opinión

Tener que trabajar

Desde que el tiempo de los relojes se asoció al concepto de productividad, los hombres y las mujeres se convirtieron en esclavos del trabajo y de sus productos, cuantificados en tiempo, calificados por tiempo, remunerados según el tiempo.

Hornear el pan y que no se te queme, hacer el asado para doscientos amigos, construirle un mueble a tu novia, fabricar una casita para la choca, vender buñuelos en la plaza España, contar cuentos verdes en un cabaret de mala muerte, cortar el césped, arriar las gallinas para que no se las coman los perros, colgar la ropa, armar las valijas, llenar el pozo donde nacerá un árbol, mandarse a mudar, cantarles canciones inventadas a tus hijas, cambiar el cable del freno de mano, desagotar el caño del desagüe, perder la cuenta, despertarse temprano para escribir un cuento.

Hay muchas actividades que dan trabajo, que nos dejan exhaustos, algunas nos llevan un tiempo eterno, otras no valen el tiempo sino las ganas, y la mayoría tienen un valor de cambio imposible de cuantificar. Pero no nos quejamos de hacer estas actividades, porque son nuestras, porque están hechas de nuestra pasión, sudor o desesperación. El problema está cuando el trabajo que realizamos no está programado según nuestra pasión, cuando no nos pertenece, cuando el sentido de la práctica adquiere la condición monótona del mero mecanismo. Lamentablemente la mayoría de los trabajos que realizamos están dentro de esta clase de laboreas, y tanto es así que llamamos “nuestro trabajo” a eso que no nos pertenece, a eso que es totalmente ajeno a nosotros.

Desde que el tiempo de los relojes se asoció al concepto de productividad, los hombres y las mujeres se convirtieron en esclavos del trabajo y de sus productos, cuantificados en tiempo, calificados por tiempo, remunerados según el tiempo. Una vez abolida la esclavitud y la servidumbre, las personas libres tuvieron que salir a vender su tiempo de trabajo para poder parar la olla, y a partir de ahí nunca más fueron libres, y a partir de allí les costó mucho más trabajo ser felices con poca cosa. La angustia por la libertad perdida los llevó a comprar sustitutos de libertad, llenar su casa de aparatos estúpidos que reproducen esa misma estupidez pero en términos globales. El ser humano entonces, lejos de conseguir su libertad se volvió un neurótico chimpancé aturdido por sus propias ansiedades y esclavo de sí mismo.

En pleno desarrollo del industrialismo del siglo XIX, los llamados socialistas utópicos imaginaron y llevaron a la práctica formas de producción en donde el trabajo del hombre se desprendía del concepto de explotación y recuperaba sus virtudes de trascendencia y plenitud. En estas sociedades utópicas no existían los privilegios de clase, no había propietarios de la tierra, ni patrones de fábricas, ni dueños del tiempo de otros hombres. En estas sociedades sus habitantes dividían su tiempo según sus necesidades y sus pasiones, unas horas para el trabajo manual comunitario, otro tiempo para el desarrollo intelectual, la creación, el arte, y otro tiempo para el ocio, el amor, la diversión, la contemplación del universo. Como se podrán imaginar estas sociedades no prosperaron y terminaron disolviéndose, pero sin embargo dejaron sus raíces, no sólo en el socialismo revolucionario o el comunismo, sino también en formas mucho más cotidianas como lo son las cooperativas de trabajo y las fábricas recuperadas. Las utopías sociales reaparecieron con las comunidades hippies, que se esparcieron por todo el mundo capitalista, desarrollado y subdesarrollado, dejando un vestigio de humanismo, misticismo y conciencia de lo social. Herederas de las estas últimas son las comunidades ecológicas: “ecoaldeas”, que significan una alternativa de vida sustentable, saludable, creativa, libre de stress, etc.

Hoy se abre nuevamente el debate sobre el trabajo esclavo, pasa cada tanto, los medios de comunicación muestran un sótano plagado de trabajadores ilegales haciendo remeras con la cara de Luther King, o “descubren” una red de contrabando de mujeres puestas a la prostitución, o de golpe se acuerdan de los obreros golondrinas y sus miserables vidas. Y en esa búsqueda por lo indeseable nos encontramos con el trabajo infantil, los abusos sexuales, el maltrato, la explotación en carne viva, esa palabra que nos produce escalofrío. El término explotación no tiene giro lingüístico que lo salve, explotar es explotar, no hay vuelta que darle, significa destruir algo y sacar provecho de esas circunstancias.

El mayor deseo de las personas explotadas, o en “relación de dependencia”, es la de no tener jefe, no tener dueño, no tener quién te diga lo que tenés que hacer, es decir: trabajar por “cuenta propia”. La imagen que los “explotados” tienen de esta situación es la de un tipo que anda por la vida sin horarios establecidos, que jamás es cuestionado o castigado por sus errores o perezas, al que no le descuentan el presentismo y tiene el poder de cantarles las cuarentas a los clientes, si llegare el caso, o que decide a qué hora cierra el negocio, y no tiene por qué inventar historias para faltar el día lunes.

El imaginario popular está convencido que los empleados públicos no trabajan, es decir que no hacen esfuerzo, no son controlados, no cumplen los horarios y que se la pasan tomando café con tortitas. Algo parecido se construye en la imaginación de los trabajadores manuales, los laburantes de pico y pala están persuadidos que las actividades que se realizan en una oficina no implican un “trabajo”, estar sentado en un escritorio no es “laburar”, estar frente de una pantalla equivale a pasarse todo el día en facebook, con aire acondicionado y secretarias veinteañeras que se desfilan en minifaldas y tacones de aguja. Pero a decir verdad, algo de verosímil se esconde en estas fantasías. Trabajar en una oficina para el Estado o vivir a costa de él, ha significado para muchos una solución a esas angustias que provoca el empleo, aunque sea una solución a medias, y apenas bochornosa a la hora de tener que pedir una licencia psiquiátrica por doce meses.

La vida pasa, inevitablemente, y debajo de ella están las cosas que nos gustan, las que disfrutamos, las que nos hacen feliz, las que nos reconcilian con el universo mágico que da algo de sentido a la existencia. Estaría bueno que dentro de estas cosas también esté implícito nuestro trabajo de todos los días.

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24 de febrero de 2018 | 09:39
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