opinión

Vencedor de una guerra ajena

Las derrotas no gustan ni siquiera a quienes han hecho leyenda con ellas, pero menos gustan a quienes han construido sus leyendas sobre las victorias. Este es el caso de Estados Unidos, cuyo papel en las dos grandes guerras europeas constituye el entramado sobre el que se asienta el relato de una superpotencia benefactora y altruista, imprescindible y todopoderosa, cuya tarea esencial es salvar a la humanidad.

Con esta figura idealizada es muy difícil aceptar ya no una guerra perdida sino incluso una retirada militar o un desenlace incierto. Es toda una ironía que Barack Obama, quizás el presidente más ajeno al espíritu bélico de la historia de Estados Unidos, sin ser auténticamente pacifista, aparezca ahora como uno de los más brillantes vencedores en una guerra desde los tiempos de Franklin Roosevelt y Woodrow Wilson, después de tantas derrotas y mediocres victorias sin resolución clara.

La muerte de Bin Laden no será el final del terrorismo yihadista, es evidente. Pero es lo que más se parece al final de una guerra, cuando el general enemigo es apresado como una fiera o es abatido y sus cenizas son aventadas para no dejar rastro, como ha sido el caso de Osama bin Laden. Sus efectos sobre el terrorismo internacional y su capacidad de influencia son indiscutibles. Con Bin Laden, Obama ha liquidado también una bandera, símbolo antiamericano y señal de enganche de esta contienda ya liquidada, justo cuando lo que se lleva en el mundo árabe y musulmán es la moda de la libertad y de la democracia.

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25 de abril de 2018 | 17:34
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