Creo que esto es el futuro

Una charla con Martin Felipe Castagnet sobre Los cuerpos del verano, su primera novela en la que presenta un futuro donde Internet media en las posibles reencarnaciones del alma
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Josefina Morley

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Martin Felipe Castagnet nació en La Plata, tiene 27 años y es de esas personas que trabajan tanto que a uno le cuesta imaginar cuándo duermen. Sus actividades laborales giran en torno a la literatura en sus diferentes facetas: la escritura, la lectura, la traducción y la edición. En su caso la pregunta por la posibilidad de “vivir de la literatura” se responde afirmativamente, siempre que se piense en algo más amplio que el pago por los derechos de autor. Además de ser escritor, Martin es docente en la universidad, en colegios secundarios, en institutos e incluso vía Skype o mail. Hace investigación académica, trabaja como editor para dos revistas bilingües (The Buenos Aires Review y la reciente Alkmene), y es redactor en la revista Tónica. Por si todo esto fuera poco, también se desempeña como traductor, actividad en la que se cruzan las diferentes tareas que desarrolla.

En el 2012, Los cuerpos del verano (Factotum), su primera novela publicada, ganó el Premio a la Joven Literatura Latinoamericana. Allí imagina un futuro posible en el que se puede optar por evadir la muerte gracias al avance de la medicina e Internet. Esta última funciona como una especie de limbo entre la vida material y la muerte configurando una tercera posibilidad de existencia consciente en la web. Una vez que alguien muere puede optar por perpetuar su vida en Internet desde donde a su vez puede comprar un nuevo cuerpo.

Charlamos con Martin sobre la novela y algunos de los interrogantes que habilita.

¿Cuándo empezaste a escribir?

Hay dos tipos de respuestas posibles. La primera, de una manera amplia, es desde los últimos años de la secundaria cuando yo veía cómo amigos míos, más grandes que yo, ya tenían sus pequeños proyectos literarios, los fanzines -en su momento fotocopias- que hacían circular en el colegio. Empecé escribiendo textos ligados a lo que ahora se llama fan fiction y de a poco fui empezando a escribir cuentos hasta pasar a una novela y después a otra. Eventualmente en el medio sentí que se empezaba a formar una voz propia.

Por otro lado, la misma pregunta se puede tomar desde otro lado completamente diferente que es desde la escritura de un proyecto serio. Si a mí me preguntan precisamente cuál es mi obra, yo podría decir una novela édita y dos novelas inéditas o incluso simplemente una novela édita. Ese recorte es bastante subjetivo. También podríamos decir que empecé a escribir en cuanto me enseñaron. Yo creo que es importante responder esa pregunta de diferentes formas porque lo que permite es la creación del mito de autor. El hecho de que el propio autor decida donde está su comienzo como escritor a mí me parece positivo porque significa, por ejemplo, qué cosas entran y qué cosas no en términos de estilo, de contenido...Yo he escrito cuentos y mucha poesía y creo que no vale nada, al punto de que ya ni siquiera sé en qué lugar de la computadora están. Realmente uno -si tiene aprecio por algo- sabe en qué carpeta está.

¿Cómo fue tu formación como novelista?

La primera tiene que ver con la lectura -y estoy repitiendo cosas que ya dijeron muchos- pero siempre vale la pena repetir que es muy difícil encontrar un buen autor que al mismo tiempo no sea un buen lector. Como toda mi vida estuve leyendo, es imposible sacar de mi formación a las grandes novelas que leí.

Después tuve la oportunidad de hacer un taller de novela durante dos años con Diego Grillo Trubba, lo cual es algo más bien raro porque la mayoría son de escritura creativa. Me llamó la atención porque en la mayoría de esos talleres lo que importa es el aplauso y es muy difícil formar obra a partir de eso. Ahí lo que se espera es la aprobación del otro o levantarse a alguien. Mientras que en ese taller que hice se trabaja con un proyecto. A mí me sirvió muchísimo porque de algún modo aprendí lo que tiene que tener una novela para ser realmente legible. La segunda experiencia que tuve como alumno fue con Juan Terranova, a quien considero mi maestro. Hice un taller de cierre y publicación de obra con él que –por esas paradojas de la vida- terminé dando precisamente porque me resultó muy necesario. Hay muchos talleres de apertura, de empezar a escribir pero no de cerrar.

¿Cuál fue el puntapié inicial que disparó la escritura de Los cuerpos del verano?

La primera idea nació a partir del dolor de espalda de una persona adicta a la computadora. Estaba fantaseando con la posibilidad de seguir escribiendo sin tener que soportar el dolor de espalda, de escribir con la cabeza en la computadora, por así decirlo, o simplemente con la cabeza completamente desprendida del cuerpo. Fantaseando con esa idea llegué, más temprano que tarde, a una idea que siempre estuvo flotando en obras de ciencia ficción y que tiene que ver con la creación de una consciencia en una “realidad virtual”. No es la primera vez que se escribe algo así pero yo me di cuenta de que no había ninguna obra que girara en torno a ese problema específicamente. Empecé a sumar ideas en torno a ese concepto: poder descargar una mente en una computadora. Fue más adelante que, leyendo a Michel Houellebecq (Posibilidad de una isla) descubrí que había determinadas cosas que él ya había escrito. Este balde de agua fría terminó haciendo que cambiara el rumbo de la novela. Conservé la misma idea pero la llevé más al extremo. Me enteré de un concurso de novela organizado en Francia cuyo reglamento era apropiado para mí así que decidí largarme a escribir. Justo en ese momento yo estaba recibiéndome de mi licenciatura y escribir una novela era una excusa perfecta para demorar la escritura de una tesina. Aproveché el deadline específico del concurso para suspender mi tesina y trabajé en la novela que escribí más o menos en un mes.

Quería preguntarte por el título. Es gracioso porque si googleás tu novela, sobre todo en imágenes, estás vos de perfil rodeado por mujeres y hombres en la playa. Me parece interesante como guiño a la manera en que se extrema la mercantilización del cuerpo en ese futuro que imaginaste.

Nunca había pensado en ese panteón olímpico que conforma la galería de imágenes de la búsqueda de Google... Encontrar la carne pálida entre las carnes bronceadas. Es cierto que ahora eso es un recurso o una variable más a la hora de pensar en un título: con qué otras imágenes –y no ya solo títulos- va a convivir dentro de Google. Muchas veces recibo la pregunta de a qué me refería con el título y yo estaba pensándolo en esta tradición que tenemos ligada al cuerpo. El cuerpo, la sexualidad, era uno de los temas que más me interesaba junto con la Internet y la creación de identidades. Lo que quería hacer era jugar con la ironía, de hecho en algún momento pensé en titularla Los mejores cuerpos del verano. Después me di cuenta de que no era necesario. Me parece que justamente allí yace la gracia de la novela, en que son todos cuerpos fallidos, son cuerpos que se desmoronan y al mismo tiempo cuerpos con los que se puede fantasear. Marilyn Monroe decía que la belleza es imperfección y espero estar a la altura de esa definición.

Por un lado está la cuestión de lo mercantil, del cuerpo como objeto, que en nuestra sociedad es algo criticable, pero una de las tantas cosas que quería trabajar es que en el futuro puede ser un objeto pero de otra clase, no necesariamente ligado a las mismas necesidades que tenemos ahora. Por supuesto que el sexo va a seguir siendo un motor muy importante pero con esta posibilidad que es la ficción de inventar lo que a uno le plazca, pude inventar circunstancias en las que se empezaran a valorar cuerpos que ahora no estamos valorando. Es decir que siguen siendo objetos fetichizados y mercantilizados pero lo que cambia es cuáles son los que se buscan. Puede que continúe la tradición de seleccionar los cuerpos del verano pero las tapas ya no podían seguir siendo las mismas. Cambia el objeto, está el cambio de sexo atrás, o el de la edad.

También me interesaba la idea del verano como etapa de maduración que tiene que ver con uno de los temas del libro que es la evolución humana. Somos una especie muy joven en términos biológicos y nuestro cuerpo va a seguir evolucionando. Pensaba en ese momento en el que escribía la novela como la primavera del hombre y de ahí el verano en ese futuro. Eventualmente también llegaría el otoño, el invierno...la segunda parte que yo no llegué a escribir: la decadencia y la muerte. Siempre está la idea de la muerte incluso en universos donde “no existe”. Al ser algo necesario la muerte no puede dejar de existir. Casi siempre es algo que se piensa vinculado a la tragedia cuando en realidad también es bastante positivo. Esa falta de debate para darle otro sentido -que no sea religioso- impide discutir cosas como la eutanasia. De alguna manera alejarme en el tiempo me permitía pensar en nuestra relación con la muerte hoy.

En este momento en el que Internet es un tema ineludible para la narrativa de presente y de futuro, ¿cómo concebís la relación entre Internet y la literatura?

En primer lugar, no estoy de acuerdo con que no se pueda evitar. Me parece que al revés, la mayoría de los autores evaden ese tema. Se siguen escribiendo obras como si no existiera el celular. ¿Por qué? Porque la dinámica que da la tecnología que tenemos a mano cambia la forma de relacionarnos y la forma en la que les enseñaron a pensar la literatura hacía que evitaran incluir esos cambios. Ya no se puede escribir sobre una relación de una pareja actual y no mencionar la tecnología. Hacer eso atrasa. No alcanza con decir que hay un celular sobre la mesa. Hay que integrar estos objetos a la trama, a la creación de conflictos. Hay conflictos de nuestra vida cotidiana que nacen de la tecnología. Falta muchísimo por hablar. Me acuerdo de Terranova citando a uno de los autores del formalismo ruso diciendo que había que dejar la pluma de ganso. Si no se trabaja con estas tecnologías es por cobardía, es porque es difícil. ¿Cómo hacemos para transportar la dinámica de los mensajes de texto a una novela y que no se achate? Hay formas, hay autores que lo están logrando...pero se necesita más escritura.

Pensando en la identidad de Ramiro que luego de morir compra tres cuerpos distintos, ¿pensás que se mantiene una identidad o esta la posibilidad de ir cambiándola? Es decir, esos datos que se queman en un cuerpo, ¿son los mismos o cada cuerpo los modifica?

Recibí de parte de amigos y lectores diferentes respuestas a esa pregunta y eso me ayudó a mí a pensar una respuesta como lector de mi propia obra y no como escritor. En mi lectura personal, todo lo que en la novela se refiere al ego es objeto de una transformación inevitable. Hay algo que se desintegra –no se pierde pero se desintegra- que es el ego tal como lo conocíamos. Es decir, en mi entender no hay forma en que el ego pueda permanecer inmutable ante una determinada cantidad de tiempo y transformaciones.

Si yo me obligo a pensar eso mismo pero sin el trasfondo de la ciencia ficción, la única conclusión a la que puedo llegar es a que ya en nuestra vida cotidiana como la conocemos, tampoco existe un ego tan fuerte como el que nosotros quisiéramos creer. Venía leyendo sobre la posibilidad o no de considerar que una persona sea la misma durante toda su vida. Es discutible la forma en que nosotros creamos y nos apegamos a las identidades. Esto se ve por ejemplo en el tema de los nombres, tan generadores de identidad. A nosotros cuando nacemos nos ponen un nombre cuando nos inscriben en el registro y no cambia salvo pocas excepciones. En otras culturas el tema del nombre es muy diferente. Hay algunas culturas en las que el nombre se obtiene cuando uno se transforma en un hombre en un sentido de maduración sexual.

Pensar gracias a los mecanismos de la ciencia ficción en formas de separarnos de este apego, incluso de nuestro propio cuerpo, lo único que hace es agrandar, ahondar en una discusión que ya está presente. Me parece que es un buen dispositivo para pensar con más libertad en los cambios que vemos en nuestra vida cotidiana, en los objetos que utilizamos, las personalidades que se crean a causa de esos objetos. Puede llegar a ser algo muy positivo cambiar la manera en que nos vemos a nosotros mismos en nuestra continuidad de levantarnos todos los días y ver la misma cara frente al espejo. Quizá nos permitiría pensar en otro tipo de vida.

¿Cuánta gente se encasilla ante determinados roles? ¿Por qué no empezar a estudiar una carrera universitaria a los 45 años, a los 60 ... al jubilarse? Me parece que pensar la verdadera duración, el apego y la forma en la que construimos nuestro ego podría quizás ayudar a que nos divirtamos más, que es lo que hacemos en Internet: tenemos más identidades y la pasamos mejor.

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