opinión

Los tubos, la sangre y un poema para seguir viviendo

Charlamos un poco de política, sólo un poco, porque como le llevé las obras completas de Borges a pedido, quería escuchar en medio del silencio abismal del hospital “Almacén con esquina rosada”. Yo le sugiero continuar con “El amenazado”, y se lo leo.

Los tubos, la sangre y un poema para seguir viviendo

El hombre está internado desde hace más de una semana. Tiene 85 abriles y una especial capacidad  para reírse de su insuficiencia respiratoria. No puede hablar mucho pero balbucea por entre la mascarilla del respirador que le surte una nebulización eterna.

De su brazo le salen unos tubitos transparentes que trepan hasta el soporte donde se amontona y circula sangre y en otro suero. Le cuesta todo pero todo lo puede. Porque lo que quiere es estar acompañado y que le lean textos de Borges, poemas y narrativa.

El Coco se lo sabe prácticamente de memoria y pide Alejandría, 641 AD, pero también Emma Zunz. De ahí, con una mueca de aprobación, dice: La señora mayor, y se lo leo mientras el burbujeo del nebulizador se hace música en la habitación por la siesta. Le digo "Ajedrez" y me dice “dale”. Luego pide El día que en sur lo velaron.

Coco está atravesado por la literatura y especialmente por Borges. Es un amante de Borges y sus juegos. No obstante, es un ferviente peronista, admirador de Néstor y Cristina. El tipo se emociona con este proceso político y parece un pibe de La Cámpora con 85 años.

Charlamos un poco de política, sólo un poco, porque como le llevé las obras completas de Borges a pedido, quería escuchar en medio del silencio abismal del hospital Almacén con esquina rosada. Yo le sugiero continuar con El amenazado, y se lo leo.

Cada final de texto tiene un silencio compartido de un par de minutos largos. Tomamos agua del tiempo y el “reloj de arena” se filtra en la inmensidad de la tarde. Coco mejora, lentamente.

Pide ir al baño y descolgamos los tubos. Quedo sólo pensando en la vitalidad del escepticismo y en el pesimismo de la inteligencia.

Al rato, Coco me pide que lo ayude a salir del baño y volver a su lecho. “He pensado un poema”, dice, con dificultad. Le pongo la mascarilla, lo acuesto, lo tapo con la sábana.

“Dale, Coco, decime”.
Coco balbucea el poema pensándolo, haciendo memoria. Le pido que lo repita lentamente para escribirlo. Y dice:

“Esa singular capacidad del verso
Que nos hace encontrar sin medida
Aún en la palabra vida
Que, reverso, no es duplitud del verso”.


“Genial, Coco. ¿Cómo le ponemos?".
“Nocturno”, contesta.

Convaleciente, se inspira y apuesta. Le sigo leyendo a Borges al azar, Ausencia, La luna, El oro de los tigres, Recoleta, Chacarita, y así, pasando de un libro a otro, de Cuadernos de San Martín a Luna de enfrente, hojeamos los títulos de Evaristo Carriego, Los conjurados, Ficciones, El Aleph, Historia de la noche. Estuvimos tres horas y media en eso. Fue una buena siesta de una maldita primavera.

“Gracias, Coquito, nos vemos luego”, y me voy, prodigándole un suave beso en la frente.

Opiniones (1)
22 de junio de 2018 | 20:52
2
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22 de junio de 2018 | 20:52
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  1. Yo, que también amo a Borges, le leería a Coco "Para una versión del I Ching", "Las Ruinas Circulares", "La Casa de Asterión" Leelos también vos Marmat y después me das tu opinión. Un fuerte abrazo de una fan del "viejo" (por si no se nota en mi nombre de usuario, ja ja ja)
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