Opinión
Emprendedores reales, ficción y economía
“No quiero ser un producto de mi ambiente, quiero que mi ambiente sea un producto mío”. Con esta frase nos introduce a un desbocado y patibulario mundo Frank Costello, despiadado y sanguinario monarca mafioso que opera con puño de hierro un redituable feudo delictivo en los suburbios de Boston. El penetrante fuego de la niñez grabó para siempre en su mente que “nadie te da nada”, y que por eso “tenés que tomar vos mismo lo que quieras”. Costello actúa – a su modo – en coherencia con este principio, sirviéndose diestramente de la ilegalidad para satisfacer su ilimitada ambición. Estamos (por el momento) recorriendo pasillos de ficción. Costello, detestable, carismático y fascinante antihéroe criminal, es un personaje de Los Infiltrados, largometraje dirigido por Martín Scorsese.
Un problema central de la sociedad actual, sin embargo, es que gran parte de esta emocionante ficción sintetiza en forma bastante precisa una violenta realidad. No me refiero a la influencia económica, política y cultural que ejercitan los ya célebres narcotraficantes y capos criminales de hoy (como el Chapo Guzmán, u otros tantos Al Capone posmodernos). Muy por el contrario, me refiero a la cruda y material barrera con la que se encuentran la mayoría de los ciudadanos del planeta cuando intentan plasmar sus deseos de crecimiento económico valiéndose de medios social y jurídicamente legítimos. Esto sucede, inclusive, en los países más ricos del globo, como Estados Unidos.
¿Tenemos pruebas de esto? Bueno, mis amigos de años atrás – como yo, adolescentes de pueblo a la búsqueda de brújulas para entrar en el mundo adulto durante los mercantilizados y plastificados años noventa – ya lo tenían claro: “Es que ese está lleno de guita, por eso le va bien en el negocio”, aseguraban, en lo que parecía ser un razonamiento tautológico, pero no lo era. Pero, como el veredicto de un grupo de pibes de pueblo no parece tener ningún prestigio probatorio por estos días, me remito a estudios académicos que están hoy asegurando que estos desacreditados pibes tenían razón.
Analizando los rasgos sociales más frecuentemente encontrados en miles de emprendedores, los economistas de la Universidad de California Ross Levine y Yona Rubenstein comprobaron que la mayoría son blancos, hombres y con altos grados de escolarización: “Si uno no tiene dinero, o una familia con dinero, las probabilidades estadísticas de convertirse en un emprendedor caen abruptamente”1, sostienen. En las conclusiones, los investigadores destacan que “el rasgo más comúnmente difundido entre los emprendedores es el acceso al capital financiero – dinero de familia, una herencia, o un ‘pedigree’ (sic) de conexiones, que dan acceso a estabilidad financiera. Aún si en apariencia los emprendedores tendrían una admirable inclinación hacia el riesgo, es generalmente el acceso al dinero lo que les permite asumir riesgos”2. De esta manera, dos destacados economistas de Berkeley traducen al lenguaje académico el análisis casero formulado hace ya décadas por mis imberbes y precoces amigos.
Otras investigaciones recientes del National Bureau of Economic Research de Estados Unidos, afirman que, entre los corredores de bolsa, “los factores sociales y ambientales (en oposición a los genéticos) son los que influencian en mayor medida los comportamientos dirigidos a asumir riesgos económicos, evidenciando que la tolerancia al riesgo se desarrolla con el tiempo” – y disipando de esta forma el mito infame de según el cual dichos comportamientos estarían relacionados con un supuesto ‘gen empresario o emprendedor’3.
En términos estrictamente monetarios, las barreras de entrada para emprendimientos profesionales y creativos son demasiado altas. Hablando siempre de Estados Unidos – tierra de nuestro macabro personaje de ficción que se esfuerza cotidianamente por dar un salto al plano de la realidad –, las estadísticas económicas de la Fundación Kaufmann dicen que “la mayoría de los emprendedores no reciben salario por algún tiempo. El costo medio de lanzar un emprendimiento es de 30.000 dólares”4. A riesgo de ser redundantes, citamos un último dato, esta vez del Observatorio Global del Emprendimiento, según el cual “más del 80% del financiamiento para los nuevos emprendimientos provienen de ahorros personales y de amigos y familia”.5
Los emprendedores de hoy, en sustancia, pueden serlo porque su posición social y familiar previa les brinda una serie de recursos que pueden invertir, arriesgándolos para obtener una ganancia. Esto no quiere decir – bajo ningún punto de vista – que ellos no sean personas creativas, fuertemente motivadas y trabajadoras. Por el contrario, casi siempre lo son. Lo que sí quiere decir es que sólo una porción muy limitada de la ciudadanía – privilegiados del dinero y del capital social, no de un genético y noble talento – tiene la posibilidad real de aplicar su creatividad y trabajo duro al desarrollo de proyectos personales económicamente viables.
“Sé un buen ciudadano, no te conviertas en una pequeña e inocente versión de Frank Costello” te dicen de diversas maneras el estado, tu novia y tu familia. “Si no naciste con guita y no estás dispuesto a embarrarte – al menos hasta las rodillas – en el pantano de la ilegalidad, no tendrás la posibilidad de ser un emprendedor”, te dice crudamente la economía de hoy. Voces en tensión, que los economistas liberales parecen no escuchar, presuntamente a causa de sus dogmática teorías, que funcionan como un eficiente tapón de oídos ante el canto de la realidad.
Martín Cecchi. Sociólogo