” de paisaje mendocino. Y seco, claro. Sequísima la arena. Y el asfalto no existe ni hasta el día de hoy.

Tan seca y blanda la arena que permitía ver huellas dejadas por los pajaritos (son como una filigrana, pasito tras pasito, uno pegado al otro, triangulares y pequeñas), la firma inconfundible de las patas de los perros, las ruedas de algún vehículo (las más borrando los cascos de los caballos que iban tirando, adelante) y de algún camión laburante. Pero también, y acá empieza el cuento, las huellas de pies humanos descomunales. Por más porteños y citadinos que fueran, no les pasó a las visitas nada desapercibida esas improntas profundas, descalzas, con un dedo gordo como un putchinball y unos talones en acuerdo absoluto con ese dedo gordo.

A mi tío lo llamaban y lo llaman “Zorro” por título nobiliario. Cuando a los porteños espantados se les aceleró el paso sin saber para dónde y pudieron desenrollar alguna palabra, fue para preguntar de quién eran esas huellas monstruosas, porque si bien la forma era de humano, el tamaño contradecía cualquier pertenencia.

La respuesta del “Zorro” fue espontánea e ilustrativa, muy conocedora: todavía quedaban “salvajes” por aquellos lares, pero que si los veían tranquilos y amigables y sin correr o caminar velozmente, no atacaban de ninguna manera.

Dicen que el kilómetro que les quedaba aún por recorrer fue de un terror visceral. Dicen que mis tíos no podían aguantar la risa. Dicen que esta buena gente, a pesar de ser recibidos como solo se recibe en el campo y de que se llevaron dulces caseros y algún durazno “chato” (esos que ya no hay), no hicieron jamás una segunda visita, ni por el vuelto. Dicen que papá los llevó de regreso a la estación en su auto.

Aún cuando esto nos lo contaron entre risotadas muchos años después, ninguno de nosotros dudó quién era el dueño de esa anatomía que marcaba la infinita cantidad de territorio que pisaba; el que se calentaba los pies con la arena caliente porque no habría medias que lo pudieran cubrir. O se enfriaba, pobrecito, en las mañanas heladas, dando pasos de cíclope en los cristales de hielo del invierno y haciéndose de su propia piel y de su propia pobreza, unas plantas callosas y fuertes como suela.

Era el Federico, nomás, un muchacho con capacidades mentales diferentes, fuerte como un toro, trabajador como el que más, más bueno que todos los habitantes del pueblo juntos y parte, para siempre, de nuestra memoria, sin fantasía cuando de él se trataba. El gigante Federico.

Qué habrán dicho los porteños por allá, a su regreso. Miren que habrá brotado el cuento del chiste del “Zorro” con la verdad del que “Yo lo vi, ¿eh? Que este a mi lado y el Señor no me dejen mentir… ¡Nosotros lo vimos con nuestros propios ojos!”

Era el Federico, nomás. Pero la leyenda se nos fue hasta Buenos Aires. 

También decían que la campana de la escuela, la que colgaba como su badajo del tanque de agua, en el patio, tañía los sábados en la noche, más bien en la noche muy entrada, en las madrugadas, sola o conducida por un fantasma de alguien que ya no pudo seguir en la escuela. Y nosotros, adolescentes más ingenuos que pícaros, siempre supimos que el “fantasma” tañedor era el Flaco Jorge, que no sé con quiénes había hecho una apuesta: “Los voy a despertar a todos, ya van a ver. Y nunca me van a descubrir esas mierdas”. El Flaco Jorge era uno de los tantos amigos con quienes íbamos a bailar a… ¡“La carabina de Ambrosio”¡, un boliche inolvidable, cuando todavía no sospechábamos que muchos serían, sin bromas de chicos sonsos, verdaderos fantasmas sostenidos hasta hoy por nuestra memoria y nuestra lucha.

La cosa es que podría seguir y seguir contando sobre estas cosas “paranormales” (¿para normales?). Pero hasta acá llego.

Porque esa bruja “aparecida” en un árbol, con un ojo brillante, bulto negro más negro que la noche, atemorizante, fugaz metemiedo, debe ser y es nomás, me parece, una venganza de la historia y la cultura por imponernos una fiesta lejana, sin raíces ni lógica en nuestra realidad, conquistadora y colonizadora, ajena, propia de un lugar que no es nuestro, sino que nos quiere seguir haciendo suyos con diversos matices y otras argucias. La historia y la cultura se han re enojado por el “Jalowin” en Latinoamérica.

Opiniones (2)
27 de mayo de 2018 | 05:25
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27 de mayo de 2018 | 05:25
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  1. Sonia , una historia maravillosa y entrañable, todavía recuerdo en mi niñez en General Alvear rodeado de amigos a la siesta contando anecdotas de Federico, buenisimo rescatar estas simples pero maravillosas historias de vida.-
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  2. para Sonnia.. El "gigante Federico"...y todos tus recuerdos nos acercan... Siempre tus relatos mueven sentimientos y recuerdos del pasado.. Las artes de tu madre, Maruca, en la cocina, conocidas por todos los de estos lares...
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