opinión

Del arcón de los recuerdos: la fábrica

Hugo Chiavetta, comunicador, escribe aquí un recuerdo del pasado. Movilizador y cargado de imágenes, es capaz de convocar con sus palabras, también, a nuestros propia memoria adormecida.

A mi viejo lo apodaban el vampiro, así lo bautizaron los obreros de la fábrica, por su costumbre de realizar a final de cada jornada una ronda,  para controlar si en los hornos, la caliza y la arcilla, se estaban procesando a la temperatura adecuada, lo que traería como resultado un excelente cemento, que luego se convertiría en dique, para disciplinar al río tumultuoso,  en camino para que los hombres descubran otros horizontes y visiten a sus parientes en las pascuas, en  casas amplias y luminosas para los hombres que triunfan en la vida y mas pequeñas y oscuras para los hombres derrotados.

Cárceles para encerrar a los excluídos  y asilos para los ancianos, que  con sus bastones, interfieren en  la necesaria funcionalidad del hogar.

El recorrido comenzaba por una larga y angosta vereda, que nos llevaba al corazón de la fábrica. En lo alto, el humo de las chimeneas seguía el capricho del viento, cuando soplaba del norte, llegaba  hasta la ciudad, cuando lo hacia del sur, se perdía tras los cerros.

Un guardia, de los varios que existían en la fábrica nos franqueaba el portón, con un adelante ingeniero, guardias que debían  vigilar y controlar el orden, y los movimientos, sobre todo,  de los delegados que siempre estaban buscando conflictos con la patronal, diciéndoles a los obreros que se tenían que organizar para defender sus derechos y sus salarios.

Luego llegábamos al molino, simpático y ameno lugar, donde en cilindros de aceros, se molía la caliza y la arcilla, lugar en el  casi era imposible escuchar la voz a mas de 10 cm de distancia, sin embargo había un gallego muy obstinado, que a pesar del ruido se empeñaba en explicarle a su compañero de turno, lo que era la plusvalía, que por supuesto el hombre no entendía,  por el ruido del molino.

Fue en una de esas noches, cuando un obrero fue succionado, literalmente por una torba, maquina que seguramente fue ideada por la inquisición , para que Galileo se dejara de joder con ideas absurdas.

El hombre murió al amanecer, en la séptima página del diario, después de la receta del arroz con pollo, una pequeña nota anunciaba: horrible muerte de un obrero en la fábrica de cemento.

Al día siguiente, hubo un acto en el playón de la fábrica, donde el director  lo despidió con emotivas palabras: que su vida no había sido en vano, que la empresa le estaría eternamente agradecida, que los hijos debían estar orgullosos ya que su padre había muerto por la empresa y el progreso.

Cuando el acto parecía terminar, entre la gente, se levantó la voz el gallego, con las botas del difunto entre sus manos, dijo muchas cosas el gallego, a la noche su compañero de turno, le confesó que por fin había entendido la teoría de la plusvalía.

Después de un largo tiempo volví a la fábrica,  un  guardia me prohibió la entrada, “propiedad privada” me dijo.

Mire hacia la fábrica, un hombre caminaba con un pibe, por la vereda angosta, la noche era oscura, el viento cambio hacia el sur, y el humo lentamente, comenzó a perderse entre los cerros.
 
Opiniones (3)
22 de febrero de 2018 | 08:07
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22 de febrero de 2018 | 08:07
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  1. Gracias, Hugo, por tu mirada.
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  2. Lo leí y me hizo recordar, que pese a lo difícil que era defender derechos y a las injusticias que había, las fábricas permitían a los obreros vivir y no depender del clientelismo. Eran trabajos dignos y se podía pelear por ellos. Recuerdo las viejas frutícolas y envasadoras, donde tantas mujeres proletarias hacían la temporada de la fruta para mandar a sus hijos a la escuela. Ahora no hay trabajo y se sorprenden de que los chicos estén en las esquinas sin escuela y sin trabajo, esperando la asignación universal que no alcanza para vivir pero que compromete la dignidad y el voto.
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  3. sencillamente, me gustó.
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