N. Munilla

Desapariciones mediáticas

Carme Chaparro aborda en su primera novela "No soy un monstruo" las intrigas, el morbo y las consecuencias provocadas por los casos policiales más resonantes.

Ciertos casos policiales alcanzan un impacto casi instantáneo, impulsado por la mediatización de los hechos y las investigaciones, a lo que se suman la morbosidad del público y los nervios de políticos que ven potencialmente afectados sus intereses; todo contextualizado en una época donde las telecomunicaciones facilitan la viralización y tergiversación de la información. La literatura recurre fielmente a estos temas y, de hecho, no es casualidad que el género negro aún cuente con una sólida popularidad entre los lectores.

Basándose en su experticia dentro del periodismo, la presentadora televisiva española Carme Chaparro publica su primera novela No soy un monstruo (Espasa), que trepidantemente aborda las problemáticas de una investigación policial salpicada de misterios, conmociones y acechos periodísticos, reuniendo personajes traumados, sufridos e involucrados más allá de sus límites físicos y mentales.

No soy un monstruo libro

Todo comienza con la desaparición de un niño de cuatro años en un centro comercial suburbano de Madrid, una situación muy similar a la esfumación en el mismo lugar dos años atrás de un pequeño llamado Nicolás, en un caso que provocó gran conmoción e histeria en España. Ambos episodios son inmediatamente atribuidos a un mismo sospechoso apodado 'Slenderman', una suerte de alter ego de la famosa y espantosa criatura creepypasta que atrae jóvenes para matarlos.

La inspectora jefa Ana Arén, especializada en delitos contra menores, es la encargada junto a su brigada de investigar la nueva desaparición, lo que le abre viejas y profundas heridas producto del caso Nicolás que casi la llevan a la locura. Por otro lado, la exitosa periodista de televisión Inés Grau es forzada a seguir mediáticamente la investigación pese a su descontento inicial y las demandas de sus editores para producir otro exitoso libro.

Más allá de la historia central, id est la desaparición de los niños, y que de por sí ya cuenta con suficientes dosis de tensión y suspenso, uno de los puntos fuertes de No soy un monstruo es el variopinto abanico de personajes, tanto protagónicos como secundarios. Chaparro supo recrear con pasmosa verosimilitud el dolor de las víctimas ante la incertidumbre por la suerte o la pérdida de un ser querido, la terrible influencia de esos episodios traumáticos en sus vidas cotidianas y las graves consecuencias que puede acarrear tanto en ellas como en su entorno más cercano.

"En algunas personas, cuando el dolor era muy grande, el contacto piel con piel producía una descarga eléctrica muy dolorosa. Si el sufrimiento es extremo, lo que hace la víctima es encogerse sobre sí misma en posición fetal, para proteger los órganos vitales del cuerpo encerrados en el tronco".

Ana Arén representa un prototipo de heroína, pero algunas de sus características la configuran como un personaje menos ajeno a la realidad. La protagonista sintetiza un explosivo combo psicológico de paranoia, fracaso y obsesión, fuertemente marcado por la muerte de su padre y la no resolución de la desaparición de Nicolás. Los hechos negativos la martirizan en demasía y la obligan a adoptar posturas más frías y duras en su ambiente laboral y en su círculo más íntimo. "Al principio eran sueños tan reales que al despertar aún podía notar el polvo entre los surcos de sus huellas dactilares. Miraba sus manos y le parecía ver en ellas los restos de lo que una vez fueron las uñas, las venas o los músculos de su papá".

En cambio, Inés Grau es un personaje más dócil aunque no exento de ciertos episodios que afectan su personalidad. Madre soltera moderna, la periodista encarna a una mujer presionada por mantenerse lúcida y fresca ante las cámaras de televisión. Como Ana, pero en forma menos palpables, aparenta una corteza emocional compacta ante los acontecimientos, sin embargo su debilidad queda en evidencia ante el relato de una mujer que perdió un hijo, al inicio de la narración, y otros sucesos que, a nulo riesgo de develar la trama por anticipado, influyen sustancialmente en la novela.

Fuera de los ámbitos más intimistas, Chaparro conjuga desde la ficción un análisis complejo sobre la mediatización de los casos policiales más resonantes, la morbosidad del público por ese tipo de noticias y, en paralelo, las ansias de los mass media en obtener mayores réditos en rating y lecturas. Esa mixtura permite traslucir las tensiones entre los sectores actuantes (medios, policía y política) a raíz del entrecruzamiento de intereses personales y corporativos, que minimizan el hecho trágico en detrimento de aferrarse a sus cuotas de poder.

La autora supo utilizar con destreza diversas herramientas que permiten una lectura dinámica y, a la vez, ágil: la narración en dos perspectivas (primera persona y omnisciente-equisciente) con algunos matices que despistan al lector; una estructura argumental en secuencias cortas; el manejo del suspenso y la intriga con diálogos que intercalan seriedad y superfluidad. Aunque hay una exploración de facetas de los personajes secundarios que debilita por momentos al argumento principal, no hay espacios que le resten centralidad ni consolidación a la trama.

No soy un monstruo, en la que se pueden esbozar algunas influencias de Pierre Lemaitre y el noir español con ciertas reminiscencias del thriller estadounidense, resulta una novela electrificante y audaz, que sabe combinar dosis de intriga, morbo y dolor emanados de historias realistas e inquietantes.

Nicolás Munilla

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20 de mayo de 2018 | 19:37
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