opinión

El dólar es una herida absurda

Estás repodrido de oír hablar del fucking dólar. Si pudiste comprar algo, ¡bien por vos! Debés ser uno de los pocos queha podido acceder al equivalente argentino del bíblico bellocino de oro: el dólar, que ya es tan nuestro como el mate amargo, el asado con cuero o los “arbolitos” que venden dólares en las esquinas céntricas.

El dólar es una herida absurda
Ya sé, no me digás, tenés razón. Estás repodrido de oír hablar del fucking dólar. Si pudiste comprar algo, ¡bien por vos! Debés ser uno de los pocos que (sin ser un “Capitán de la industria”, un “Formador-deformador de precios” o un “Operador del mercado” ni ninguna de esas especies extrañas, porque esos no me leen ni falta que les hace) ha podido acceder al equivalente argentino del bíblico bellocino de oro: el dólar, que ya es tan nuestro como el mate amargo, el asado con cuero o -precisamente- los “arbolitos” que  venden dólares en las esquinas céntricas.

Y en esta semana que agoniza el asunto fue decididamente devastador, auditiva y visualmente hablando. Uno abría la heladera de casa y aparecía un periodista o economista o aspirante a ser cualquiera de las dos cosas y si podía las dos mejor hablando del dólar y su cotización, del dólar y su peso específico en la tabla periódica de elementos químicos, o bien del dólar y su influencia en el desove de las tortugas cuadradas de la Polinesia oriental. Lo que venga; lo importante era hablar del dólar y toda fruta que tenga que ver con él. O no, es eso es lo de menos.

Parece que hubo como una reacción de algunos muñecos muy importantes que, en vista a los resultados de las últimas elecciones, decidieron que no se dejarían por las buenas. De nada sirvió invitarlos a contemporizar (vía discursos presidenciales) porque se portaron como sus pares ochentosos, que cuando el alfonsinato agonizaba, le contestaron con el bolsillo al ministro de economía del Alfonsín modelo full (su hijo Ricardo es el modelo base), siendo que ese buen hombre les había hablado con el corazón. Poco antes, casi le habían jurado amor eterno a Kristina, recordemos, en encuentros diversos al cabo de los cuales hubo que hacerle traqueotomías a varios que se habían atragantado con medias presidenciales por tanto chuparlas; no obstante, al primer estornudo de la economía, corrieron como galgos a comprar dólares.

¿Esquizofrenia? ¿Paranoia? ¿Hijoputismo sin filtro? Todo eso junto, que duda cabe. Son esos que cuando pregonan que hay que volver a los “Valores tradicionales de la vida nacional” o chamuyos similares, se están refiriendo al dólar y a los plazos fijos, ponele la firma. Y lo que provocan esos grosos al acaparar billetes yanquis es que Doña Rosa la jubilada con la mínima, Don Pepe el almacenero del barrio y Beto el gomero de la esquina adopten actitudes similares, de modo que el que puede hacerse de 20 palitos verdes con una sola llamada de teléfono para fletarlos fuera del país, y el último pelagatos del pueblo que hará un rollito con cien y los meterá debajo del colchón terminan haciendo lo mismo, cada uno a su manera y de acuerdo a sus posibilidades. No deja de ser muy democrático, ¿verdad? Es que el dólar es una pasión argentina tanto como el fútbol o el tango, y nos pega a todos.

Con esa única certeza flotando en un mar de dudas, fui a consultar a un viejo amigo, financista notable, que la tiene más que clara. Lo conozco desde mi tierna adolescencia, cuando se destacaba entre los pibes de la zona porque mientras nosotros solo pensábamos en jugar a la pelota y apretar con las minitas del colegio, el vendió la colección de discos de jazz del padre, el juego de porcelana de la madre heredado de su bisabuela y la dentadura postiza del abuelo para comprar dólares justo antes que la “tablita” de Martínez de Hoz saltara por los aires (junto con lo que quedaba del país). Esa fue su primera hazaña; hubo muchas más, como cuando en 24 horas pasó de dólares a Euros, luego a Yens, después a plazo fijo en dólares, a un fondo común de inversión en pesos y finalmente a un fideicomiso para construir una cadena de pancherías, obteniendo una ganancia del 78% en una sola jornada.

Una verdadera piraña el pibe, llamado Heráclito Daniel Potorno, más conocido por sus inciales: H.D.P, que en no pocas oportunidades le fueron funcionales a sus detractores para definirlo fielmente en pocas palabras. Siempre es bueno, en tiempos turbulentos, contar con la opinión de un entendido.

YO: ¿Como andás, loco?
H.D.P: ¡Muy bien, chocho de la vida, disfrutando de la acción que tanto me gusta!
YO: Indudablemente te referís a este bardo con el dólar...
H.D.P: ¡Si! Me recuerda a mis años más felices, cuando la adrenalina de saber que todo podía irse al carajo cada 15 minutos me salía hasta por la orejas. Estos han sido días de un delicioso “Deja Vu”, y de hacer plata a lo pavo, desde ya.
YO: ¿Y no se te dio por pensar en el país, en los pobres, en los que más sufren con la inestabilidad de la economía?
H.D.P: Escuchame...esos son los primeros que vienen a verme a la cueva cuando empieza a haber ruidos. Acá cualquier pescado empieza a pensar como un tiburón de Wall Stret apenas al Ministro de Economía se le mete una basurita en el ojo. Yo solo soy un “facilitador”.
YO: ¿Y como “facilitaste” esta vez?
H.D.P: Simplemente, operando a favor de la corriente. Para empezar, formé un verdadero “Dream Team” de coleros, gente con vasta experiencia en reventa de entradas, trámites bancarios por zurda y contrabando hormiga de divisas. Los fui distribuyendo por la city, para detectar a los compradores frustrados de dólares, y cuanto más pinta de secos o de oficinistas de medio pelo tuvieran, mejor; esos eran los más desesperados. Les ofrecíamos el verde a cinco mangos, y les faltaban manos para agarralos...
YO: ¿Cinco mangos? Pero si no llegó ni a 4,30?
H.D.P: Claro, a ese precio los compraba yo a mis amigos, y me hacía una diferencia macanuda. Es el típico río revuelto, y yo el pescador experimentado. Tampoco pasará de eso, posta, pero qué le vamos a hacer...
YO: ¿O sea que el que te compró dólares a cinco mangos se jodió en 3 D, más o menos...
H.D.P: No es mi culpa, macho. Yo no puse esos controles stalinistas donde tenés que mostrar hasta el ADN de tu canario para que te vendan unos mugrosos dólares. Ya que te expliqué que soy un “facilitador”, alguien que pasa y enseña a pasar por sobre las trabas burocráticas, dirigistas y atentatorias al libre mercado, que no es más que una manifestación del libre albedrío con que el Creador celestial nos ha honrado...
YO: Lindo versito... ¿O sea que para vos el gobierno no tiene derecho a defender las reservas del país de los ataques especulativos contra el peso, y no está facultado a imponer restricciones a las operaciones financieras cuando le parezca oportuno?
H.D.P: ¡Si, claro que sí! Es más: debe hacerlo, porque se arman tales balurdos que yo puedo salir a pescar con mediomundo. Apenas meten las pezuñas en algo (y ni hablar si se trata del sacrosanto fetiche San Dólar) yo empiezo a descorchar champagne. Acordate de lo que dijo el viejo filósofo: Si se anuncia el fin del mundo, posta, los yanquis se meten en las iglesias a rezar; Los franceses arman unas orgías bestiales, los españoles se atoran de paella y se empedan con jerez...y los argentos corremos a comprar dólares. Yo solo hago lo que el pueblo quiere, y satisfago una necesidad de las mayorías. He dicho.

Lo dejé pontificando sobre la importancia de su proceder, y me fui silbando bajito, mientras pensaba que, así como no hay peor pornógrafo que un puritano censor, no hay peor restricción que aquella que incentiva justamente lo que pretende reprimir.
Hasta el sábado.
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24 de febrero de 2018 | 09:48
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