Canción de amor al Indio Solari

Es un símbolo de resistencia y talento y también de éxito masivo. Acaba de editar su quinto trabajo solista, "El ruiseñor, el amor y la muerte", el mejor disco de rock de, al menos, los últimos diez años en Argentina.

"Todo este asunto de la grieta no es novedoso: es la grieta entre los que tienen el poder y los que no los tienen", Indio Solari

Cuando empezamos a escuchar rocanrol y decidimos que no seríamos ovejas de ningún pastor en particular, éramos muy pequeños: adolescentes constituidos, como minotauros, por una doble naturaleza: la labilidad y la inmortalidad. Éramos sumamente débiles y, no obstante, gozábamos de la eternidad. Nuestros huesos aún se estiraban, pero nos sentíamos animales fuera del tiempo.

El rock no vino a mostrarnos cómo podíamos ser, sino como éramos para poder ser. El rock, por entonces, decía aquello que callaban nuestros padres, los gobiernos y las empresas, los medios de comunicación, los profesores y los dioses. Vino para tirar abajo cosas: una mentirosa fraternidad familiar, una dictadura cívico-militar ominosa, unos políticos y empresarios corruptos, unos periodistas cooptados disfrazados de criteriosos, unos docentes cobardes, unos curas babosos y unos dioses cínicos, auténticas marionetas que nos fabricaron, en tremenda complicidad escandalosa, justamente, nuestros padres, políticos, maestros, jefes y administradores de deidades.

Cada uno fue armando su vida como pudo y un poco como quiso, condenados por origen y atravesados por nuestros sentidos de la labilidad y de la aventura y por cierta rebeldía inmanente y esencial, que terminó definiendo nuestros destinos: debemos al rock y a la poesía -esas infancias perdidas- y a nuestro sentido social de la justicia, buena parte de esto que somos: gente básicamente insatisfecha con el curso de las cosas.

Igualmente, quedamos a medio camino; ciertamente, casi todos hemos quedado a medio camino entre nuestros sueños y lo que hicimos en concreto. No nos destacamos por nada en particular: seremos olvidados de un plumazo, pero esto, bueno, "esto ya no es rock ni amor, es pura suerte" o puro pasto del olvido, el único dios verdadero.

Por caso, no nos dimos cuenta, en aquellos años, que cualquier infeliz con convicciones se puede convertir en músico de rock, en uno, digamos, del montón, olvidable, aunque exitoso. En esto, el rock no es distinto de los padres, los funcionarios, los periodistas, los empresarios, los curas, los educadores y los cristos. Por todo sitio, pululan bandas de rock de chicos y chicas sin mayor talento, repletos de posturas, yeites violeros, groupies humedecidas, drogas blandas y pesadas, ropajes extravagantes y algún hit de fogón, pero nada más que eso. Hace falta un "algo más", una forma de cultura aplicada a la obra y esto es lo que distingue la mirada del Indio Solari, aquello que lo vuelve imperecedero.

Indio solari

En los inicios, muy pronto, nosotros comprendimos o nos convencimos de que el rock era otra cosa: una actitud ante la vida. No necesitamos formar una banda de tres tonos para comprobarlo, aunque, por supuesto, lo hicimos. Sin embargo, tuvimos siempre las orejas conmovidas ante los testimonios de los gigantes, esos que, a fuerza de búsqueda, negaciones de sí mismos y capacidades, se convirtieron en clásicos. Citemos, esta vez, a los más resonantes: Nebbia, Spinetta, Gieco, Abuelo, Charly, los de Sumo, Moura, Cerati, Calamaro, Fito y, por supuesto, Solari, aunque la lista puede ser más grande, porque es abierta, como la noción de lo clásico.

Ahora bien, el caso del Indio Solari es particularmente atendible, no por aquello que fuimos, lo que nos dio origen, sino por esto que, varias décadas después, somos: tipos contundentes, abuelos muchos, con tatuajes que se nos han ido cayendo de rodillas, como acuarelas bajo la tormenta.

El Indio tiene 69 años. Este dato, para un roquero, es decisivo: y Solari lo asume con una contundencia maravillosa y una actitud vital asombrosa. Viene a decirnos el tipo que todo aquello que construimos hace tantos años, no ha terminado, que la actitud es un suceso sujeto a evoluciones y que el talento y el desafío no se debilitan ni se tranzan, con los años. Hay un hecho extraordinario en el fenómeno que encarna: es seguido por niños, adolescentes y jóvenes con veneración, la misma que tenemos los que, como él, ya envejecimos. El Indio junta de a cinco generaciones en sus multitudinarias "misas" y esto tampoco lo hace nadie más que él. Todo concierto es político.

Algunos de nosotros solíamos preguntarnos cómo sería la ancianidad del roquero o de qué trágica manera moriría el rocanrol y, ahora, en parte, lo estamos viendo: el Indio, por ejemplo, con su estupendo último disco, "El ruiseñor, el amor y la muerte", viene a decirnos que el tiempo puede ser ingrediente para que todo suene mejor, mejor incluso que la primera vez, mientras alrededor todo un abanico de clichés se vienen abajo ni bien surgen, como siempre ha sido. Pusimos demasiada expectativa en el rock y sólo una pequeña parte de él justificó nuestros esfuerzos. Pues bien, el Indio Solari es parte fundamental de la pequeña parte que supervive por encima de la estupidez reinante.

El disco, si lo escuchan, está repleto de hermosura y de crudeza. Es tan personal y profundo, tan íntimo y jubiloso, que nos remonta a épocas en las que los oídos nos estallaban de felicidad al descubrir "ese" disco de Pescado o de Serú o de Soda o de Sumo. "El ruiseñor, el amor y la muerte" es, francamente, un disco perdurable, algo que hace mucho no sentíamos; algo que casi ningún roquero puede ofrecer hoy en día.

Escucho, una y otra vez, este disco mientras corro. Por alguna razón, en este frío invierno, correr y nadar junto a mi hijo Eliseo se ha vuelto el mejor regalo que podía hacerme: cuando nado, no escucho nada y, cuando corro, escucho música y en ambos trances tiendo a suspender toda expectación y a dejarme invadir por una evidente sensación de disfrute. Cotejar el esfuerzo físico con abecedarios de lo indecible es, en este frío invierno, mi puerta de acceso a un estado de nirvana encantador. Así las cosas, descubrí, hace unos días este disco que me lleva a reincidir en cierta convicción: Solari es un ícono excepcional de la historia cultural argentina; todo es arte en él, todo es belleza, desafío, altura y convicción. Pocos, muy pocos artistas del país están brillando como este roquero tan cerca de los 70.

Indio Solari

Por eso, sugiero que se tomen su tiempo para escuchar esas 15 canciones, que se explican por sí mismas y no necesitan de exégetas que elaboren, de esos discursos, otros discursos que no harán más que equivocarse y mediatizar realidades contundentes y preciosas; además, sabrán ustedes, esta es tarea de la educación formal y de esta tarea hasta el mismo Solari, hace unas horas, se despega, en una entrevista que brindó a cuatro medios, de verdad, independientes: "La gente que escribe la lírica de las canciones se va enterando de que se trata a medida que las van escribiendo. No está para ser entendido lo que yo digo, sino para imaginar... Probablemente yo podría explicarlas, porque tengo mis respuestas, pero no quiero hacerlas públicas, porque acotan la posibilidad de que la gente imagine. Si yo las explico, todos van a leer eso y a mí lo que me interesa es detonar la imaginación de la gente... Y yo creo que ignoro más que la gente, porque no me atrevo a reinterpretar lo que escribí".

Por eso, lo más recomendable para los roqueros es esperar que transiten el disco, poniendo vida en ello; déjense invadir por este disco impar, por esas guitarras como verbos, esas melodías que se bancan un fogón, esas historias necesariamente nostálgicas, esa pasión de un adulto mayor que jamás traicionó sus convicciones y, siempre desde el borde, triunfó y se constituyó en uno de los mayores ejemplos de arte y de ética de la historia argentina, aunque, claro, siempre habrá pavos dispuestos al descrédito (él, en una de sus canciones, lo dirá así: "Los tontos no descansan jamás, viven y no dejan vivir"), pero, bueno, atender ciertas gimnasias anónimas, no ha sido tarea interesante para mí, ni lo será esta vez.

"El ruiseñor, el amor y la muerte" es el mejor disco de, por lo menos, los últimos diez años en el rock de Argentina. Ante la seguridad de esta evidencias, uno no puede más que desdecirse y considerar que el rock no ha muerto, sino que, en todo caso, se ha vuelto una especie en extinción que artistas como el Indio Solari se empeña en rescatar.

Se merece el tipo cada gramo del éxito y el respeto que ha conseguido. Que lo disfrute con mejor salud.

Ulises Naranjo

Pd: Nótese que el texto no menciona en ningún lugar "Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota"; simplemente, no fue necesario. 

Opiniones (18)
17 de agosto de 2018 | 02:52
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17 de agosto de 2018 | 02:52
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  1. Excelente Ulises. Un abrazo!
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  2. Si vamos a elegir por música, lo supera por lejos Ceratti, si vamos a elegir por guita ganada y cobrada a los de afuera, me quedo con Messi. Este vive en la "villa" Quinta Avenida del pogo que hacen todos los días en Wall Street. Y le importan menos los muertos en sus recitales que a Cristina los de la Plata y Once.
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  3. Me quedo con fuerza natural de Gustavo Cerati..en estos ultimos 10 años
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  4. Semuchodetodo, que Nick poco atinado. No sabes un carajo. Kapanga no es de Mendoza, si lo es Karamelo Santo. También los Enanitos Verdes. Claro, defendiendo al nabo vende humo este, se entiende que no sepas nada de nada...
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  5. Buena nota, el indio un crack!
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  6. No esta mál, igual muy conservador como el gran resto de las bandas, otras perciben el nuevo rock nacional y se suben al nuevo movimiento x ej Babasonicos como banda vieja y la genial Perras on the beach de las nuevas.Viva la música y todo el Rock !!
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  7. Excelente Ulises. Un placer leerte. Un abrazo.
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  8. Resistencia a qué cosa?
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  9. Claro esta que para opinar de musica hay que saber y mucho mas sentirla , aquellos comentarios lo cual descalifican lo Carlos Solari logro , es la gente que lo unico que escucha es Kapanga el unico grupo mediocre de Mendoza logro algo . Cuando sepan lo que es musica y lograr sentir lo que produce la musica , por favor opinen.
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  10. Es increible como el kirnerismo hizo odiar por el 70 % de la gente al indio, a maradona, al papa... Una capacidad de enfrentar argentinos contra argentinos pocas veces vista en la historia.
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