opinión

Candela y la “prensa sensacionalista”

La aparición del cuerpo muerto de Candela nos dejó mal a todos. Es imposible tragar cuando uno lo dice. La nena de once años, a quien todos esperábamos encontrar, está muerta.

Tras su asesinato no se esconden cien hipótesis sino una sola verdad: la mataron.

Y a nosotros, los periodistas, nos toca tratar de contar de corrido lo poco que sabemos.

Y, sin embargo, nos tachan de sensacionalistas. Nos dicen que lucramos con su muerte, que nos relamemos cada vez que nos enteramos de un dato aún más escabroso que el anterior, nos acusan de sembrar el miedo.

“La prensa”, dicen. “La puta prensa”.

La prensa, de la que hablan impersonalmente, está formada de personas. Personas que también sufrimos cuando una Candela aparece muerta, cuando nos toca ir a ver cómo quedó enredado el cuerpo de un pibe debajo de las ruedas de un auto, cuando tenemos que tragarnos la bilis mientras escribimos o contamos cómo los políticos negocian un voto a cambio de un paquete de yerba y una tortita.

Hay un dicho entre los periodistas que dice “¿Había alguien? No, periodistas nomás”.

Transmitir lo que pasa en busca de la verdad no es cosa fácil ya que la realidad es diferente para cada uno que la mira.

No es igual la realidad de la madre de Candela, a la realidad del padre, o a la realidad del abogado defensor de quien sea, o a la realidad de quien lo mira por tv. La única realidad inequívoca es la realidad de Candela para Candela: me asesinaron.

El cómo, el quién, el cuándo, el por qué son detalles que a su realidad no la cambian. Pero sí nos la cambian a nosotros, a los que seguimos vivos, simplemente porque no es lo mismo una muerte que un asesinato. Porque no es lo mismo un caso que un crimen, y en eso es donde sí hacemos hincapié los periodistas.

¿Acaso sería igual decir que murieron seis millones de personas bajo el régimen Nazi que contar cómo los torturaban, vejaban, humillaban, hambreaban, golpeaban y exterminaban con gas?

¿Sería igual decir que en nuestro país hubo presos políticos que describir cómo los torturaban, picaneaban, violaban y tiraban al mar?

¿Es lo mismo contar que un fotógrafo fue mandado a matar porque le sacó una foto a alguien que no quería ser fotografiado, que saber que hoy José Luis Cabezas no puede abrazar a sus tres hijos porque lo quemaron vivo y lo quemaron muerto?

¿Da lo mismo saber que una vez se perdió una nena llamada Nair y que la buscó todo un pueblo hasta que la encontraron ultrajada y con el cuerpito lleno de cocaína en un descampado?

“Difícil es hacer periodismo cuando lo violado es la inocencia” dice Rodolfo Braceli, quien rescató en un libro los amores y alegrías de Nair Mostafá, una nena de nueve años que murió vaya uno a saber por qué, pero que la policía de Tres Arroyos no quiso buscar porque estaba festejando el año nuevo de 1989.

Hago una apuesta a quien se acuerde de Nair. No se acuerdan de cómo apareció su cuerpo, ni de quién lo encontró ni de que estaba llena de cocaína. Se acuerdan de que un pueblo entero dio vuelta una comisaría. Se acuerdan de las imágenes del móvil policial prendido fuego y del destacamento apedreado. Se acuerdan de que se acusó al padre de ser narco.

Los neurólogos reconocen desde hace un tiempo que un recuerdo se fija en la memoria sólo cuando el hecho está asociado a un sentimiento.

“Sensacionalismo”, según la Real Academia Española, es la tendencia a producir sensación, emoción o impresión con noticias o sucesos. Entonces menos mal que la prensa sea sensacionalista, porque de esa manera logra que guardemos en la memoria lo ocurrido.

Para que no nos olvidemos de nada, los periodistas contamos lo que nosotros mismos sentimos: el dolor, la repugnancia, la impotencia, el asco, el miedo.

Lejos está en nuestras ganas que un hecho sea más escabroso de lo que es. Es una gran mentira eso de que cuanto peor son las circunstancias que rodean una muerte, sobre todo la de una nena, más nos regocijamos, porque nosotros también tenemos hijos, somos hijos, hermanos, tíos y amigos de alguien. Y siempre, siempre, siempre, algo de lo que tenemos que contar nos toca en algún lugar profundo, y desde ahí lo contamos.

Candela no se murió en un hospital luego de una larga y agónica enfermedad. La asesinaron y la tiraron desnuda en un basural.

Y como sabemos que la atención se dispersa fácilmente, te seguiremos contando cada detalle que nos enteremos. No para que tengas miedo sino para que no te olvides, para que tengas ganas de abrazar fuerte a tus hijos cuando vuelvas de trabajar, para que se te grabe en la memoria para siempre como a nosotros que, además, seguiremos cobrando el mismo sueldo, sea o no más escabroso el hecho.

Nuestro principal objetivo es transmitir, trasladar o transferir lo que sentimos cuando nos enteramos de algo para no estar solos en la búsqueda de justicia.

Un muerto no está muerto hasta que se olvida, lo dicen las familias de los muertos.
Nosotros no queremos que te olvides de Nair, ni de José Luis, ni de maría Soledad, ni de Jimena, ni de Candela y por eso te contamos todo.

Porque, nos guste o no, lo que nosotros sabemos hará que nunca los olvidemos.
Opiniones (4)
23 de febrero de 2018 | 08:46
5
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23 de febrero de 2018 | 08:46
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  1. coincido, pero...
    Tu nota es muy lúcidad y coherente, sólo puedo agregar que hay periodistas y periodistas; no es lo mismo una nota como la tuya y la cobertura de Intrusos. El periodismo amarillista existe, también el inescrupuloso. Respeto a los periodistas que le hacen honor a su trabajo, como también respeto y mucho la muerte de un niño. Y si, recuerdo a Nair, a los niños mendocinos muertos y que no tuvieron justicia ni quien la pidiera por ellos (Belen Amitrano entre otras, Yoryi y tantos más).
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  2. ...así nos sentimo. Las muerte de los inocentes no debe ser olvidada jamás, porque corren por nuestra cuenta. Si no se hace justicia acá en la Tierra, se hará en otra parte, no?. Ojalá así sea. Te sigo leyendo.
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  3. Una nota sentida y sin doble discurso, honesta. La verdad que a pesar de lo doloroso que es el recordarnos, genera una ganas enormes de dar gracias por lo que haces.-
    2
  4. Brillante, como siempre, y rescatando la, tan criticada hoy en día, labor del periodista, del verdadero periodista sin otra bandera que la de contar la verdad para que se sepa.
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