opinión

La escuela, por principio, debería empequeñecer a los alumnos

Ante la fiebre del gobierno por inaugurar una escuela por semana, por día, por minuto, el autor acerca algunas posibles alternativas más rentables para resolver la enfermedad edilicia que al parecer amenza a nuestra educación.

La escuela, por principio, debería empequeñecer a los alumnos
La teoría, ni tan desfachatada ni revolucionaria, surge de crujientes estudios realizados por las universidades de Liliput y Brobdingnag, las que avalan que los vientos los deben soplar las velas y no al revés, como tradicional y oscuramente hemos entendido las cosas, sobre todo en el desnivel educativo.

Una escuela que achique a sus alumnos podrá incorporar un número mucho mayor de niños/adolescentes en las aulas -no como ahora que con suerte ponemos 35, 40-; podrá exigir menos a sus profesores que con su escaso conocimiento abarcarán a más criaturas; un libro, por ejemplo, podrá aguantar un centenar de lectores que, sumando toda su apatía llegarán a terminarlo; un mapa será suficiente para recorrer el mundo entero, nadie romperá las sillas porque no tendrá los músculos necesarios que solicita el material. Esto sin pensar en los ahorros ecológicos evidentes; en vez de una hoja de carpeta para uno, una se divide por 8 o 16, 32 partes iguales y con dos hojas tenemos un curso entero trabajando por el medio ambiente (los árboles en paz haciendo oxígeno).

Una escuela que parte del tozudo principio de que los alumnos/niños/jóvenes deben desarrollarse, o empeñada en hacerlos crecer, tarde o temprano quedará chica y esto también es demostrable por nuestras propias estadísticas y personal directivo, que siempre están quejándose de que necesitan construir edificios o ampliar los que ya tenemos, afectando, como es lógico, la economía del gobierno y el rostro del paisaje. Para que podamos tener una escuela inclusiva como solicitan los ministros, debemos acudir a soluciones explosivas, atomizar nuestros niños como haría el minero que entra en la roca o el marino que quiere más peces en la red. Ese marino sabe que no puede ir por media docena de ballenas, pero sí puede sacar mojarritas a paladas.

Lo dijo ya el gran J. Stuar Mill en 1859, a falta de gigantes, debemos vivir con una multitud de enanos. Lo inexplicable es que nadie haya interpretado a este extraordinario filósofo inglés.

Desconocemos la fórmula matemática científica que estos iluminados del otro mundo aplicarían (a decir verdad no la entendemos al momento de hacer este texto de divulgación), pero es evidente que aquí lo que importa no es la cosa química, sino la consecuencia cultural que en los pueblos comprimidos podría tener dicha teoría. La escuela que achique a sus alumnos resolverá de cuajo la problemática que la misma ha creado, intentando hacer crecer y crecer a los sujetos del aprendizaje para que después habiten una ciudad, un país, un mundo cada vez más pequeño.

Con seguridad más de algún perspicaz lector estará pensando que no se terminan los problemas achicando solo a los niños y tiene toda la razón, aprobada y probada la fórmula de la reducción de alumnos, niños y otras especies conflictivas para el Estado, podemos aplicarla también a los docentes, a padres, a la ciudad, al mismo gobierno, al planeta entero que evidentemente resolvería los males que lo aquejan y que, es Historia, le quedan grandes desde que nació como tal.
Opiniones (3)
21 de julio de 2018 | 22:21
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21 de julio de 2018 | 22:21
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  1. También hay gente que trabaja para engrandecer a nuestros niños y jóvenes, también hay gente que se esfuerza por pensar una escuela diferente... Coincide que toda esta poca gente está en las escuelas, no en los escritorios de la DGE, en ninguno de sus "desniveles"...
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  2. muy ingeniosa e interesante
    una educación peqeuñita para un país pequeñito, con aspiraciones mínimas y un futuro cortito
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  3. De hecho, la escuela empequeñece a los alumnos, no físicamente, pero, como unos jíbaros mentales, cercena el pensamiento alternativo, crea hábitos y rituales uniformantes, desdeña a los "diferentes", los descalifica y envía a escuelas "especiales" o simplemente , los saca del sistema. Aborta el pensamiento libre y establece que sólo hay una manera de "pensar" al mundo. Hay un sueño acariciado y es que los alumnos "no molesten". El mejor alumno es el calladito, sentadito, prolijito, educadito. No el que pregunta, cuestiona y pone las "verdades" en duda. En realidad. la escuela empequeñece a los chicos. Los niños, nacen, casi siempre inteligentes y la escuela los "normaliza" (o sea, los atonta).
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