Los chicos practican fútbol mientras los adultos juegan a la violencia

Ocurrió en Chapanay, donde una acumulación de situaciones signadas por la pasión, el desatino, la tozudez y la soberbia pudieron ocasionar un hecho policial en medio de un partido de las categorías inferiores de fútbol. Los jóvenes dieron el ejemplo. Los adultos, todo lo contrario.

Si el árbitro no se iba a tiempo, si el policía no guardaba, aunque a desgano, el arma cargada, si los padres no eran calmados por otros padres o, en algunos casos, por sus propios hijos, unos partidos de fútbol de las inferiores de los clubes San Martín y Murialdo podrían haber terminado en la sección dedicada a informaciones policiales.

Este fin de semana, dos encuentros de las divisiones inferiores que se jugaron en la cancha del club San Carlos de Chapanay pudieron terminar en desgracia. Quienes prestaron la cancha no tuevieron nada que ver. La situación no pasó a mayores. Pero no por ello la situación dejó de ser una tragedia.

Un árbitro equivocado y cargado de soberbia que discutió con Dios y María santísima, en lugar de actuar y hacer cumplir las normas del fútbol; unos padres que, a pesar de que calmaron los ánimos más allá de lo previsible, insistieron en querer “salvarse” con los chicos jugando al fútbol y unos policías que recién se despabilaron cuando el tono subió y sólo atinaron a cargar la escopeta, como única respuesta, marcaron la tarde sabatina.

Todo esto, ante el estupor de quienes pasaron de ser los observados, a espectadores: los chicos de 13 y 14 años que dirimían unos puntos para el campeonato local.

En medio de fincas bien cuidadas, con el rumor de un canal de riego despejado y 32 grados de temperatura ambiental que se hicieron pasables bajo la sombra de una alameda, el divertimento estuvo a segundos de trocar en circo romano.

En el primero de los dos partidos que tuvieron como protagonistas a idénticos equipos, jugaron los chicos de la categoría 94.

Todo iba bien: a San Martín le hacían falta unos puntos y aspiraba a ganarlos como local y en buena ley.

Un padre, apasionado, cuyo hijo ya había jugado un partido anterior, más temprano, pero que de igual modo había decidido quedarse a respaldar al resto de los jugadores, lanzó un comentario soez, como los que normalmente se hace en una tribuna cargada de pasión.

A diferencia de lo criticable, fue sólo un comentario, ni siquiera un grito. Viejas cuitas pendientes –se supo a la salida- hicieron que el árbitro lo escuchara y le increpara con dos opciones absolutas: “te vas vos o me voy yo”. El hombre dudó y miró a todos los demás, cargado de culpa. El árbitro se fue.

Fueron vanos los intentos de unos y otros: los ruegos por disculpas primero, las puteadas después. No volvió. El partido se suspendió. Se le arruinó el día a un puñado de adolescentes que estaban ahí, cuando podrían haber aprovechado la siesta del sábado para emborracharse en cualquier esquina, pedir un tema a alguna radio de FM echados en la cama o apoltronarse a mirar la tele, no más.

Luego, una nueva contienda deportiva. Esta vez se enfrentaba la categoría 95.

San Martín avanzó con notable calidad y Murialdo demostró toda su capacidad de juego. Ganaron los locales. Pero antes de que se decretara el triunfo –cuyo dato ya pasó a ser una anécdota balsámica, nada más- el mismo juez con la misma impertinencia que uso en el partido anterior desplegó toda su soberbia en abanico: contra los padres de las tribunas, a quienes aconsejó con vehemencia; a los jugadores de uno y otro equipo, a los que relajó con gritos y cuestionamientos; al mundo que lo rodeaba, al negar infracciones y ningunear advertencias.

Con el pitido del final vino el guarangueo feroz y era esperable. Los niños intentaron calmar a sus padres y técnicos y, en una buena medida, lo consiguieron.

El hombre más cuestionado de la tarde se le animó, primero, a la tribuna, para luego acelerar sus pasos hacia un camarín en el que recibió todo tipo de improperios.

Fue allí cuando todo fue equivocación: un gordo policía sacó la escopeta; se lo reprocharon. La cargó; se iluminaron los rostros de temor. Se le advirtió: “usted no puede hacer eso”. Y, dándose cuenta del tamaño de su error, decidió dejarla para después en el asiento de la camioneta.

Con la retracción de los padres más enfurecidos, pudieron hacer lo suyo los delegados de los clubes, quienes, al igual que el árbitro, prometieron notas e informes detallando lo ocurrido, cada cual con su propia versión, obviamente.

Los jóvenes, estos por quienes pedimos a boca de jarro que vayan presos, que se los contenga, se los eduque, se les permita trabajar, les dieron una lección de adultez a los adultos.

Recordarán, lamentablemente, el día en que todos descendieron, pero en la categoría humana.
Opiniones (2)
22 de mayo de 2018 | 05:30
3
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22 de mayo de 2018 | 05:30
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  1. Excelente nota. estoy convencida de que somos los adultos los que tenemos que revisar nuestras actitudes y dejarnos de proponer estupideces como penas más duras para neustros hijos. Somos unos imbéciles, definitivamente.
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  2. no se entiende nada la nota
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