"Subir al cielo para escapar del suelo"

"Me fui a subir un cerro porque me tienen harto los saludos de fin de año. Por eso, ayer elegí desintoxicarme un poco, a subir un bien alto para esquivar el cariño acalorado de los conocidos y, de paso, exudar el alcohol que uno ingiere en estas épocas, en el fondo, para olvidar por un rato cuán miserables es que somos como raza".

 

Callar puede ser una música,

una melodía diferente,

que se borda con hilos de ausencia

sobre el revés de un extraño tejido.

La imaginación

es la verdadera historia del mundo.

Roberto Juarroz.

 

Me fui a subir un cerro porque me tienen harto los saludos de fin de año. Ya sabés, de pronto, una manada de absolutos extraños te provoca con sus abrazos en medio de una calle o tu casilla de mails, de un momento a otro, se ve repleta de tantos buenos deseos que, si fueran de cumplimiento cierto, uno podría tener ganado el paraíso en la tierra hasta, digamos, el año 2084. 

Encima, el hombre ha dado a estas fiestas un contenido simbólico sumamente exagerado. En sólo dos semanas resulta que, para empezarlas, el mismísimo hijo de uno de los dioses más poderosos es asesinado y colgado en una cruz para que nosotros nos salvemos, mientras un gordo de rojo, en un carro tirado por renos, se ríe jo jo jo y deja caer regalos y banquetes sobre los fieles, quienes rápidamente olvidan al crucificado y se emborrachan hasta caer sin elegancia alguna sobre sus malolientes colchones, que, como el chico de la cruz, poco saben del amor. 

Luego, una semana después, se decreta que el año finaliza y hay que festejarlo, cuando, en nuestros pagos, en realidad el ciclo natural (el verdadero fin del año) se produce con el solsticio de invierno, a finales de junio. Para completarla, a la semana siguiente, tres reyes que se movilizan en camellos y, como si fuesen víctimas de una droga de diseño, siguen a rajatablas a una estrella, entran en tu casa sin permiso, acarician a tu perro, se beben tus cervezas y dejan regalos a tus  hijos, que los quieren a ellos más que a vos.

Es demasiado grande el circo de los fines de año. Por eso, ayer sábado me fui a desintoxicar un poco, a subir un cerro para esquivar el cariño acalorado de los conocidos y, de paso, exudar el alcohol que uno ingiere en estas épocas, en el fondo, para olvidar por un rato cuán miserables es que somos como raza.

Sin embargo, cuando unos menos lo espera, como dicen las canciones de medio pelo, sucede la maravilla. Y sobre esto quiero contarles.

 

Es una nube, no hay duda 

 

Vallecitos es uno de los lugares más bellos del mundo. Tiene cerros tan lindos que son síntesis justa de toda la cordillera de Los Andes y, a sus pies, de la nada y con prepotencia, entre las piedras, nacen cascadas como cabellera de gitana. El cielo es escandaloso cuando exhibe sus azules y también cuando, allá en lo alto, las nubes avanzan como fantasmas en fuga.

Aquí está la prueba:





Además, para quienes amamos la montaña, Vallecitos tiene otras ventajas: queda cerca de casa, es de fácil acceso en vehículo y podés empezar a trepar ni bien te bajás del auto. Por eso, ayer, con mi amigo Diego, nos fuimos a este pequeño valle sin plan ni hoja de ruta, lo cual posibilitó un encuentro sumamente nutricio para estos tiempos mezquinos. 

Cuando llevábamos trepando una hora y media, allá a lo lejos, vimos a cuatro tipos que se pararon de frente a un cerro cuya pendiente, para quienes no somos ni andinistas ni valientes ni jóvenes, era un espanto por su inclinación.  

Habían elegido una ruta frontal por un acarreo muy flojo (luego nos enteraríamos que se llama Adolfo Calle / Stepanek) y allí se detuvieron a hacer la parada de rigor para subir, luego nos enteraríamos, la cumbre de uno de los muchos cerros escalables del lugar: el Stepanek, de 4200 metros.  Esta es  una foto de la última parte del acarreo en cuestión, con los andinistas recortados contra el cielo:

Nos acercamos a ellos y, sin más, nos invitaron a ser parte de la expedición. Así, de pronto, con toda naturalidad, nos incorporaron a su experiencia en la que, durante un largo día, compartimos el duro esfuerzo, el blanco descanso, la comida y la bebida, las fotografías y las jodas de rigor que se asumen en cada ascenso. 

En estos tiempos que, en medio del viento y cerca del cielo, cuatro extraños se metan en tu vida es un milagro. Rápidamente, nos aprendimos sus nombres: Adrián Davolio (empleado de Telefónica, de marrón), Maximiliano Costa (estudiante de Arquitectura, sentado), Fernando García (profe de Educación Física, de rojo) y José Córdoba, de azul, español de Andalucía pintor de hogares y experto en recetas con ajillo, oliva y mariscos varios. Con ellos, al fondo, mi amigo Diego Carbonell.  

Durante todo un día, con ellos subimos hasta cerca del cielo, aprendí de la montaña, conocí algunos de sus sueños, nos dejamos seducir por el anda elegante de un guanaco, oí historias de sus mujeres y sus hijos, nos perdimos entre nubes que hicieron remolinos entre nosotros y llegamos hasta una cumbre que supo de nuestro abrazo fraterno. 

Ahora que son parte de esta nota, por supuesto, nobleza obliga, lo mínimo que ellos deberían hacer es invitarme a comer un asado, para que mi mente se relaje ante tantos abrazos pegajosos, chicos crucificados, gordos con renos, banquetes vergonzosos, reyes cerveceros y repertorios de buenos deseos.

El sol está cansado y nosotros con ganas de regresar al mundo. A fin de cuentas, como decia un poema de Juarroz:


No hay regreso / pero siempre queda un viaje de vuelta / hacia ciertas cosas anteriores, / que ya son otras / y sin embargo nos llaman.

Nada cambia del todo. / Lo que no cambia en aquello que cambia / saluda nuestro viaje hacia atrás,

celebra lo que no cambia en nosotros / su abismal permanencia en el fondo, / su intemporal fidelidad.

 

Finalmente, como de postre, les dejo un video de 10 minutos, que fue subido a YouTube por "lu2mgq", y que relata la dura subida invernal de un grupo de andinistas al Stepanek, justamente a fines de junio de este año, en el inicio mismo del invierno y “con cincuenta centímetros de nieve”, se aclara:


Opiniones (5)
18 de julio de 2018 | 21:47
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18 de julio de 2018 | 21:47
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  1. Comparto con el autor de la nota sus sensaciones. Como mendocino hace pocos años que descubrí que encierran esos bloques de piedra que veo desde la ciudad. Y por suerte, al acercarme me atraparon, y espero que para siempre. Cada vez que estoy en ellas, sólo o acompañado, es un ritual que quiero repetir cada vez que estoy de vuelta en el llano. Les dejo la dirección de un blog que pusimos en la web con un amigo. La idea es reflejar, al menos en parte lo que transmiten esos centinelas de piedra. http://www.andesmendocinos.blogspot.com/. A propósito, mi compañero de ruta partió hace apenas unas horas al Aconcagua, desde acá un abrazo y deseos de buena cumbre.
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  2. Estuve ahí Comparto q es un bello lugar y q es cielo en el suelo lo q es más mágico aún .Muy hermosas las citas poeticas .Mendoza y las/los mendocinas /os son harto maravillosas /os-
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  3. Como bien dijiste, Ulises, Vallecitos es un hermoso lugar. De todos modos no lo promociones mucho ya que lo único que hace falta para volverlo un basural (como por ejemplo la ribera del río en Cacheuta) es presencia humana en exceso. Un abrazo. Adrián.-
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  4. Cuando no se puede encontrar el silencio cerca de nuestra gente, nuestro entorno... hay que salir a buscarlo. Brillante escapada (mas que escapada, es una huida... jejej)... Como podemos hacer para que me cuentes como llegar a esa montaña?? Es una exelente idea pa'copiar... Saludos!
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  5. que no escapamos del suelo,que tb nos llenan de abrazos ,de imail, de buenos deceos ,encontramos el cielo en la mirada de nuestros hijos, ya no niños,que no creen en gordos vestidos de rojos,en abrazos de sobrinos tan terrenales como yo,las fotos estan buenisimas,pero el cielo esta al alcance de tus brazos,tu mejor refugio,es tu hijo y cdo quieras escapar del suelo,observalo ,el cielo esta en su mirada.
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