opinión

Un nudo en el agua

No hay agua. En lo que respecta al agua potable, la empresa que volvió a manos del Estado está obligada a confiar más en la memoria de sus viejos empleados y vecinos que en la planimetría existente. Las redes estás colapsadas u obsoletas. Y lo verifican recién cuando no queda otra: revienta un caño, se hunde una calle, se derrama una cloaca.

Un nudo en el agua

Hace unos sesenta años los cañaverales rodeaban al canal Cacique Guaymallén, ese accidente geográfico que, por entonces, le ponía un motivo más a la inquina con la que se miraban los bravos de la Cuarta de Fierro con los de la Media Luna, al otro lado de la grieta.

Al mismo tiempo con que los cultivos (chacras y algunas viñas) le daban sus tierras al “progreso”, los cañaverales fueron desapareciendo, aunque las hijuelas todavía siguieron permitiendo que, con el uso de una compuerta y la acción organizativa de un tomero, las nuevas viviendas pudieran conservar un espacio para huertas. El riego de las calles con el “mate”, un tarro de cinco litros atado con alambres a un cabo, permitió que el uso del agua de las acequias fuera aprovechado al máximo.

Por tomar un caso de ejemplo, miremos el del barrio que hace de límite entre los distritos San José y Pedro Molina, en Guaymallén, del otro lado del Canal Zanjón.

Allí, muchas propiedades tenían el largo de dos cuadras. Lograron llevar el agua potable, exclusivamente para el consumo humano, mientras que las plantas tenían su propia fuente que entraba por una calle hasta el fondo y luego tenía dos posibilidades: salir por detrás y continuar regando las oras propiedades “de atrás”, o volverse por un costado hasta recuperar el cauce originario.

El indefectible paso del tiempo hizo que el avance de las construcciones sobre esos terrenos que antes fueron fincas fuera desordenado: se casan los hijos y necesitan su propiedad. Se construyeron sus propios hogares y subdividieron entonces clandestinamente los terrenos, más por urgencia y necesidad que por mala voluntad con el fisco.

Así, las aguas también debieron compartirse y aquellos tremendos terrenos con salida a dos calles comenzaron a tener una salida para cada lado: una para “el hijo” y su familia y la otra para la casa principal. Al agua de riego le pasó algo parecido, mientras hubo, ya que más pronto que tarde, ya por los años 70, las acequias se extinguieron y pasaron a ser un monumento a lo que supieron ser y, en muchos casos, no más que un desagüe de tormenta cuando no de aguas servidas.

El agua para beber comenzó a ser guiada, frente a la multiplicación barrial descontrolada, por cañerías que pasaron por recónditos lugares. Nadie hizo un mapa jamás aquí, en este barrio del que estamos hablando, pero que bien puede servir de botón de muestra de lo qe pasó en toda Mendoza.

Así pasó un día que, también ciñéndonos a casos puntuales y anecdóticos, para que la familia de don Víctor, en calle Correa Saá pudiera cortar el agua en su propiedad frente a alguna obra en la propiedad había que ir a golpearle la puerta a don López, a la vuelta, por calle Ferrari. Y para terminar la obra, no llevarse mal con los Rossi, de 50 metros más allá, porque allí estaba la llave maestra que te daba o te quitaba la posibilidad de contar con agua potable.

Los caños se encapricharon tanto contra la planificación que se hicieron un nudo bajo esas manzanas. Un día, los Carmona, vecinos de Manuel A. Sáenz, a unas cinco cuadra de los antes mencionados, tuvieron que golpear puerta por puerta buscando la canilla que concentraba el poder de dar o recibir agua potable.

Las calles se fueron asfaltando y las casas, vendiendo. Pero eso no fue lo peor. Grave fue, recuerdan los memoriosos de la zona, cuando los viejos comenzaron a morirse. Así lo recuerda hoy don Capiche, que no se llama Capiche, pero como es un tano cerrado los vecinos no dejan de llamarle así, como quien dijera, en italiano, “capisce”, “comprende”. Él fue empleado de Obras Sanitarias y se agarra la cabeza cada vez que alguien le saca el tema de los caños de agua.
Sin embargo, no solo los hijos de los nietos de los primeros vecinos de la zona lo buscan y le consultan, sino que lo debe hacer la empresa provincial que administra el agua: él es un plano viviente, no hay otra. Guay que vaya a terminársele la vida a don Capiche. O a extinguirse como pasó con el agua de las acequias un día. Cuando eso ocurra, toda la zona estará en problemas.

Pero a este barrio le pasó en otro tiempo lo que ahora se repite con un vértigo diferente: la proliferación de loteos para ricos y para pobres, que se asientan y que recién después de que la gente consigue prender el televisor en una habitación y llenar un vaso de agua potable en la cocina y tirar de la cadena del baño, alguien se da cuenta de su clandestinidad. Alguien del propio barrio que quiere blanquear la cosa o alguien de algún estamento público que se lo tropieza de golpe, ya adulto, digamos, y con mucha gente consumiendo agua como si viviéramos en un manantial inagotable.

Así de endeble es nuestra organización para el suministro nada menos que de agua potable. Si fuera que el aire se regulara de esta forma, habría muertos por ahogo en cada esquina a cada rato y, posiblemente, estaríamos buscando como locos al responsable del nudo en el caño que no dejó pasar el aire necesario para su vida. Pero como se trata de agua, se la deja correr, sin más.

Preferimos, entonces, concentrarnos en la penalización del goteo, en la criminalización del lavado de autos y en el maestro ciruelismo de aconsejar cuántos sorbos de agua has de beber y nunca, nunca, dejarla correr.

Si pudiéramos tomar una radiografía de las cañerías de agua de Mendoza nos encontraríamos con una red más compleja que Internet. Y no creamos que ahora es tan fácil como ir a golpear puerta por puerta, como hace 30, 40 o 50 años lo hacía don Víctor con don López para saber que cornos pasaba con el agua que no llegaba al tanque.

Hoy en día, en una época en la que nos vamos dando cuenta que el agua no es inagotable, el Estado se ha vuelto a hacer cargo de la administración del servicio de agua potable debido a que fracasó lisa y llanamente la gestión privada de este servicio público. No hubo inversión (y, probablemente, también faltó rigidez para reclamar el cumplimiento de los compromisos asumidos ni la conciencia suficiente en la población no sólo del uso racional del recurso, sino de que debe planificarse adecuadamente para que el agua llegue a todas partes), no hubo previsibilidad y, además, se confió en el status quo en lugar de mirar hacia el futuro.

Hoy, ante la falta de aquellos viejos vecinos o antiguos empleados de la empresa que conocían de memoria el viboreo de las cañerías, se actúa frente al colapso. Ora revienta una cañería y allá va un batallón de trabajadores y equipos, sin saber con qué se encontrarán. Ora colapsa una red troncal de cloacas y se hunde la calle por completo. Ora una barriada se queda sin agua y nadie sabe de donde sacar para llevarle ni qué decirles ni qué prometerles.

Es evidente que el agua es uno de los ejes sobre los cuales Mendoza debe replantearse hacia el futuro, pero conscientes de que el presente registra un escenario complejo. La red está obsoleta. Las inversiones previstas no conseguirán más que acercarnos a lo que se necesitaba ayer, no hoy. Y como si esto fuera poco, las fuentes del vital elemento están bajo cuestionamiento en una provincia en la que, silenciosamente, se libra todos los días una verdadera “guerra por el agua”.

Las áreas urbanas y no sólo el campo, merecen una estrategia en la materia. Pero no podemos confiar ya en aventuras: hace falta un plan, con plazos y cifras de inversión. Un sinceramiento de lo que ocurre puede ser un buen paso para dar en el inicio del nuevo gobierno. Y la construcción de una política de estado sin la mezquindad de todos los partidos políticos, la señal que los mendocinos esperamos para confiar en que, quien gobierna y quien controla, son parte de una nueva generación y no actores de una miserable puesta en escena.

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Gabriel Conte en Twitter: @ConteGabriel

MDZ en Twitter: @MdzOnline

Opiniones (1)
20 de julio de 2018 | 07:53
2
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20 de julio de 2018 | 07:53
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  1. No hay agua en la 6ta Sección y Barrios Cementista, Gubelco , etc llamamos y ni siquiera saben qué cornos ha pasado....
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