opinión

Lo que dilapidó Cleto

Juan Domingo Perón, Raúl Alfonsín y Néstor Kirchner llegaron a la presidencia tras arrancar de bastante abajo. Perón, maximizando a la Secretaría de Trabajo, una repartición de segunda, hasta entonces. Alfonsín repechando su condición de minoría del radicalismo, segundón del peronismo por entonces. Kirchner tras obtener una irrisoria cosecha de votos, con una candidatura que llegó por descarte. Los tres conjugaron bien con los vientos de su época y tuvieron una cooperación involuntaria pero no menor de sus mediocres adversarios. Algo de fortuna hay siempre en la construcción de un liderazgo, como percibió antes que nadie Nicolás Maquiavelo. Pero la fortuna no basta sin el concurso de la destreza, la muñeca política (eso que en lengua del florentino se llamaba “virtú”). Y un piné acorde con los desafíos, que sin eso no hay Príncipe que pinte.

El vicepresidente Julio César Cleto Cobos no tendría derecho a quejarse de su fortuna. Dos golpes de suerte lo catapultaron, en menos de un año. Llegó a la fórmula con Cristina Fernández de Kirchner porque era el único gobernador “radical K” que no tenía posibilidad de reelección. Sus pares eligieron mantenerse en el terruño, sagazmente. Al mendocino le cayó del cielo su designación. La noche del voto no positivo fue otra mano que le dio el destino, propiciada por una acumulación de errores asombrosos del kirchnerismo, que remató en dejarle desempatar y ascender a ligas mayores.

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