Víctima de un arma no es solo el que muere: el libro

Gabriel Conte aporta a la Conferencia de Revisión sobre Desarme de la ONU un trabajo preparado junto a Paula Vetrugno sobre armas, muerte y vida.

Una bala entra al cuerpo con demasiada facilidad: solo es cuestión de atravesar la piel. Su eficacia radica en ello: atravesar, romper y multiplicar el daño; todo depende de sus características. Ninguna, absolutamente ninguna, ha sido diseñada para que quien la reciba sea feliz por ello, sino todo lo contrario. Cuando entra en el cuerpo llega con toda la fuerza y el impulso que recibió desde el mecanismo que la lanzó, un arma de fuego, accionado por un ser humano. Algunos datos más técnicos que se conocen en criminalística -y que las películas y serias dejan de lado para evitar el miedo y para popularizar, en todo caso, la industria de las armas- da cuenta que aquellas que son de 9 mm, usadas generalmente por fuerzas policiales, vuelan a una velocidad de alrededor de 1448 km/h. Cuando llega a tu cuerpo más rápidamente que el Boeing más grande, pero allí a tu altura y en un tamaño imperceptible, se expande y agujerea todo lo que encuentra en su camino. Los órganos y tejidos se rompen. Pero es peor si la bala es de 22 milímetros y te alcanza algún hueso: rebota, rompe y multiplica su  efecto destructor. Una bala no es tan solo eso. Tampoco se paga por ella tanto dinero como el que hace perder en asistencia médica en hospitales, por ejemplo. Ni hablar si se cobra una vida.

Tapa mmhs matar morir herir sufrir

Por estos días se desarrolla en las Naciones Unidas la Conferencia de Revisión del Programa de Acción sobre Armas de Fuego. Allí participan los gobiernos y la sociedad civil acreditada ante el Consejo Económico y Social de la ONU, el Ecosoc.

Desde Mendoza aportamos a ese encuentro (y a la semana global de acción contra las armas de fuego) el conocimiento adquirido con el primer plan de desarme y control de armas orgánico y sistemático realizado en Sudamérica, que se desarrolló aquí a principios de este siglo y que sirviera de plataforma a todo un despliegue internacional en una materia que estaba signada por el descontrol y la falta de regulaciones.

En el trabajo que llevamos a Nueva York con Paula Vetrugno, coautora del plan y de este volumen, mostramos algunos casos puntuales que dan cuenta que la tarea del Estado y de las ONG lejos de haber concluido, recién comienza y algo fundamental: que no solamente tenemos que contabilizar las muertes en la fría estadística sobre el efecto de la proliferación, descontrol y uso de armas de fuego, sino a quienes quedan heridos, con discapacidad o dejan familias partidas por el dolor de una ausencia e, inclusive, de su sostén económico además de anímico.

Es un tema complejo en el que el mundo lleva discutiendo con muchas y valiosas voces -tanto a favor como en contra de nuestro planteo- 17 años. Muchas organizaciones, universidades, institutos y gobiernos lo han tomado en serio y por primera vez en la historia hay cifras, hay diagnósticos y hay planes de intervención, por lo cual el mundo ya es distinto a cuando empezamos, aunque la tarea no esté concluida ni pueda satisfacer a todos por igual.

Un pequeño aporte desde un punto lejano del globo terráqueo que busca una sola cosa: poder vivir en paz. Pronto lo presentaremos en Mendoza.