De Boca en Boca: La mesa está servida

Aquellas mesas largas y vestidas, el ruido de los vasos, el cuchicheo constante y alegre de los comensales son imágenes hoy, en blanco y negro. Las formas actuales del comer se han modificado a la velocidad del ritmo de vida.

Ya no convergen los rostros ni las conversaciones, los rituales se desvanecen, no son necesarios al ser la comida cada vez más rápida, más pequeña, más instantánea. El momento de la comida pierde protagonismo, pierde valor al no haber encuentros y aparece entonces una nueva figura: el comedor solitario.

Y es que la mesa actual no es más que un reflejo de la cultura, una microsociedad, donde ya nadie coopera, sino más bien se aleja a engullir su porción. Desaparece la cocina como lugar de elaboración y de encuentro, surgiendo una neo-modalidad del comer: el snacking o picoteo, pequeños bocados de comida a lo largo del día, desordenados, automáticos y sin lógica, con la intención de satisfacer el hambre y continuar: como comer un alfajor de almuerzo.

No sólo no hay coincidencias entre los comensales, sino que además la mesa se encuentra segmentada, ya que cada uno elije un menú distinto, de acuerdo a sus intereses y propósitos: así la mamá que siempre se cuida, sólo come una ensalada, el papá prefiere agregarle un bife, el niño sólo el bife y el adolescente prefiere comer en su cuarto vaya a saber que...

Se sabe que todas estas prácticas desestructuradas y desarticuladas del comer actual, disminuyen notablemente la calidad de los alimentos que se ingiere, engañando al hambre pero no a la saciedad, ya que al ser comidas rápidas y procesadas y al realizarlas en simultáneo con otras actividades, como: mirar el celular, la computadora, continuar trabajando, etc, el cerebro no es capaz registrar lo que se ingiere, generando sólo la sensación de haber comido, lo que desencadena posteriormente respuestas compensatorias de sobreingestas.

Con estas prácticas, además de perder salud, se diluyen los recuerdos creados a partir de determinados alimentos, que se crean durante experiencias sensoriales junto con momentos agradables y placenteros en compañía de otros. Estos recuerdos se conforman en la infancia y duran toda la vida, siendo grandes influyentes a la hora de determinar las elecciones y conductas alimentarias.

Los recuerdos alimentarios, además permiten crear una identidad culinaria familiar, al compartir determinadas recetas y en momentos determinados, favoreciendo la apropiación de ciertas preparaciones: "La lasagna de los Gonzáles", manteniendo esta herencia comestible vigente por varias generaciones.

Las personas que comparten la mesa son modeladores de las formas del comer, ya que se da un aprendizaje indirecto, por imitación.

Comer en familia, permite estar atentos y detectar comportamientos inadecuados o de riesgo en las conductas alimentarias, pero además de prevenir, fortalece la seguridad, la autonomía y la independencia a la hora de comer, ya que si la ingesta se da en un ambiente seguro y familiar, esas personas seguramente buscaran patrones similares de ingesta, fomentando la cohesión y la comensalidad.

Los adolescentes que comen al menos una de las comidas diarias en familia, presentan menos conductas de riesgo, como el fumar y consumir drogas, menos depresión y menos alteraciones de sus comportamientos alimentarios, siempre y cuando se procuren momentos agradables y distendidos, sin restricciones ni castigos.

Vale la pena entonces, detenerse, reencontrarse y poner un mantel en la mesa.

 

Opiniones (1)
19 de agosto de 2018 | 04:13
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19 de agosto de 2018 | 04:13
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  1. Excelente nota. Valoremos la familia y sus sanas costumbres...
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