opinión

Las elecciones de 2011 y los cambios democráticos

La autora de la nota, doctora en Historia, analiza el resultado de los comicios y destaca que "La territorialidad de la política, a través de vínculos estables y fluidos con vecinos y ciudadanos, ha permitido que el partido siga siendo una estructura dinámica y plástica que se adapta a diferentes coyunturas".

El contundente triunfo de Cristina Fernández de Kirchner y de la mayoría de los gobernadores que integraban su lista de candidatos permite dar cuenta de una serie de procesos que han caracterizado a la democracia argentina en los últimos años, y las transformaciones que ha sufrido desde su instauración en octubre de 1983. Desde una mirada de largo plazo, el kirchnerismo parece haber logrado lo que los movimientos con mayor alcance popular no consiguieron: un triunfo contundente por tercera vez consecutiva, con aspiraciones a consolidarse por doce años en el gobierno. Mientras que los líderes que condujeron los gobiernos radicales de los años 20 no lograron impedir la faccionalización de su partido –alcanzando Yrigoyen su tercera presidencia, pero siendo derrocado poco tiempo después de asumir su segundo mandato-, el peronismo clásico no sobrevivió al arco opositor que se conformó alrededor de los católicos en 1955.

Ya en el periodo democrático, el mismo juego de competencia política y las adversidades económicas y sociales –tales como la crisis hiperinflacionaria de 1989 o el estallido social y político de 2001- fueron algunos de los factores que facilitaron el declive de ciertos liderazgos y el recambio de elencos políticos, especialmente aquellos más expuestos a la opinión pública. De allí que la reelección de la actual presidenta parece exhibir una estabilidad de la configuración política que lidera mostrando la eficacia de los matrimonios políticos en la actividad y constituyendo un fenómeno inédito en la vida política del país.

El caso de Mendoza resulta aún más interesante aún, especialmente por las reflexiones que sugiere en torno al partido ganador en las elecciones: el justicialismo. El triunfo de la fórmula Francisco Pérez- Carlos Ciurca por más del 7% -con más del 97% de las mesas escrutadas- exhibe la importancia que sigue detentando el partido como maquinaria para ganar elecciones.

Desacreditados en la década del 90 por parecer organizaciones poco eficientes para “representar” los intereses sociales y políticos de la ciudadanía, el partido sigue siendo la vía real para alcanzar contundentes triunfos electorales. En el caso del justicialismo provincial, el puñado de pre candidatos a gobernadores tenía una escasa adhesión de la opinión pública por ser virtuales desconocidos para los votantes. Sin embargo, los operadores políticos jugaron un rol para nada desdeñable en la elección de las candidaturas, esta vez ya no dirimida a través de los congresos partidarios. La interna resultó así una modalidad para aunar a distintos sectores partidarios, aunque no logró desplazar la centralidad que había adquirido la negociación en la consolidación de la fórmula gubernativa. El partido catapultó así a los candidatos justicialistas –poco conocidos- quienes debían competir con un rival con una nutrida y destacada carrera política, como lo era el opositor Roberto Iglesias. El justicialismo provincial logró dirimir en poco tiempo sus disputas internas y se enroló tras el objetivo de ganar las elecciones, mostrando una vez más su plasticidad como organización. El partido suplió así la falta de un liderazgo consolidado, y la imagen negativa que tenía para ciertos sectores la administración Jaque, logrando imponer a una figura que tenía una escasa presencia mediática y una corta experiencia en altos espacios de decisión política.

El caso de Francisco Pérez muestra que la construcción de carreras políticas no sigue necesariamente un vector ascendente que idealmente recorrería los cargos desde concejal hasta senador nacional, sino que las trayectorias políticas resultan más complejas y derivadas de oportunidades coyunturales, opciones personales y redes de relaciones.
De manera inversa, el caso del radicalismo muestra la importancia del partido desde otro ángulo. Si bien Roberto Iglesias, desde su gestión en la intendencia capitalina se constituyó en un indiscutido líder del radicalismo, su estrategia de “provincializar” la elección a través de la propuesta del corte de boleta, no logró superar los vaivenes del partido centenario y la falta de un liderazgo a nivel nacional.

Por otro lado, si bien en la explicación más corriente del triunfo de la fórmula Pérez- Ciurca se le otorga un peso fundamental a la tracción ejercida por el apoyo popular que recibió Cristina Fernández, no es menos cierta la tracción positiva que desplegaron los intendentes justicialistas que revalidaron sus mandatos. Así, las elecciones de 2011 se asemejan a aquellas de 1995 donde el candidato justicialista, Arturo Lafalla, se vio favorecido no sólo por el apoyo popular que tenía en Mendoza la figura de Carlos Menem, sino también por los intendentes que habían obtenido un amplio reconocimiento de la ciudadanía local, como fue el caso de Maipú. Las diferencias en los porcentajes obtenidos por los intendentes justicialistas en relación al porcentaje obtenido por el candidato a gobernador así lo testimonian: Alejandro Bermejo obtuvo el 49,87% de los votos, Omar Gimenez, el 50, 17% y Emir Félix el 47, 84%.

Estos triunfos contundentes en las comunas iluminan algunas de las transformaciones de las prácticas políticas y del lazo representativo. Por un lado,  el rol del intendente en la democracia ha ido mutando pasando de la figura de un simple administrador hacia la del principal responsable de un espacio político, especialmente porque las políticas descentralizadoras los colocaron en el centro de la escena. La administración de redes de contactos y de resolución de problemas (Auyero, 2001) de las que disponen y el epicentro que constituyen las pequeñas obras públicas en beneficio de los vecinos –tales como playones deportivos, parques de recreación, remodelación de plazas, etc.- se han convertido en el vehículo indispensable para ganar adhesiones políticas. La territorialidad de la política, a través de vínculos estables y fluidos con vecinos y ciudadanos, ha permitido que el partido siga siendo una estructura dinámica y plástica que se adapta a diferentes coyunturas.

Y con esta transformación del rol de los intendentes y sus elencos, alcanzamos a percibir una de las mayores transformaciones que ha experimentado la legitimidad democrática en los últimos años, a través de la mayor importancia que adquiere el principio de la proximidad por sobre aquél del de la distinción. Mientras que el primero esboza que aquél que es más legítimo para gobernar es quién se acerca a la realidad cotidiana o a la experiencia de los ciudadanos a través de una relación empática, el segundo articula la idea de que el más legítimo es el mejor gobernante (o quién mejor está preparado para ello). La mayor preeminencia del principio de proximidad por sobre el de distinción, fenómeno que se exhibe en las sociedades occidentales y latinoamericanas, transforma el lazo representativo, aunque no lo destruye, conservando el rol que le ha cabido a la corporación política en la mediación de intereses sociales. 

 

María Virginia Mellado es doctora en Historia por la UBA y la EHESS y becaria doctoral del Conicet.

Opiniones (1)
19 de junio de 2018 | 20:09
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19 de junio de 2018 | 20:09
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  1. En el tercer párrafo, considero que está muy bien empleada la palabra "detentar", aunque no creo que usarla en su verdadero sentido haya sido la intención de la autora con lo que, fatal error mediante, echa luz sobre la naturaleza de tal "tenencia de importancia". Lean el significado de detentar en www.rae.es y espabílense, chicos. Y escriban con propiedad. Son profesionales de las letras y humanidades, no necesitan de "científicos duros" para que les corrijan ese tipo de "derrapages", jejeje. Saludos, Gustavo.
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