La mujer feliz que se hizo obrera (versión para Real Academia Española)

La mujer feliz que se hizo obrera (versión para Real Academia Española)

Este lunes <b>MDZ</b> publicó una nota sobre la historia de vida de Verónica Ibarra, una mendocina que pasó de ser cocinera a realizar trabajos de albañilería y plomería. El título, de tono provocativo, despertó una catarata de comentarios negativos por presunto machismo. Para no ser menos, esta columna fue escrita con la misma intención: llamar la atención. Anticipamos que no cargaremos ni contra las mujeres ni contra nadie.

"Mujer y albañil: dejó su zona de confort en la cocina y se volvió contratista", decía una de los artículos que MDZ publicó este lunes en su portada, firmada por el mismo que ahora también suscribe. El título tenía una doble intención. Por un lado se buscaba anticipar la historia de Verónica Ibarra, la mujer sobre la cual trataba la nota, que en un momento de su vida decidió colgar su delantal de cocinera para aventurarse a realizar un oficio normalmente (mal) calificado como "de hombre": la albañilería y la plomería. Por otro lado, lógicamente, provocar a los lectores, interpelar directamente sus juicios previos para sorprenderles con un contenido disruptivo.

Sin duda alguna la historia de Ibarra es una de esas que merece ser contada. En parte porque es una historia de éxito y superación personal, pero más que nada porque marca la cancha respecto a una lucha propia de estos tiempos que generalmente se visibiliza en marchas y manifestaciones callejeras y que algunas veces -como en este caso- se materializa de modo tal que vale la pena rescatarla como ejemplo para usar como argumento a la hora de discutir el tema. Hablamos de la cultura machista, su violencia y la sociedad patriarcal de la cual todavía y lamentablemente formamos parte.

Antes de seguir vale la pena hacer algunas aclaraciones respecto al punto que más controversia generó en lo que refiere al título de la nota sobre Ibarra. Cuando en el mismo se mencionó la "zona de confort en la cocina", de más está decir que a lo que aludía era a la comodidad de continuar con la tarea que ya acostumbraba Ibarra a desarrollar: la gastronomía. Obviamente no se trató de un concepto elegido al azar: la imagen de la mujer en la cocina -doméstica, en este caso- remite directamente a los estereotipos machistas sobre el rol que las mujeres deberían tener en la sociedad, abocadas a los quehaceres del hogar, cómodas con la vida que por suerte les tocó vivir. Una visión nefasta -pero vigente en muchos- que ojalá más temprano que tarde se erradique.

Oportunidad y pertinencia. Esos fueron los motivos por los cuales se eligió el título de la discordia. Oportunidad porque Verónica efectivamente se aventuró a dejar de trabajar de cocinera para hacer otra cosa, pertinencia porque daba la posibilidad de referirse al machismo, el tema de fondo sobre el cual versaba la nota.

No cabe en esta columna analizar los dichos de Ibarra, desmenuzar sus declaraciones para saber en qué sentido habló de machismo o no al momento de contar su experiencia como mujer y contratista. Tampoco aquí se determinará si lo suyo es una epopeya feminista o un caso mas modesto de liberación personal. No viene al caso semejante estudio para los fines que persigue este texto.

Y no cabe tal profundidad de análisis porque precisamente el problema con la mil veces mencionada nota sobre Ibarra nunca tuvo que ver con el contenido, sino simplemente con su título. El problema fue el renglón inicial y no los párrafos y minutos de video que le daban sustento. El problema fue la "desubicación" -palabra utilizada en los comentarios de los lectores- de sugerir que una mujer puede encontrar su zona de confort en una tarea doméstica. Ya con solamente haber cometido ese pecado, todo el resto de la nota quedó luego invalidado.

No existe una manera única de titular las notas. Sí hay siempre algunas reglas a las que atenerse -como la de no faltar a la verdad o la de no fomentar el odio-. Quizá en esta ocasión se faltó a la segunda de las reglas sugeridas -la de no fomentar el odio-, aunque honestamente tengo que reconocer que ese odio no vino de parte de los "raúles" -esos hombres que poco entienden de feminismo- sino de los lectores quisieron que ver una suerte de machismo recalcitrante en eso de hablar de la comodidad y la cocina. Ahí van los que hayan decidido -y aún deciden- hacerlo: están en todo su derecho (aunque lógicamente tengo mis diferencias al respecto). De todos modos insisto con lo que "quizá": se trata de una posibilidad.

Ya de vuelta en los hechos, lo que tenemos es un título polémico y una nota cuyo contenido lucha para romper estereotipos impuestos por el patriarcado. La pregunta que habrá que plantearse es si lo polémica del título lo hace merecedor de la condena que tuvo por parte de algunes. ¿Es que está mal polemizar? Más específicamente: ¿está mal polemizar cuando lo que se busca es interpelar a ese que piensa distinto para mostrarle un punto de vista que sabemos que no comparte? ¿Es un error recurrir a la imagen machista de la mujer encadenada a la cocina para empatizar con quien está de acuerdo con la misma y hacerle llegar así la historia de una Verónica Ibarra que rompe los prejuicios que este podía tener sobre la capacidad de las mujeres para hacer lo que sea?

Queda acá la duda abierta. Que comenten los lectores.

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