opinión

La tormenta perfecta

Una serie de factores, todos reunidos en el mismo tiempo y lugar, le abrieron la puerta a proyecciones catastróficas en materia económica mundial. Nada afecta a la política aún. El nuevo gobierno que comenzará el 10 de diciembre deberá enfrentar esta nueva realidad en el país. Mitos y realidades.

Nadie, ya, en el Gobierno nacional se anima a afirmar que la crisis financiera global pasará de largo por la Argentina. El baño de realidad tiene relación con la serie de factores adversos que enfrenta la economía, que además se han disparado todos juntos en los últimos meses.

Como si se tratara de una tormenta perfecta, el inminente "nuevo" gobierno que encabezará la presidente Cristina Kirchner a partir del 10 de diciembre deberá atender una nueva realidad.
Entre las siete plagas de Egipto una de las que más se destaca es la caída del precio de la soja, que perdió el 18,5% de su valor durante septiembre. Hay que viajar a septiembre de 2008, el mes en el que estalló la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos, para ver el registro de una caída semejante. La explicación de los economistas es que la soja baja de precio por los temores a una desaceleración económica en el mundo, la que se traduciría en una expectativa de menor demanda de alimentos.

Paralelamente, Brasil devaluó más de 12% su moneda en lo que va del año (pasó de 1,66 reales por dólar a 1,87 en los últimos diez meses). El peso, en el mismo período, se depreció solo el 5%, lo que supone una caída de la competitividad de los productos argentinos frente a los brasileños. La situación preocupa y ocupa a los industriales locales, y al gobierno. Encima, el déficit comercial con el principal social del Mercosur, entre enero y septiembre, alcanzó los 4.600 millones de dólares, poco menos del doble al del mismo período de 2010.

A coro, los economistas ortodoxos han salido a advertir sobre el cambio de la situación macro de la Argentina, principalmente derivada de la dura crisis internacional, que además todo indica que continuará varios meses si Europa sigue sin encontrar una solución de fondo.
Otros dos factores que alimentan el pesimismo –o el realismo, según se vea- son la fuga de dólares y el precio de la divisa estadounidense. En el primer caso, la preocupación se explica porque lo que aumentó es el ritmo: si en el primer semestre del año la salida promediaba los 2.000 millones de dólares al mes, en agosto fueron 3.000 los millones que se fueron. La explicación para este fenómeno no es unívoca, pero los argentinos históricamente se han refugiado en el dólar cuando amenaza una crisis y, en íntima relación con esta tendencia, los que han podido -y pueden- han llevado esos dólares afuera.

Otra luz de alarma se encendió con la caída de reservas del Banco Central, que pasaron de 51.300 millones en abril a 48.400 millones a finales de septiembre. Para sostener al dólar en 4,23 pesos, Mercedes Marcó del Pont autorizó la venta de casi 2.000 millones en los últimos dos meses.

La inflación sigue siendo un tema urticante: mientras que el cuestionado Indec asegura que el Índice de Precios aumentó poco más del 9% en los últimos doce meses, las estimaciones privadas –también cuestionadas pero por el Gobierno– lo ubican entre el 22 y el 25%. Lo verdaderamente problemático del aumento de precios es que no ayuda a la confluencia con el real, el verdadero objetivo.

El riesgo país, entretanto, superó en los últimos días los 1.000 puntos básicos, mientras que Brasil no llega a 300. La explicación de este deterioro no es técnica sino política: no existe posibilidad alguna de que la Argentina entre en default y su actual nivel de endeudamiento externo es el más bajo de su historia en relación al PIB, y el más bajo de la región. Pero el país sigue siendo "de frontera" para las inversiones y la cesación de pagos de 2001 todavía golpea el "récord" argentino.

Es cierto, por otra partes, que el superávit comercial de agosto pasado fue un 38% más bajo que el del mismo mes de 2011, producto de que las ventas al extranjero aumentaron casi el 30% pero las compras lo hicieron el 40%.

Esta combinación de factores enrareció el clima económico de la Argentina, pero todavía no el político. La presentación de todos estos puntos reunidos en el mismo tiempo y lugar da pábulo a la versión apocalíptica de los gurúes de la ortodoxia, que, bueno es rseñalarlo, se han convertido en una Lilita Carrió traducida a las ciencias económicas.

Pero, según advierte el dicho popular, "la verdad en boca de una prostituta, no deja de ser verdad". Varios de los datos duros que hemos reseñado están ahí para quien quiera verlos, lo que no necesariamente anticipa que las conclusiones a las que se arriba sean correctas. O que las proyecciones lo sean.

Por lo pronto, en ninguna enumeración se aclara que el rojo de las cuentas públicas rozará los 3.500 millones de dólares en 2012, un número manejable para cualquier administración.
La presunción de que caerán más los precios de los commodities porque la crisis mundial va a golpear a los países emergentes que proveen alimentos es, cuanto menos, discutible. La próxima cosecha, cercana como ésta a los 100 millones de toneladas, tiene razonables perspectivas de ser ubicada en un 100%. Tampoco hay indicios de que China e India, los principales destinos de nuestro aceite y nuestros granos, vayan a desacelerar su crecimiento. El componente especulativo del precio de la soja, estimado por los expertos en un 20 %, es el que se desinfló en las últimas semanas en los mercados mundiales debido a aquel pronóstico imcomprobable de que se detendrá el crecimiento de los países consumidores.

El contagio de la crisis global en Argentina tiene más posibilidades de concretarse a través de Brasil. Los primeros indicios fueron las suspensiones –luego suspendidas por inoportunas, politicamentre hablando– de 400 obreros de Fiat Auto en Córdoba. Y probablemente no sean los últimos.

Pero en la galera del Gobierno nacional, esa de la cual salieron no sin una cuota importante de suerte varios conejos en los últimos años, hay dos herramientas que no por ser básicas pueden dejar de tener impacto para afrontar la tormenta tan temida. La Presidente parece haber comprendido que de cara a su segundo mandato, y con el contexto de una crisis comparable a la de 2008, el futuro de la Argentina depende en buena medida de su capacidad de articular su macroeconomía con la de Brasil. Para eso, el peso debe devaluarse pero no tanto como para activar una espiral inflacionaria. Las expectativas inflacionarias, además, deben ser liquidadas con una negociación paritaria que, en la cabeza de la primera mandataria, no debería superar el 15% en 2012. En paralelo, el ministro de Economía, Amado Boudou, dice haber hecho todo lo necesario como para que en el primer trimestre del año próximo el país cierre su acuerdo con el Club de París, lo que lo habilitaría a regresar al mercado de deuda para cubrir el déficit "coyuntural", afirman en Hacienda, gracias al enorme margen que existe para hacerlo.

Esto último puede ser música para los oídos de los ortodoxos, pero no deberían engañarse. Se trata de otro gesto de pragmatismo de los tantos que han exhibido las administraciones Kirchner desde 2003. Más allá del discurso que tanto molesta al establishment.

Julio Villalonga es Director de gacetamercantil.comTwitter: @villalongaj

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20 de febrero de 2018 | 06:38
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