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El poder popular y la revolución cultural

El sociólogo mendocino, que actualmente vive en Venezuela, nos deja sus reflexiones acerca de la necesidad de una revolución cultural. “La revolución es y debe ser cultural”, dice él y se detiene en el rol del capitalismo al respecto. Entrá a este contenido y analizá los dichos de este profesional.

La revolución cultural es la causa de los pueblos en nuestros días. No hay revolución posible en el mundo de hoy sin una transformación profunda de la cultura. La revolución es inadmisible sin un motivo cultural insurgente de la vida social. La cultura es, como quizás nunca lo fue, el lugar simbólico privilegiado donde las luchas sociales depositan toda liberación sobre la humanidad. La revolución es y debe ser cultural.

¿Acaso significan estos argumentos una posición burguesa moralista, humanista o filosófica de la revolución? ¿Acaso representan estas afirmaciones una inversión de las causas sobre las cuales descansa el sistema de dominación capitalista? Definitivamente todo lo contrario. La revolución debe ser cultural porque la revolución es contrahegemónica.

El capitalismo no sólo interviene en la dominación de clase desde el terreno económico sino también por medio de sus aparatos culturales al servicio de la ideología dominante. La formidable capacidad del sistema capitalista mundial para intervenir en las sociedades desde el terreno cultural imprime a la lucha de clases mayores complejidades. La emancipación económica de las clases explotadas frente a la burguesía, la oligarquía y el imperialismo, se halla íntimamente ligada a una emancipación cultural de las clases populares que no se reduce a su rivalidad contra los patrones culturales impuestos desde afuera, desde un sistema de poder ajeno a las masas, sino que involucra una lucha íntima hacia las formas aceptadas e instaladas de sometimiento cultural. Para asumir plenamente su misión histórica, las clases explotadas deben renunciar a toda ilusión ideológica. No pueden conquistar su libertad y autonomía más que a condición de liberarse de la ideología dominante, que le ha sido infundida como única representación de la realidad.

Sucede que el capitalismo en su etapa monopolista ha desenmascarado sus auténticos rasgos destructivos. Para desilusión de los adictos a la razón, de quienes presumieron que el capitalismo se sustenta sobre la racionalidad de sus prácticas, hay que decir que el capitalismo es, en esencia, culturalmente irracional. Los hechos de la realidad actual lo demuestran. ¿Son sólo fenómenos transitorios que, una vez superadas las angustias de una transición difícil, deberían desembocar en un nuevo periodo de expansión y prosperidad del capitalismo? O bien, siguiendo las tesis de Samir Amin, ¿son síntomas de la senilidad de un sistema que hoy se hace imperativo superar para asegurar la supervivencia de la civilización humana? La humanidad debe afrontar hoy problemas inmensamente más grandes de los que se le presentaban hace 50 o 100 años, lo cual la obliga a ser, en el transcurso del siglo XXI, aún más radical… De nuevo, la revolución contrahegemónica.

Pero una revolución cultural jamás podrá sostenerse sin la dinámica del poder popular. En la medida que los nuevos movimientos nacionales revolucionarios del siglo XXI en América Latina no transfieran poder a las clases populares, adhiriendo a un socialismo popular y nacional, muy pronto los procesos revolucionarios podrían ser abatidos por la contrarrevolución conservadora del capitalismo mundial. El poder popular es, para decirlo de la manera más sencilla, la construcción de una nueva edificación social sobre la base del poder ejercido en todos los espacios de dominio por las clases populares, desplazando a los intereses hegemónicos insertos en las estructuras del Estado e instituyendo nuevas esferas de representación popular. Dicho poder popular no sólo personifica la garantía del triunfo revolucionario, sino que responde a la realización plena de los intereses propios para superar las barreras del colonialismo que asechan a las masas populares. Por eso, hemos propuesto como hipótesis fundamental, que la construcción de una cultura popular revolucionaria es inseparable de la construcción de nuevos espacios de poder popular que desarrollen, fortifiquen e impulsen las prácticas, expresiones y manifestaciones diversas del arte y la cultura latinoamericana. Esto es: la necesidad de una edificación del poder popular en la cultura.



Hacia una interpretación del arte y la cultura popular desde el poder popular



Si bien las expresiones del arte y la cultura poseen una relación con sus orígenes sociales y materiales, es desacertado suponer que toda expresión del arte y la cultura se encuentren adherida “por entera” a sus pertenencias sociales de clase. De igual modo, es falso considerar que existen prácticas del arte y la cultura “completamente” separadas de determinadas fronteras de clase. Cuando hablamos de cultura popular hay que pensar en comportamientos y prácticas de clases que tienden a cruzarse, coincidir y disentir en un campo de lucha donde se constituyen alianzas, contactos e interacciones conflictivas de fuerzas sociales que componen la cultura popular. Así mismo, cuando pensamos en la cultura dominante no podemos dilucidarla como un bloque de poder monolítico, aislado u obstruido de otras expresiones procedentes de diversas clases y pertenencias sociales. Más bien hay que pensar a las producciones culturales dominantes como un campo hegemónico de alianzas de clases y fuerzas sociales que constituye un bloque de oposición a la cultura popular: la cultura del bloque de poder, la ideología cultural hegemónica. Pero tanto la cultura popular como la cultura del bloque hegemónico de poder están organizadas en torno a una contradicción que involucra una lucha simbólica permanente entre las fuerzas populares y las clases dominantes, cuyos resultados reflejan las posibilidades que poseen de intervenir en las diversas prácticas culturales para asimilarlas a sus intereses de clase. Esto quiere decir que no hay ninguna cultura completamente autónoma, situada por fuera de las fuerzas sociales y sus relaciones de dominación y emancipación que de ella se desprenden.

Al contrario del “relativismo cultural” que piensa a cada cultura según sus pertenencias de clase, como sistemas autónomos existiendo fuera de los demás, proponemos una interpretación situada bajo las condiciones de interdependencia que ellas mantienen y que hacen a un desarrollo cultural desigual de los bienes materiales y simbólicos, dadas las situaciones de lucha que las clases sociales mantienen en el campo económico, político, ideológico y cultural. Por lo tanto, para definir oportunamente a la cultura popular es necesario considerarla como una posición determinada dentro de las luchas sociales que originan interacciones culturales, simbólicas e ideológicas diversas. La cultura popular es el espacio donde las prácticas de los diferentes grupos subalternos se reconocen como expresiones antagónicas a las condiciones dominantes. Esto no significa que la cultura popular no adopte elementos ideológicos y culturales de las clases dominantes. En la medida que existe una lucha continua entre las clases sociales, en la medida que la cultura popular es un campo social de batalla, y en la medida que la cultura popular libra su batalla contra los mecanismos de dominación, es frecuente su adopción hacia formas culturales de incorporación, tergiversación, resistencia, negociación, etc., con la hegemonía cultural dominante, es decir, con el capitalismo.

De la misma manera, la cultura hegemónica admite las expresiones y discursos populares para readaptarlos a los intereses dominantes. No sólo las clases dominantes utilizan las expresiones populares para el beneficio comercial de la industria, sino también y, fundamentalmente, para añadir elementos ideológicos adversos a los intereses populares. O bien se excluyen totalmente sus prácticas marginales, invisibilizándolas de tal modo que permanezcan desplazadas permanentemente, o bien (si el poder reactivo de estos discursos comienza ya a abrir brechas en el sistema, introduciéndose por la fuerza y quebrando sus estructuras) se opta por la asimilación de la marginalidad, por su absorción, donde finalmente el sistema cultural hegemónico interviene. La incorporación de las expresiones populares a los circuitos del mercado y la industria cultural, trasfigurando sus condiciones populares en masivas, es una condición indispensable del capitalismo hegemónico. Esto demuestra que la cultura popular también se constituye en las prácticas de aquellos aparatos propicios para la difusión e inculcación de la ideología dominante, puesto que existe una producción cultural por parte de los sectores populares que el capitalismo necesita desorganizar.

Evidentemente, sería erróneo concluir que la presencia de las clases populares y de las manifestaciones del arte y la cultura popular en el seno de los aparatos ideológicos y culturales capitalistas significa que tienen allí poder. Estos armazones culturales dominantes admiten la presencia de clases dominadas en su seno pero justamente como tales clases dominadas. La existencia de prácticas populares de la cultura en el seno de dichos aparatos se da de una  manera específica. Mientras que la cultura dominante del capitalismo y la presencia de las clases dominantes existen en los aparatos ideológicos-culturales por medio de aparatos que cristalizan un poder propio, la cultura popular y las clases dominadas no existen en ellos por intermedio de aparatos que concentren un poder propio, sino esencialmente bajo la forma de focos de oposición al poder de las clases dominantes. En este sentido, la cultura popular y el bloque de poder dominante libran una lucha simbólica intensa entre las fuerzas hegemónicas que procuran reproducir las condiciones de opresión, y las fuerzas populares subalternas que aspiran emanciparse, plasmando en acciones concretas una diversidad de técnicas de poder que operan como fuerzas materiales. Por ello, la cultura dominante en el capitalismo establece un modo de vida social opresivo.

La desposesión del trabajador de sus medios de producción bajo el capitalismo, que crea la fuerza de trabajo como base de plusvalía, desencadena todo un proceso histórico por el cual el cuerpo humano -como ya mostraba Marx- se convierte en un simple apéndice de la máquina en la producción. El papel de la ideología y la cultura hegemónica del capitalismo no es sólo ocultar esas relaciones de explotación para reproducir al hombre económico como apéndice de máquina, sino contribuir a la formación de un hombre social y cultural “normalizado” por las reglas del capitalismo que lo convierten en un apéndice del engranaje cultural hegemónico. Bajo el capitalismo, la cultura dominante está sentenciada a ser un dispositivo de dominación social que, cada vez más, actúa sobre las sociedades para producir y reproducir sujetos disciplinados. Por medio de la ideología, las clases dominantes intentan sustituir la representación real entre las clases sociales por una representación deformada, imaginaria, de las relaciones sociales. Es decir, imponer una concepción determinada de la vida social a través del desplazamiento al campo simbólico de la realidad. Este desplazamiento, no es impuesto desde el discurso del poder político, sino por el control efectivo que las clases dominantes tienen sobre los aparatos ideológicos y culturales.

De modo que el sistema cultural hegemónico es atravesado por las fuerzas populares para resistir y entregar a las masas otra visión simbólica de la realidad, compatible a sus intereses y, por lo mismo, ideológicamente antagónica a la cultura hegemónica. Semejante visión -“su” visión- si bien desplaza las condiciones reales de existencia de las clases populares hacia el campo simbólico, no resuelve allí las contradicciones de la realidad social entre las clases para ocultar las desigualdades “realmente” existentes, sino que más bien las traduce, representándolas abiertamente. Sin embargo, su posición subordinada al terreno hegemónico de la cultura hegemónica impide desarrollar una cultura popular sólidamente presente en los escenarios sociales y culturales, permaneciendo como núcleos de poder cultural inestables y aislados. Por este motivo, las expresiones de la cultura popular deben ser sustentadas por nuevos espacios de poder que le brinden mayores fuerzas para enfrentar, resistir y superar las prácticas y discursos simbólicos dominantes. Estos espacios de poder son representados por el poder popular.

El poder popular tiene que ver con la acción de poder comunal como ejercicio dinámico de los sectores populares organizados. Esta dinámica coloca en concordancia la complejidad política del Estado en sus situaciones comunitarias, abriendo posibilidades políticas a nuevas contradicciones que son necesarias para el desarrollo de la lucha de clases. El poder popular es el único espacio capaz de promover la participación popular en todo nivel como manera de fracturar las relaciones existentes dentro del Estado. La construcción de poder popular ofrece nuevas posibilidades a las clases populares para luchar contra las mismas instituciones del Estado, en cuanto a la eliminación de la institucionalidad burguesa para permitir la construcción de nuevas instancias de poder sujetas a las necesidades populares. En este sentido, la práctica discursiva de la cultura popular encuentra cauces de poder real para transferirse. Del mismo modo, es la cultura popular la que determina las formas y representaciones simbólicas apropiadas al poder popular.



La resistencia y la liberación cultural



Todas las prácticas del arte y la cultura popular exhiben un cambio radical. En toda la región, por dentro y por fuera de las fronteras nacionales de Latinoamérica, el desarrollo cultural evidencia un cambio de posicionamiento importante. El proceso dialéctico e histórico de exclusión-inclusión que experimenta el arte y la cultura popular latinoamericana, coincide con los procesos nacionales de América Latina. Por un lado, la emergencia de un arte marginal, representado y producido socialmente por las clases sociales postergadas del sistema, ha sido una constante en los procesos nacionales dependientes del imperialismo y supeditados culturalmente a los requerimientos ideológicos de las clases dominantes. Por otro lado, la incorporación, inclusión e institucionalización de los fenómenos marginales y populares del arte, haciendo de la cultura latinoamericana una realidad que contempla los intereses populares, ha sido acompañado de procesos de liberación que acuñaron un sentido cultural antiimperialista.

Las últimas dos décadas han sido testigos de esta dialéctica de exclusión-inclusión. El modelo neoliberal implementado desde 1970 en América Latina, estableció un sistema de exclusión socioeconómico para las clases populares que influyó sobre el ejecución cultural hegemónica del capitalismo. Al clausurar los espacios de inclusión socioeconómicos, políticos y culturales, la dominación neoliberal produjo, como efecto, una disminución de los espacios de construcción hegemónica a través de la cultura. Las posibilidades “concretas” de acceso a los bienes simbólicos sin la intervención “concreta” de las masas en los espacios de construcción cultural, incitaron niveles de diferenciación y separación sociocultural de las clases dominantes y privilegiadas que profundizaron la desigualdad en los ámbitos culturales e ideológicos. Las estrategias de sumisión cultural e ideológicas ensayadas por el capitalismo durante esta etapa histórica son estrategias de inclusión abstracta y exclusión concreta que no alcanzan a controlar efectivamente las prácticas populares.

Sin embargo, estos mecanismos de exclusión, separación y diferenciación social posibilitaron una desconexión de las masas populares hacia las formas de capitulación ideológica y cultural. No sólo permitió que las clases populares permanezcan al margen de una posible "contaminación cultural", sino que permitió la emergencia de prácticas alternativas. Mientras que el neoliberalismo y sus espacios de restricción cultural niegan o expulsan a los sectores populares, produce como efecto una mayor separación de los mismos y, por consiguiente, una legitimidad simbólica e ideológica propia que origina una mayor distancia con la ideología dominante y, al mismo tiempo, una mayor autonomía cultural de los sectores populares. De esta manera, a mayor autonomía ideológica de los sectores populares, mayor realización de los intereses propios.

En la medida en que se da una unidad de intereses de distintos sectores y clases sociales que responden a los intereses populares en su lucha contra la cultura dominante, es posible la formación de una cultura popular antiimperialista que ofrezca los canales de descolonización ideológica a las masas populares. A su vez, esta emergencia cultural revolucionaria que se fortalece a finales del siglo XX, encuentra su correlato en la emergencia de nuevos movimientos nacionales de liberación en América Latina. En este contexto de crisis estructural del neoliberalismo, nacimiento de nuevos movimientos nacionales y emergencia de expresiones culturales de fuerte contenido revolucionario, el capitalismo busca recomponer su hegemonía cultural. La globalización y el sistema cultural hegemónico intentan modificar las estructuras socioculturales y penetrar en las clases populares latinoamericanas con el objetivo de producir articulaciones y diferenciaciones entre ellas. La intención de los procesos del sistema cultural dominante es generar diferenciaciones allí donde los “choques culturales” desatados por la crisis neoliberal han provocado cierta unificación entre las clases populares con el fin de desintegrarlas, dividirlas y fraccionarlas, mientras que induce un proceso de homogeneización allí donde se hacen visibles estos choques culturales con el objetivo de ocultar, bajo el privilegio ideológico y económico, las divisiones de clase y el profundo grado de enfrentamiento que alcanza íntegramente a los sectores de la sociedad. Esto es, mientras por un lado los dispositivos culturales dominantes del capitalismo persiguen el propósito de “representar” abruptamente las divisiones sociales para ocultar un contexto real de unificación entre los sectores subalternos, por otro lado, interviene un proceso de homogeneización cultural que procura imponer un comportamiento uniforme en los sectores populares para instrumentalizar sus prácticas socioculturales emergentes.

Sin embargo, la debilidad estructural del capitalismo ha desgastado los consensos sociales y las relaciones orgánicas dispuestas entre las clases dominantes y dominadas, por lo cual los intentos de sometimiento a las pautas del sistema cultural dominante presentan serios obstáculos. En América Latina dicha red orgánica se fracturó durante las últimas décadas del siglo XX. El sistema capitalista presenta una profunda fisura de su hegemonía. La crisis del capitalismo mundial y, fundamentalmente, la aguda crisis que atraviesan los países del primer mundo han debilitado los efectos ideológicos del discurso hegemónico en las clases populares latinoamericanas. Otro factor determinante ha sido la condición “movimientista” de la cultura popular, que obstruyen las estrategias de control cultural uniformes ensayadas por las clases dominantes. Es decir, las clases populares no representan un espacio sociocultural homogéneo. No existe un comportamiento uniforme en las manifestaciones culturales. La ubicación de nuestros países en el contexto mundial y la exclusión social provocada por el neoliberalismo originó relaciones socioculturales entre diversos sectores y actores sociales que enriquecen la trama cultural de las clases populares. Lo que caracteriza al arte y la cultura popular es su condición de "movimiento", pues implica distintas posiciones en el campo de la cultura popular que se hacen manifiestos de manera más o menos explícitas. Esta conformación “movimientista” de los procesos culturales populares impide a las clases dominantes un ejercicio de dominación uniforme, por lo cual el capitalismo debe acudir a estrategias de control muy complejas para fracturar sus unidades y suscitar diferenciaciones internas.

Pero, sin duda, el factor de mayor importancia que fortaleció la emergencia de una cultura popular realizadora de los intereses ideológicos de las clases populares, al mismo tiempo que dificultó los intentos del sistema cultural capitalista por deformar los desarrollos del arte y la cultura popular, fue el impulso de los procesos políticos revolucionarios en la región. La llegada al poder político de movimientos nacionales populares y revolucionarios en algunos países de la región, posibilitó la inclusión de los fenómenos populares marginales, dándole legitimidad social e impulsando sus desarrollos como prácticas contrahegemónicas trascendentales. La incorporación de los sectores marginales como actores reconocidos por el Estado hace posible que las nuevas formas emergentes de expresión cultural puedan librar una lucha interna dentro de los aparatos culturales. Sin duda, esta posible inclusión formal del arte y la cultura popular son, por mucho, insuficientes y limitadas. Por todo ello, se hace indispensable su inserción como expresiones populares abrazadas a nuevos espacios de poder popular. Pero, insistimos, una cultura popular que admite bajo los nuevos procesos políticos nacionales mayores espacios de inclusión es, por mucho, insuficiente.



La cultura popular como esencia propia del socialismo



No hay otra perspectiva del proceso revolucionario en América Latina que la revolución socialista, que, sin embargo, reconoce su carácter "permanente", así como la necesidad de resolver las cuestiones nacionales-democráticas, es decir, respetando su carácter combinado, nacional-democrático y socialista, en un proceso ininterrumpido y dialéctico. Las tareas de la revolución socialista envuelven una lucha contra todas las formas de explotación económica, política y cultural dispuestas por las estructuras dependientes del imperialismo. El socialismo en América Latina debe apoyarse en un programa de liberación cultural decidido a enfrentar las formas de colonización capitalista e imperialista. Esto quiere decir que el proceso de revolución latente en América Latina debe concretar los objetivos nacionales y populares de los sectores representados en la cultura popular a través del socialismo, realzando un proyecto socialista, fuertemente estatal y popular impulsado desde los espacios de poder popular.

La opresión extranjera que traba el desarrollo cultural propio, impone la necesidad histórica de colocar a la cultura popular como elemento contrahegemónico fundamental en la lucha por la liberación y la independencia frente al imperialismo. Sin embargo, en la construcción del socialismo, la cultura como práctica simbólica revolucionaria no puede ser nunca estatista, sino popular. Esto no quiere decir que el Estado no deba intervenir en la cultura, rescatando las prácticas simbólicas populares y alterando los intereses ideológicos de la cultura hegemónica, sino que las políticas culturales revolucionarias deben incorporar de manera dinámica, activa e independiente a los movimientos u organizaciones sociales-culturales, cuyo apego a los sectores populares comunitarios, consagran una mayor horizontalidad política de sus prácticas. O sea, si bien el Estado, bajo la construcción del socialismo, debe ejercer un legítimo control sobre los bienes simbólicos y culturales, al intervenir en el terreno de la cultura popular bajo los espacios de poder jerárquicos que definen la institucionalidad del Estado, produce como efecto una elitización de las expresiones culturales. No basta con incorporarlas legítimamente al Estado, sino que sus políticas de intervención cultural deben ir acompañadas de espacios de construcción popular.

Diego Tagarelli, sociólogo mendocino.

El Estado revolucionario representa un poder político estratégico que debe ejercer diversos instrumentos de control para neutralizar y alterar los intereses dominantes de la hegemonía cultural capitalista. Pero dichos instrumentos de poder y de control deben ser funcionales a los intereses de la cultura popular, involucrando plenamente en los espacios culturales de poder a los movimientos populares y contrahegemónicos de manera horizontal. De lo contrario, estaríamos en presencia de un Estado Social burocrático que origina una elitización de las prácticas culturales y que reproduce, por consiguiente, el sistema hegemónico capitalista. El Estado debe acompañar la emergencia de los nuevos fenómenos culturales a través de espacios concretos que sostengan y otorguen legitimidad social a sus expresiones. Dicha vinculación requiere de políticas socioculturales estratégicas: medios de comunicación alternativos, industrias culturales populares, espacios físicos comunitarios, infraestructura, etc.

Por otro lado, no basta con difundir las expresiones nacionales y populares, sino que se trata de un ejercicio de poder efectivo de estas expresiones. A su vez, un Estado socialista debe impulsar y promover formas de producción, distribución, comercialización y consumo no capitalistas. Es necesario que los espacios materiales y simbólicos de inclusión social para la cultura popular se hallen sujetos en los marcos de las comunidades, del poder popular, donde el Estado garantice la independencia de su desarrollo critico. Así, al momento de involucrarse en los ámbitos formales de reconocimiento social, sea estos el Estado o el ámbito privado, las prácticas culturales populares se encuentren adheridas al terreno ideológico popular.

Es que no puede existir, insistimos, un proceso amplio de liberación nacional y regional en América Latina sin la reivindicación política de los sectores que se hallan representados por la cultura popular y sus prácticas emergentes, puesto que el arte y la cultura popular no sólo son los pilares simbólicos esenciales para el desarrollo de los movimientos nacionales, sino que además, permiten los mecanismos de descolonización necesarios para desconectarse de los procesos ideológicos globales del capitalismo opresor. Una cultura popular bajo la construcción del socialismo no sólo debe reivindicar la cultura nacional y popular sino que debe perseguir como objetivo la igualdad social y cultural de las sociedades oprimidas por el capitalismo y el imperialismo. Ciertamente, dicho objetivo es imposible sin la construcción de nuevos espacios de poder popular que sostengan y ratifiquen la trascendencia de la cultura popular y, por lo mismo, inspiren la auténtica revolución latinoamericana.



Breve Bibliografía Consultada

AMIN, Samir, (2005): Más allá del capitalismo senil. Por un siglo XXI no norteamericano. El Viejo Topo, Barcelona.
POULANTZAS, Nicos, (1985) “Las clases sociales en el capitalismo actual”. 8 ed. Editorial SIGLO VEINTIUNO, Buenos Aires.
WILLIAMS, Raymond, (1980) “Marxismo y Literatura”. 1ed. Editorial PENINSSULA, Barcelona.
ALTHUSSER, Louis, (1988) “Ideología y Aparatos Ideológicos de Estado. Freud y Lacan”. 1ed. Editorial NUEVA VISIÓN, Buenos Aires.
FRANCO, Mario (1986) “Arte Nacional y Arte Popular”. Revista Claves Nº 54, Mendoza.

Opiniones (7)
27 de abril de 2018 | 02:42
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27 de abril de 2018 | 02:42
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  1. Le gusta el socialismo y no solo eso le imprime toda una dialectica por el lado de la cultura sino que también se va a vivir a un país donde se impulsa esa ideología, espero que sea feliz con los cortes de energía, la falta de alimento y la inflación y la falta de libertad para opinar. DE ESO NI HABLA EN SU PERORATA ESTE IMPRESENTABLE.
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  2. un tiempo en venezuela y se volvió un chanta verborrágico como todos los venezolanos. Eso sí, de laburar, no dijo nada, eh?
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  3. Dicen que si alguien en lugar de explicarte alguna cuestión en la forma más sencilla, te explica en una forma complicada y confusa. Esa persona o no sabe muy bien de lo que habla o directamente está mintiendo. Indudablemente para el autor de la nota el capitalismo es el demonio, y sí, puede ser o lo es. EE UU es el imperio actual y dominante, a veces me pregunto si tuve tan mala suerte de nacer en esta época. Pero empiezo a leer la historia y la historia me dice que lo de EE UU no es nada nuevo, siempre hubo imperios, cada uno en su época y lugar. Entonces juego a trasladar imperios a la actualidad y me corre escalofríos pensar que hoy el imperio fuera los romanos o los españoles, hasta pensar que los mayas o los incas manejaran el mundo hoy, hace que me corra escalofríos por la espalda, imaginar a mi cabeza rodar por escaleras en tributo de algún Dios ajeno no es para nada algo agradable. En definitiva, los imperios de buenitos%u2026nada. Y podríamos hablar también cómo la sufren algunos pueblos bajo el yugo de los rusos. Hoy está de moda lo Chino, pero de mi parte, de ellos sólo guardo la imagen del chico aplastado por un tanque el ejército chino. Resumiendo, lo ideal sería que nosotros fuéramos el imperio, pero, pero%u2026 en este caso hasta soñarlo es imposible. El título de la nota dice %u201C el poder popular%u2026. Con respecto al tema, sólo voy a comentar algo de Rousseau _ %u201CTan pronto como un pueblo se da representantes deja de ser pueblo y deja de ser libre%u201D- En definitiva muchachos de la plebe, no importa la ideología ni signo político, cuando dejas que decidan por uno%u2026somos boleta. No es nada nuevo, viene ocurriendo hace miles de años. Y bue, Tengo mi fuerte costado anarco, que le vamos a hacer. Si mi comentario no es entendible para quien lo lee, ya sabe, o no sé un pedo del tema o directamente estoy mintiendo. . Ferce PD- rescato las buenas intenciones del autor de la nota.
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  4. NO PUEDO CREER QUE UNA PERSONA INTELIGENTE PUEDA VIVIR EN UN PAIS COMO VENEZUELA, POR SU VOLUNTAD, LA OPTICA QUE USTED DESTACA DE LA REVOLUCION SOCIALISTA ES TAN IRREAL, EN ESTE SOCIALISMO DEL SIGLO XXI QUE TANTO PREGONA SU ADMIRADO CHAVEZ, PERSIGUE A LOS OPOSITORES, CENSURA LA PRENSA LIBRE, LIMITA LAS LIBERTADES INDIVIDUALES, INMISCUYE AL ESTADO EN TODO LO QUE PUEDA CON LOS RESULTADOS ECONOMICOS A LA VISTA, PROMUEVE EL TERRORISMO, Y LE PUEDO SEGUIR ENUMERANDO DECENAS DE BARBARIDADES QUE SE COMETEN BAJO LA MENTIRA DE LA REVOLUCION, PARA MI CHAVEZ ES UNA PERSONA TAN DETESTABLE COMO LO FUE PINOCHET.- CON LA IZQUIERDA AMERICA LATINA RETROCEDE 50 AÑOS, BASTA DE NIVELAR HACIA ABAJO.- DE MI PARTE ESPERO QUE SIGA DESARROLLANDO SU ACTIVIDAD PROFESIONAL EN VENEZUELA Y POR LO MENOS NO ESTE LAVANDO CEREBROS EN NUESTRO PAIS.-
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  5. QUE SE QUEDE EN VENEZUELA NO MAS.-ACA ESRA DEMAS.-
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  6. el socialismo me parece teorico, desde lo politico o desde lo cultural... siempre alguien debe tener las riendas... aun en el socialismo... como un don chavez..., por lo menos en el capitalismo vos decidis crecer... en el socialismo te imponen la igualdad, la merescas o no..., no defiendo el ultra capitalismo, el que tiene debe ser generoso, alli es donde debe haber revolucion en lo moral... pero en cambio va en declibe...
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  7. Dieguito me encanto el documento que has desarrollado, me parece de suma importancia generar espacios para el desarrollo de los movimientos culturales, como eje de una liberación cultural que nos permita profundizar los procesos Latinoámericanos, es muy interesante poder disparar este proceso de debate y de participacion en la construcción de de una cultura popular revolucionaria. saludos consultinos ...Rafa
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